El Nuevo Cojo Ilustrado

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Vicente Ulive

Vicente Ulive

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Manual para críticos intensos de cine (sobre Holly Motors)

Publicado en Cine

El Nuevo Cojo Ilustrado presenta su método científicamente comprobado para convertirte en un intelectual del cine. Pase de ser el idiota que cita películas de Adam Sandler, al intelectual misterioso e intenso que plebiscita la cinta insoportablemente mala "Holly Motors" como mejor película del año. En sólo cinco lecciones, usted aprenderá a tratar cualquier película basada en un cómic con desprecio, así como el manejo de claves semióticas incomprensibles destinadas a ridiculizar a su interlocutor ("¿No entendió Synedoche: New York? Claro, es que usted no entiende la deconstrucción hermenéutica vienesa de principios del siglo XX").

El libreto no era nada original. El objetivo: hacer parecer a Mitt Romney, mimado niño rico y encarnación (casi)humana de Wall Street, un tipo que iba a defender los problemas del ciudadano común. Era la política como un laberinto de espejos, una cadena de imágenes y creaciones fantásticas que, amparadas en la repetición ad nauseum, esperaban convencer a los electores de los cimientos reales de la ideología republicana. La máquina mediática se puso en marcha como de costumbre, con el objetivo goebbelsiano de transformar la realidad a patadas, intentando imponer la matriz de opinión según la cual una reducción de impuestos a los más adinerados generaría una estimulación económica (la teoría del "goteo" que jamás ha funcionado) o la aún más retorcida idea de que los republicanos eran mejores economistas y administradores y lograrían equilibrar el presupuesto de ese país (la realidad es que Bill Clinton, demócrata, no sólo equilibró las finanzas durante su período, sino que su sucesor, George W. Bush, lideró el período de gasto público y expansión fiscal más grande de los Estados Unidos).

Sobre cómo hacer para que los aeropuertos apesten

Publicado en Opinión

Al lector joven le sorprenderá aprender que hubo una época—no muy lejana—en la cual viajar en avión era un placer. El servicio era consecuente: un pequeño ejército de aeromozas sonrientes facturaba las maletas rápidamente, las filas para embarcar eran cortas y el desprecio hacia pasajero en clase turista (convertido en filosofía de las low cost actuales, dadas a restregarte en la cara lo miserable y pobre que eres por no preferir la clase superior), era impensable. Recuerdo haber viajado solo, de niño, y fue una de las experiencias más agradables de mi joven existencia. Tuve una aeromoza dedicada exclusivamente a la atención de todas mis necesidades y a consentirme durante todo el vuelo. Después de visitar la cabina y observar maravillado el parpadeo de las luces relucientes y el cielo oscuro e infinito desplegado como un lienzo más allá del vidrio, aterricé enamorado, con un pin de plástico en forma de alas clavado orgullosamente en mi pecho.

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