El Nuevo Cojo Ilustrado

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Jean-Paul Sartre y Albert Camus se conocieron en junio de 1943 y en menos de diez años se separarían para siempre en condiciones irreconciliables. El primer encuentro —según Simone de Beauvoir— fue en el estreno de la obra de Sartre "Las Moscas". El argelino, que se encontraba atrapado en Francia debido a la ocupación nazi, caminó hasta Sartre y se presentó él mismo. Para entonces ya Camus era una figura pública, "El Extranjero" había sido publicado el año anterior y "El Mito de Sísifo" llevaba ya un par de meses en las librerías.

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Venezuela VirtualEfraín Valenzuela acaba de publicar Letras de Asfalto su más auto-temida confesión de fidelidad que hace a la vez sumario de su licencia más diligente. Estas letras de pavimento petrolífero comprimen las grafías de un sumario aparentemente contradictorio. Un proyecto escritural a un tiempo en hallazgo y en búsqueda del significado de su particular de demasía. Importante su lectura ya que, me parece, inscribe un fotograma fidelísimo que hace a la vez sub-texto de muchos de los excesos de utopías y desvaríos políticos de los sesenta y, a la vez, una crítica de no pocos de los nuevos sigilos, incógnitas, a veces mutismos (por minimalistas) que atraviesa al sujeto posmoderno sitiado por los códigos y proscripciones que se activan desde la nueva y ya axiomáticamente década re-perdida de los 90.

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Los escritores, especialmente, los noveles, nos enfrentamos a menudo con el síndrome de la hoja en blanco. Estas épocas de sequía se reconocen a simple vista por frases como "no logro algo que valga la pena" o "no se me ocurre nada". La capacidad inventiva se encuentra por el piso. La inspiración se vincula a una especial apertura o predisposición del espíritu que surge en "determinados momentos" por obra del destino, la casualidad o la magia. Sin embargo, este artículo pretende demostrar lo erróneo de esta concepción y abordarla desde otros enfoques.

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Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

Jorge Luis Borges. Borges y yo

En 1796, la zarina Catalina II arengó a sus guardias para que dispararan hacia un punto indefinido que señalaba ante sí en un pasillo del palacio, en San Petersburgo. Los guardias no vieron a nadie, pero resolvieron acatar la orden directa y dispararon al espacio vacío. Catalina, conocida por amigos y enemigos como la Grande tanto por su arrojo como por sus logros políticos y militares, la encarnizada gobernante que había ordenado asesinar a su marido, Pedro III, después de destronarlo, murió horas después, a los 67 años de edad, literalmente de miedo.

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