El Nuevo Cojo Ilustrado

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¡El apartamento queda a diez minutos caminando de Montmarte! —Me dijeron por teléfono.

-¿Montmartre? —Pregunté—. ¿Dónde vivían los poetas, los pintores, los escritores?

—Exactamente, te va a encantar...

Y fue así como desembarqué en París, para aprender el idioma y buscar cupo en algún postgrado de la Universidad. Resulta que la familia me había dicho: "o estudias, o trabajas" y ante la horrible idea de pararme temprano y tener que usar flux y hasta comer cereal, agarré mis macundales, unos cuantos libros y pensé, que carrizo, mejor me voy a París y vivo la vida Bohemia por allá a ver qué tal. Le mandé algo de plata a una amiga y conseguí tremendo apartaco tipo estudio, en pleno barrio Barbès.

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Salgo del metro por una de sus bocas más cariadas. Alrededor hay un circo de fieras despachurradas. Un vendedor de tostones me incinera el pescuezo con el aliento de su fogón cuando paso entre su brazo extendido, la servilleta y un vendedor de toallas de a mil. Salto un charco nauseabundo que siempre ha estado allí, insondable, grisáceo como la mucosa ventral de un elefante. Debo ejercer de atleta para no mancharme y dejar caer parte de la autoestima. Los autobuses se abalanzan sobre la piara de gente que evade la acera. Un deforme se me acerca con su ojo bueno enfocándome; el otro se le cierra tras una grapa amarillenta. Nada de esto me importa. Avanzo como una columna romana hacia mi cometido. Gano la acera de enfrente y una pequeñuela precoz me asalta con su papelito de Internet, curso de inglés u oferta de celulares en combo. Lo desecho.

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"...y no deje de disfrutar de la playa de París!" —decía el afiche en uno de los muros del Metro, seguido de una foto que explicaba lo que los europeos entienden por playa: un gran toldo en primer plano, seguido de un arenero espantoso y luego un mar tan colorado que parece azul de metileno. Sin embargo, algunos días después acepté la invitación de unos amigos venezolanos a hacer un picnic en "la playa", decidido de una vez por todas a conocer la cuestión, ya que en mi cabeza una playa en el medio de París, al lado de la iglesia de Notre Dame, es más o menos lo mismo que poner una pista de patinaje sobre hielo en la fuente de la Plaza Venezuela.

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Finalmente tocamos fondo. Ahí estaba yo, psicólogo graduado cuarto de la promoción de la U.C.V., estudiante del doctorando en Filosofía y escritor aficionado, y el Maiqui, A.K.A. Miguel Liendra, estudiante crónico de ingeniería desde hace diez años y aficionado a pequeños trabajos de supervivencia (mesonero, contrabandista de ropa desde Miami, ése tipo de cosas). En la acera de la calle madrileña, sin embargo, no estábamos solos en nuestra experiencia a la intemperie. A mi lado dormía una familia de la Europa del Este —Polonia o Lituania o qué sé yo— y el Maiqui estaba flanqueado por un borracho y otro perdedor homeless igual que nosotros, con la diferencia de que el pordiosero estaba solo y nosotros éramos dos.

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