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El cómplice

El Tribunal, David Alfaro Siqueiros, 1934. El Tribunal, David Alfaro Siqueiros, 1934. © Philip Spruyt/Stapleton Collection/Corbis

Si diviso una nube, debo emprender el vuelo. Si una mujer se acuesta, yo me acuesto con ella.

Oliverio Girondo

Me tenía sin cuidado el veredicto de los tribunales, para mí estaba todo claro.

Carlos era de esas personas que detestan usar el teléfono, por eso me causó extrañeza que él llamara aquella madrugada. Me preguntó si podía llevar mi camioneta al día siguiente al aeropuerto, a las cuatro de la tarde, y que nos viéramos en la zona donde arriban los pasajeros. Al principio, como estaba medio dormido, no reconocí su voz y no respondí de inmediato, estaba confundido entre el sueño y la pregunta, por eso él me gritó: ¡despiértate coño!, ¿me escuchaste? ¡¿Puedes?! Fue entonces cuando lo reconocí y recuerdo que le contesté con desinterés que sí iría, que bueno, y cuando le pregunté todavía dormido, pero qué hora es hermano, colgó el teléfono ahogando un apresurado: graciasteladebo...

Cuando faltaba un par de días para que publicaran el expediente y emitieran el fallo del juicio, me envolvió un extraño temor, porque me di cuenta que calzar dentro del miedo era absurdo y eso era consistente con todo el cuento en el que estaba envuelto. Entonces comencé a considerar un desenlace lógico que siguiera la secuencia de todos los hechos. Así comprendí que todo acabaría, absurdamente, con un fallo en mi contra. Y ahora, haciendo el resumen, está claro que todas las horas desde aquella madrugada hasta hoy han sido rigurosamente absurdas. Si alguien controlara la consistencia de las historias, ésta soportaría cualquier interpelación, ya que nada pudo ser más absurdo que la primera escena de aquel día, cuando Adela se puso la toalla sanitaria y, como se había desvelado por la llamada de Carlos, se la colocó con el lado engomado hacia ella.

Carlos me comentó muchas veces que quería hacer el amor a toda prisa y pausadamente. Yo hace tiempo que me había resignado a escucharlo sin entender sus acertijos y generalmente le decía que sí a todo sin escucharlo, con cara de complicidad, o contestaba con una suspicacia instintiva que complementaba su idea extravagante, pero a veces no tenía ni idea de lo que hablaba. Sin embargo éramos amigos, además no entiendo por qué está empeñado en probar que yo tenía razones para verlo muerto. Supongo que es la primera etapa de su trabajo; y mire, tampoco creo que no haberlo entendido mucho pueda considerarse una traición; muchas personas se comunican a medias y hasta se casan...

¿Cómo? ¿No me escucha? Sólo pude enterarme del asunto al día siguiente, cuando lo encontré en el aeropuerto. Carlos venía como siempre silbando ese bolerito que no recuerdo bien, tranquilo, sabe... ¿qué?, usted no entiende... éramos amigos y ya le dije que no sabía para que me había llamado. Le explico: apenas nos topamos en el pasillo del aeropuerto, sin decir palabra, él me tomó del hombro e hizo que me volteara para observar a los pasajeros que comenzaban a salir. Entonces vi como se aproximaba esa mujer hacia nosotros, muy risueña, ¿cómo? Pero para qué quiere que se la describa de nuevo..., está bien, ella era morena, de ojos verdes, como un metro setenta de altura, la verdad es que era un monumento, y se lo vuelvo a decir, antes de que me lo pregunte otra vez: no había visto nunca a esa mujer, NO la-ha-bía-vis-to-nun-ca, está claro. Además la detallé por encimita porque todo sucedió muy rápido. Camino al carro me enteré que ella estaba haciendo una escala de poco tiempo y que luego volvería al avión... Sí, sí, tenía varias referencias de ella por boca de Carlos, pero le aseguro que nunca me imaginé que aquella mujer estuviera tan buena... ¿Celoso?, mire SEÑOR, mejor borre eso de la declaración, no vaya a ser que lo tomen a mal...

El favor era que yo manejara, sí, sí, no tenían tiempo para ir a un hotel, y debían hacerlo mientras yo conducía... ¿cómo que qué?, el amor, qué más pues, ya le dije que por eso estaban desnudos en la parte de atrás de la camioneta. ¿Qué por qué iba tan rápido? Quizás no me crea, pero podemos bajar al carro para que vea en la maleta el caucho desinflado. Cuando llegamos al estacionamiento me di cuenta que algún ocioso me había desinflado un caucho. Por eso perdimos tiempo cambiando el caucho y entonces tuve que recorrer a toda prisa la circunvalación que rodea el aeropuerto, de lo contrario la mujer perdería su vuelo. En fin, el caucho primero, el tráfico para salir del estacionamiento, usted comprende, iba rápido porque el tiempo...

Recuerdo que cuando me puse a cambiar el caucho con tranquilidad, Carlos se desesperó y me quitó el gato de las manos mientras me decía: ¡Coño, sólo tenemos 20 minutos para tirar mientras das vuelta por la autopista! Yo pensé que era una broma, pero como me lo dijo tan serio y se puso a cambiar el caucho el mismo le creí... ¿La mujer?, bueno, ella lo único que hizo fue reírse todo el tiempo. Así son las extranjeras. Estoy seguro que en su casa nunca creerán la vaina que venía a hacer...

Cuando subimos al carro, ellos ni siquiera esperaron a que pagara el estacionamiento y tomara la autopista; sin perder tiempo estaban tambaleando el carro y devorándose..., ni le pararon al empleado de la caseta de cobro del estacionamiento...

Sí, aquel día fue tan absurdo como despertar y tener que correr al baño para ayudar a Adela a quitarse la toalla sanitaria. Ahora entiendo el temor dos días antes del fallo del tribunal: si la secuencia se había desarrollado absurdamente, lo más seguro era que terminaría aquí, encerrado.

A decir verdad el homicidio culposo fue un broche apropiado para lo que comenzó con la toalla sanitaria, un fin tan parecido al desenfreno de esa ceguera fantástica que envolvió a Carlos con la viajera, igual a ese fatídico deseo que los arrastró a la lucha de una unión desesperada. Estar aquí me convence una vez más de la naturaleza absurda y sublime de la vida, porque aunque esté encerrado, el encierro no me impide asomarme a ese abismo que se abrió para Carlos y la viajera, donde no existió noción del espacio, ni hubo referencias que alertaran la proximidad de la puerta trasera de la camioneta y donde tampoco existió cordura para entender que no debieron apoyarse en ella para convocar un orgasmo que hasta hoy no sé si pudo alcanzar.

Miro por esa puerta del destino absurdo y sublime y creo que si hubo un momento de lucidez, seguro lo tuvo Carlos en el último parpadeo, mientras volaba hacia el asfalto, cuando entendió que caer a la autopista desde una camioneta a toda velocidad y complaciendo en lentitud y fuerza a una mujer, era la mejor respuesta que el tiempo le podía ofrecer al acertijo que esbozaba cuando conversaba conmigo.

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