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Raúl Reyes

Raúl Reyes

La pluma

Cuando era un niño, me llenaba de curiosidad la señora del bolso que a veces visitaba la casa de mi abuelo en El Paso. Súbitamente la puerta de la casa se cerraba con un golpe, y entonces ella aparecía, jadeando. Su pelo era blanco y desaliñado, su cara llena de arrugas y embadurnada con demasiado maquillaje. ¡"Buenas!" cacareaba inmediatamente. En ese entonces yo creía que ella era una amiga de la familia o quizá una vieja vecina. No se parecía ni actuaba como ninguno de mis otros parientes chicanos.

Mi tía pierde la cabeza

Yo no sé por qué mi tía Lela agarró el cuchillo. Dadas las circunstancias, el día había comenzado bastante bien. Mi abuelo de 84 años había muerto y toda la familia se había reunido en El Paso para asistir al velorio. Estábamos sentados en el comedor comiendo el desayuno cuando tía Emma le preguntó a alguien si podía pasarle el jugo de naranja... Entonces Lela explotó.

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