Miércoles, 18 Septiembre 2019
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Decepciones

Soñar no cuesta nada. Buzz Aldrin saludando la tricolor en la luna. Soñar no cuesta nada. Buzz Aldrin saludando la tricolor en la luna. (DP) NASA

Siendo un niño de diez años, mi padre me hizo un regalo muy especial: un flamante juego de química. Era una inmensa caja con decenas de frasquitos llenos de coloridos compuestos y etiquetados con llamativas fórmulas, exóticas botellitas, paletas, tubitos, etc. Yo temblaba de emoción, mi corazón latía violentamente mientras me regocijaba viendo y tocando cada frasquito de mi adorado regalo.

Como cualquier niño normal me imaginaba mezclando y calentando diferentes compuestos, creando así mortíferas bombas, extraordinarios ácidos capaces de corroer cualquier cosa. Me veía alimentando moscas, arañas y cualquier bicho raro con extrañas pócimas para ver que nueva criatura podía crear.

Después de acariciar cada frasquito tomé finalmente el manual de instrucciones que había apartado bruscamente desde un principio. Cuando abrí la primera página, en grandes letras gruesas se leía lo siguiente: "Atención: ninguno de estos materiales ni sus mezclas producirán compuestos explosivos, ácidos corrosivos ni gases tóxicos que puedan poner en peligro a quien los utilice".

Me sentí vilmente engañado, burlado y humillado. Recuerdo haber llorado mi desilusión amargamente, desconsolado y en silencio en el encierro de mi habitación. Desde ese día comencé a aborrecer la química, y de hecho, estoy casi seguro que la humanidad perdió un flamante y respetado investigador de la industria armamentista (o un vulgar terrorista, según como se mire) y en su lugar obtuvo otro de esos inofensivos físicos teóricos.

Ya adolescente y luego de ver mis primeras clases de física, se me atravesó la loca idea de querer hacer bombas nucleares, pero finalmente maduré y frente a la orientadora dije que quería ser astronauta.

Prefiero no recordar su reacción, pero sí la de mi profesora de biología, una testigo de Jehová que me respondió "tienes que entrar en la Fuerza Aérea o ser un gran científico, mira que ya hay un cubano cosmonauta". Pero como siempre le he tenido alergia a los milicos, me decidí por la física. Entre huelgas y molotov fui avanzando rápidamente, y de hecho logré convencer a un par de amigos para inscribir una materia del ciclo profesional. Éramos cinco estudiantes inscritos, todo un record. Recuerdo haber comprado el libro guía y haber pasado la noche casi sin poder dormir por la emoción. Iba a ver clases con los grandes profesores, seguro con todo un Ph.D egresado de una reconocida universidad.

Y efectivamente así fue. Un Ph.D egresado de una reconocida universidad. A los quince minutos de comenzada la clase no entendía que había pasado. El imaginado intelectual se había transformado en un real y vulgar personaje de comedia, cuya forma de expresarse era tan burda y estéril como la de cualquier diputado de pacotilla. Recuerdo haberlo descifrado con una fórmula que lamentablemente me ha sido útil en demasiados casos: Profesor = Ignorantón con título de Ph.D.

Y al igual que frente a aquel manual, en esa primera clase me sentí nuevamente burlado y estafado; y entonces eché de menos mi solitaria habitación, en donde podía llorar desconsolado y en silencio.

Modificado por última vez enMiércoles, 18 Abril 2012 21:11
Jorge Ovalle

Jorge Ovalle nació en Chile y "viajó" a Venezuela a los trece años con un one way ticket cortesía de Mr. Pinochet. Como en Cumana no hay mucho que hacer, se graduó en Física en la Universidad de Oriente, y más tarde obtuvo un M.Sc. en la Universidad Central de Venezuela y un doctorado en la Universidad Simón Bolívar. Para que vean que a veces el ocio, sí paga.

Desde mayo del 2001 trabaja como investigador con el Grupo Teórico de Partículas Elementales de la Universidad de Maryland, en el área de investigación en Supercuerdas, Súper gravedad y Astrofísica Teórica Las Supercuerdas que acaban de leer, por cierto, no son las que todos nos estamos imaginando.

Escribió artículos de opinión y política en periódicos universitarios, panfletos de la JC (ya vemos de dónde viene el one way ticket) y la FCU (UDO). Alguna vez publicó en El Nacional en la sección de Nuevas Firmas y actualmente termina dos libros: un monólogo y un poemario. Como vemos en Maryland tampoco hay mucho que hacer...