Un corazón se hizo trizas. El otro se marchó, y seguimos ahí, ausentes.
Ninguno se pregunta si todavía existe una luz por encender.
Los motivos están conjugados por los tiempos, y estallamos de incomprensión.
Las decisiones quedaron estampadas en la pared como un collage. Las madrugadas son dueñas de la soledad y las horas solitarias marcan el camino de la despedida. Este mundo sin dos no camina, pero de otro modo no será...
Uno de nosotros siente que cae en un abismo y no me preguntes quién...
En el fondo de la casa están los faroles que iluminaban nuestras risas, entonces la música se encendía y la fiebre del baile no conocía final.
Éramos tan jóvenes, audaces y fieles...
No procurábamos ser eternos.
Seducíamos todas las lunas, conquistábamos cada sol. Pero cuando quisimos encausar los ríos hacia un mismo mar, nos dimos cuenta que estábamos en diferentes puertos.
Escucho nuestros latidos en el eco de las montañas, ojalá alguno de los dos los guarde. Son el recuerdo de un pasado que parecía más fuerte que una ópera, pero que la realidad despertó de aquel teatro infantil.
No sé qué será de nosotros separados, tal vez una fotografía amarillenta destinada al olvido...