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María Eugenia Rodríguez

María Eugenia Rodríguez

Mañana el otoño y pasado el verano

Y era un almuerzo chiquito: margaritas, fruta madura, granola, durazno pero la demencia asechaba detrás de mis sombras. Un ser pequeño y triste de pronto se convierte en bala, flecha, pólvora y la calesita se repite, las riñas de la infancia se superponen, se exceden. Se acabó así no más la dulzura de la tarde, el amor en las hamacas y el desorden de los besos. Todo se vuelve distante, todo ahora es naufragio, terror en las esquinas, guardaespaldas, amigos insospechados, desencantos prematuros.

Palo de felicidad

El palo de la felicidad en un tronco escamado del que salen unas hojas verde-grama con rayas manchadas de blanco. Tuve uno en Buenos Aires, que viajó de Entre Ríos a San Fernando y no pudo sobrevivir a los aguaceros ni a los vientos huracanados del sur. No es que sepa mucho de matas pero creo que no es raro en ellas eso de volver a crecer. No fue el caso de aquel turista que tuve yo en Buenos Aires. Se quedó torcido, flaco, medio verdoso en el balcón oscuro que daba al sol de la tarde pintado en el cielo de Tigre (el río que está en la provincia).

Me caigo y no me levanto

Tengo en mi poder algunas pesadillas que me gustaría enviar al remitente, o al menos despojarlas con la mañana. Eventualmente se quedan flotando en algún lugar de mi cuerpo, me caigo y no me levanto entonces. Pertenezco de pronto a un sofá, a un estante, a un volante; estoy sobre ruedas, a salvo de un golpe incierto, una torpeza de lingüística, un cura vestido de verde, cosas así. Chicanos. "Una ración de tequeños y una cerveza helada por favor" es lo que pide mi boca, mi garganta, mi estómago, mis zonas más profundas.

La otra como ella

No sé cómo comenzó este desaguisado pero puedo jurar por Dios Santísimo que me levanté de muy buen ánimo. Sin darme cuenta estaba en la oficina arreglando unos papeles y haciendo algunas llamadas telefónicas, cuando en medio de mi letargo sentí la mano espesa de alguien y la voz chimba de locutor de radio, con tono de galán de conuco diciendo —HOOOLA. Con el susto me levanté de un salto y le di un golpe seco y automático en la boca del estómago. Luego de las disculpas salí prácticamente corriendo de ese lugar.

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