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Romina Amodei

Romina Amodei

Madrugada tormentosa

Te pedí una oportunidad y la puerta golpeó mi cara. Quise hablarte, lanzaste alaridos de furia en mi oído. Caí al piso sin anestesia. La madrugada estaba helada y no podía dejar de titiritar. Me dolía el cuerpo, me sangraba el corazón, la herida estaba abierta y yo dentro de ella. Sin noción de las horas volví a llamar, no me resignaba a perderte. Sonó un largo tiempo... Hasta que del otro lado se escuchó un grito y un coro de voces difusas.

Nosotros, los de entonces

Se levantó un silencio oscuro entre nosotros, los puentes que nos unieron se esfumaron. Ahora las miradas están borrosas, y las palabras nos cuestan. Las noches son eternas, nuestros sueños empañados lloran sin consuelo. La confianza es un rompecabezas del cual hemos perdido piezas. Se desdibujó la ilusión del amor.

Una tarde de otoño

Eran las cuatro de una tarde de otoño. Gris, lluviosa, y bastante fresca. Entré al salón donde se servía el té, en él se encontraban ocho mujeres, entre abuelas y tías abuelas. El murmullo se acalló de golpe. "Hola Patricia", dijo una de mis abuelas. Y atrás de ella en coro todas las demás. Intentaron disimular sus caras tensas, pero no todas lo consiguieron.

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