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Estafadores históricos: las leyendas de Arthur Furguson y Victor Lustig

En la historia ha habido un buen número de mentirosos y estafadores. Sin embargo dos ellos realmente se llevan los laureles por su inventiva, y si se quiere, inocuidad, el escocés Arthur Furguson y el alemán Victor Lustig. Todo el mundo tiene un don, y el de este par era una colosal habilidad para hacer una venta. Como muchos otros genios, ellos nunca se enteraron de que tenían esta capacidad hasta que en un momento dado se mezclaron inspiración y oportunidad dejando salir lo mejor, o peor, de ellos.

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El ataúd flotante

En la mañana del 12 de agosto de 1775, el ballenero groenlandés Herald se las arreglaba para cruzar el Atlántico Norte cuando el silencio glacial fue roto por el grito del vigía. Al frente y al Oeste, por encima de un iceberg podían verse las puntas de unos mástiles a unos diez kilómetros de distancia. Lentamente, una goleta emergió por detrás de la masa de hielo y a través del telescopio el capitán del Herald pudo constatar que no había señales de vida. Las velas estaban desechas y todo el barco brillaba curiosamente bajo el sol, cubierto como estaba de escarcha. escarcha.

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El hombre que no se rindió

En 1941, un aprendiz de costurero japonés llamado Shoichi Yokoi fue reclutado para servir en el ejército. Yokoi, que entonces se preparaba para contraer nupcias en un matrimonio arreglado por su familia, retrasó los planes hasta que volviese de Manchuria, donde había sido asignado por un año, y entonces cumpliría la promesa familiar. Pero en diciembre de ese año Japón atacó Pearl Harbor, y el servicio de Yokoi se volvió permanente. En 1943 fue enviado al frente cuando Japón invadió las Islas Marianas y su prometida no volvería a saber de él jamás.

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El Yeti de Perijá

En 1918 un grupo explorador encabezado por el geólogo suizo François de Loys descansaba a las orillas del Río Tarra, en el estado Zulia, cuando vieron algo que al principio pensaron eran osos. Las criaturas eran casi del tamaño de un hombre, estaban cubiertas de pelo y entre gruñidos se preparaban para atacarlos. Pero apenas las primeras ramas y excrementos fueron lanzados Deloys dio la orden del hombre civilizado: ¡Fuego! 

Antes de que el humo se disipara una de las criaturas había huido cojeando selva adentro. La otra yacía herida mortalmente sobre la tierra húmeda.

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