Viernes, 15 Noviembre 2019
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Dos gardenias para mí

Dos gardenias para mí © Illustration Works/Corbis

A pesar de todo lo provocativa que resulta la idea de pasar los despechos cual madre de "Pato Aparato" —sin bañarse, envuelta en una bata azul y comiendo chocolates—, eso de extender las tristezas circunstanciales resulta bastante absurdo luego de un par de buenas pensadas. Escritas; porque el tiempo está cerca. Además, ¿quién puede estar despechado por mucho tiempo en el Trópico? Hace demasiado calor y el sol está brillando los 365 días del año sobre un cielo escandalosamente azul.

Ni hablar de la noche: basta con acostarse en la playa, bajo las palmeras, ver 5 millones de estrellas y sentir lo ridículo que es sufrir por algo tan transitorio. Y por resentido que suene: la vida es mucho más que el amor compartido, a pesar de lo que diga Cosmopolitan, la progesterona y el infeliz de Ricardo Arjona.

A través de los años he ido desarrollando algunas estrategias para quitarme la pijama mocosa y volver a ser gente en menos de una semana. He aquí algunas de las más efectivas y dignas.

Táctica 1: Castigar las fotos "Guardar —nunca romper— todas las cositas recibidas. Esto incluye todo tipo de regalitos: Fotos, cartas, libros, discos, flores secas, ropa, almohaditas y peluches (en caso de haber sido lo suficientemente cursi como para haberlos aceptado).

Táctica 2: Prostitución de los recuerdos o Recuperación de los espacios: Esta es mi técnica preferida (se recomienda aplicarla luego de las 2 primeras semanas de guayabo). Aquel café, bar, plaza, parque o lugarcito íntimo —"nuestro lugar"—, hay que frecuentarlo hasta el cansancio, sola o acompañada. Por masoquista que pueda sonar, el conductismo ha demostrado que —más temprano que tarde— es un método totalmente efectivo. Si el perro de Pavlov paró de babear al sonarle la campana ante cualquier estímulo, el agraviado será capaz de dejar de llorar en algún momento, y podrá disfrutar la ciudad como antes de la frustrada relación.

Táctica 3: La música: Ahhh... que importante. Se castigarán hasta nuevo aviso todos los cantantes, canciones o instrumentos musicales que recuerden al ingrato ser amado. En su lugar, se escuchará hasta la otitis todo tipo de música estridente, preferiblemente del genero punk y rockabilly. Porque, ¿quién es capaz de deprimirse oyendo un solo de batería? Este recurso garantiza a los que hibernan el despecho, la total remoción del individuo de la crepe de cobijas y moco.

Táctica 4: Sobrenombre urgente o Cosificación del finado: En casos de guayabo grave, el sólo escribir o decir el nombre del DEA (Desaparecido En Acción), puede iniciar una avalancha de fluidos. Los apodos son excelentes para repetirles una y otra vez el cuento a las amistades, mientras se libera un extra de agresión. Por ejemplo: El ingrato de Christian, El sin techo, El súcubo, El criogénico, Fifty-kilos, Monsters Inc. (conocido en Cuyagua como Juan Hilario) etc, etc, etc.

Táctica 5: Hobbies forzados: Esta es opcional y está prescrita para los más obsesivo-compulsivos. Además da cabida para todo tipo de actividades cuestionables: Cambiarse el color de las uñas a diario, redecorar el cuarto, hacer adornos navideños, inscribirse en cursos de cestería o macramé, elaboración de 16 kilos de hojaldre, corte y tintura del vello púbico o escribir para El Nuevo Cojo.

Y si aún eso no brinda consuelo alguno, recomiendo oír la pista 12 del disco Inevitable de Squirrel Nut Zippers y cantar a todo gañote:

"All the boys are monsters,
All the girls are whores.
So when you loose the one you love
There's always plenty more..."
Modificado por última vez enJueves, 19 Abril 2012 03:39
Carolina Taboada

María Carolina Taboada vino al mundo en Caracas, Venezuela, en 1974. De padres psiquiatras y divorciados, su infancia no fue precisamente lo que se llamaría envidiable. En 1998 se gradúa de Comunicación Social en la Universidad Católica y en su primera entrevista de trabajo se da cuenta de que haberse copiado durante toda la carrera no fue muy buena idea.

Luego de cursar un par de trimestres de la Maestría de Literatura Latinoamericana, se inscribe en un curso de panadería y repostería para terminar, según sus propias palabras, "donde toda mujercita emancipada teme estar: en la cocina".

A pesar de este paso en falso, consigue un cambur en HBO Latinoamérica. Fue editora en jefe de El Nuevo Cojo Ilustrado y sobrevive en la misma ciudad que la vio nacer, la Sultana del Ávila.