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Vicente Ulive

Vicente Ulive

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Carta abierta a un Bandera Roja caraqueño

Desde lejos lo vi avanzar. Entre carros y humo, más lo segundo que lo primero, se precipitaba hacia la torre Polar en Caracas. Extraño fue —debo admitirlo— el hecho de citar a Iván Rodríguez en el edificio de lo que fácilmente simbolizaba el capitalismo a la venezolana y que éste accediera sin oponer demasiada resistencia. Definitivamente, los tiempos habían cambiado. Para Iván y la gente que piensa como él, los días del tira-pedrismo rebelde y las canciones de Alí Primera y las barricadas hombro con hombro y arriba los pobres del mundo y los esclavos sin pan, todo eso había quedado borrado.

Mundos aparte: Irak-París

El domingo 30 de enero fue un día de duelo para los parisinos. Una etapa acababa de terminarse y todo lo que se vislumbraba en el futuro cercano era una gran interrogante. Son el tipo de días que no sirven a fin alguno, incapaces de mostrar el camino o siquiera susurrar un porvenir. Esto se debe a que aquél fatídico domingo nos enteramos de la muerte del actor francés Jacques Villeret.

Sexo y publicidad

Hoy en día, las calles de Caracas se asemejan cada vez menos a las veredas de una ciudad desarrollada, para tratar de imitar las propuestas lascivas de los barrios rojos de Europa. Sorprende, al conducir por la ciudad capital, el encontrarse con un abanico de mujeres en prendas menores que intentan vendernos licores y cigarrillos, por supuesto, pero también carros, teléfonos celulares, viajes y pare usted de contar. Pasando la Avenida Río de Janeiro, aparece una catira en una valla publicitaria tratando de reventar la cámara del fotógrafo contra sus senos en un close-up de película, para que pueda lanzarse el eslogan "¡Tremendos limones! —Ventarrón Limón", todo pintado de verde manzana para atraer la atención de quien aún no ha chocado.

Latinos en París

Primero que todo, quisiera hacer una aclaratoria. Porque sinceramente, esto de latinos en París siempre suena a jolgorio por el exilio. Trae a la mente la imagen de los cubanos mayameros, orgullosos de haber salido de la isla, celebrando su partida del subdesarrollo con pollo frito en el patio, escuchando a Celia Cruz mientras el aceitico corre por sus labios y se dicen "¡libres al fin!". Ese no es mi caso, al menos. Lamentablemente, uno siente esa electricidad de balsero con los venezolanos que encuentra en todos lados.

El mito del salvaje sabrosón

—"¿Qué pasó, pana? ¿Y las francesas y tal? Seguro son todas unas diablas, segurito"., me pregunta y se auto-responde un amigo cuando vuelvo a Venezuela a contar mis experiencias. Personalmente, me siento como el explorador europeo que regresa de viaje, baja del barco y se encuentra a la muchedumbre ansiosa, muda, de ojos abiertos y casi llorosos, un mar de orejas que espera escuchar las grandes maravillas que hay allá, en las tierras descubiertas.

Réquiem para Hubert Selby Jr.

El 26 de abril de este año dejó de respirar Hubert Selby Jr., uno de los genios más menospreciados de la literatura americana. Probablemente sea Selby también el último de los verdaderos Beats, aquella generación pintada por Jack Kerouac a través de Dean Moriarty en "On the Road": un grupo de jóvenes implorando su libertad, en búsqueda de lo beatífico, paradójicamente condenados a una vida casi siempre horrorosa y nada envidiable. Jack Kerouac, muerto a los cuarenta y siete años de cirrosis, William Burroughs, adicto veinte años a la heroína y Hubert Selby Jr., condenado a morir desde los diez y ocho años.

Beastie Boys:To the 5 Boroughs

3 estrellasCuando vi a los Beastie Boys en vivo hace un mes en París (luego de luchar como un demente para comprar una de las solo mil entradas "exclusivas" para su concierto) terminé de convencerme de que los tiempos habían cambiado y que el sonido de los Beasties evolucionó. Esperaba escuchar esa fusión musical que tan famosos los había hecho, un sonido particular que sólo se puede relacionar con Nueva York, esa producción pesada y sucia de "Ill Communication" o los excelentes temas instrumentales de "Hello Nasty" ("Song for Junior", "I Don't Know").

No hay marcha en Madrid

Finalmente tocamos fondo. Ahí estaba yo, psicólogo graduado cuarto de la promoción de la U.C.V., estudiante del doctorando en Filosofía y escritor aficionado, y el Maiqui, A.K.A. Miguel Liendra, estudiante crónico de ingeniería desde hace diez años y aficionado a pequeños trabajos de supervivencia (mesonero, contrabandista de ropa desde Miami, ése tipo de cosas). En la acera de la calle madrileña, sin embargo, no estábamos solos en nuestra experiencia a la intemperie. A mi lado dormía una familia de la Europa del Este —Polonia o Lituania o qué sé yo— y el Maiqui estaba flanqueado por un borracho y otro perdedor homeless igual que nosotros, con la diferencia de que el pordiosero estaba solo y nosotros éramos dos.

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