El Nuevo Cojo Ilustrado

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El libreto no era nada original. El objetivo: hacer parecer a Mitt Romney, mimado niño rico y encarnación (casi)humana de Wall Street, un tipo que iba a defender los problemas del ciudadano común. Era la política como un laberinto de espejos, una cadena de imágenes y creaciones fantásticas que, amparadas en la repetición ad nauseum, esperaban convencer a los electores de los cimientos reales de la ideología republicana. La máquina mediática se puso en marcha como de costumbre, con el objetivo goebbelsiano de transformar la realidad a patadas, intentando imponer la matriz de opinión según la cual una reducción de impuestos a los más adinerados generaría una estimulación económica (la teoría del "goteo" que jamás ha funcionado) o la aún más retorcida idea de que los republicanos eran mejores economistas y administradores y lograrían equilibrar el presupuesto de ese país (la realidad es que Bill Clinton, demócrata, no sólo equilibró las finanzas durante su período, sino que su sucesor, George W. Bush, lideró el período de gasto público y expansión fiscal más grande de los Estados Unidos).

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Cada vez estoy más en contra de las estatuas con motivo militar. Ellas no tienen la culpa. Son del todo irresponsables del papel que juegan. Pero no puedo soportar que los mejores sitios de las ciudades, en sus plazas o parques, ocupen el espacio con total impunidad, incluso con esa soberbia que les suele dar la altura del pedestal.

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Al lector joven le sorprenderá aprender que hubo una época—no muy lejana—en la cual viajar en avión era un placer. El servicio era consecuente: un pequeño ejército de aeromozas sonrientes facturaba las maletas rápidamente, las filas para embarcar eran cortas y el desprecio hacia pasajero en clase turista (convertido en filosofía de las low cost actuales, dadas a restregarte en la cara lo miserable y pobre que eres por no preferir la clase superior), era impensable. Recuerdo haber viajado solo, de niño, y fue una de las experiencias más agradables de mi joven existencia. Tuve una aeromoza dedicada exclusivamente a la atención de todas mis necesidades y a consentirme durante todo el vuelo. Después de visitar la cabina y observar maravillado el parpadeo de las luces relucientes y el cielo oscuro e infinito desplegado como un lienzo más allá del vidrio, aterricé enamorado, con un pin de plástico en forma de alas clavado orgullosamente en mi pecho.

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—¡Que sí!  ¡Que la felicidad en este mundo la da el dinero!
—¡Que no, que lo importante es hacer lo que uno quiere!
—¿Y cómo vas a hacer lo que quieres si no tienes dinero?  Ni siquiera podrías tomarte una birra, nada, no podrías hacer nada.
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