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Los espejos con alas de Juan Manuel Roca

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Juan Manuel Roca Juan Manuel Roca © PEN Vlaanderen

Juan Manuel Roca es un poeta que nació en Medellín y le ha estado haciendo tretas al tiempo. En el prólogo de su antología poética "Luna de Ciegos" afirma "... que el tiempo del poema, aunque se centre en un acaecer del presente, está dictado por un deseo de atrapar un trozo de la realidad más allá de la temporalidad". Y es que el poeta en "Luna de Ciegos" lográ espejos temporales primero; porque toda su poética está conectada y segundo porque realmente caza pedazos de vida


PAISAJES

Sentados en la yerba
Mientras cruzaban
Mujeres con canastas de fruta,
Dos ciegos
Hablaban del paisaje del olor.
¡Ah, la sombra de un pájaro
En sus rostros!

 

En este sentido podríamos entender al poeta como a un cazador de momentos; y lo es porque se atrapa y se libera en la cacería de instantes. Al entender este círculo de nostalgia a través de el poeta, se me alivió un síntoma que padecemos muchos inmigrantes; y se trata de un dolor de todos los dientes y encías causados por la falta de todo lo que implica el país de origen, Juan Manuel Roca alivia la falta del paisaje; la ausencia del país propio que aunque esté patas arribas es el lugar mas próximo después de nuestro cuerpo:

 

LUNA NEGRA DE 1930

Yo recuerdo ese año,
El más feliz de mi vida.
El más feliz
Por la más feliz de las razones:

Tenía opción para el silencio,
No había nacido todavía.

Ahora recorro el mismo país.

Las mismas gentes
Que hablan de política
En cafés de mala muerte.

Y me digo: asombroso

Que dejen salir este país a la calle.

Batidas callejeras,
Requisas a nombre de nadie,
Oscura cetrería en todos los umbrales.

Hay en todo esto una celada,
Un poema como blanco talismán.

Luna negra vestida de azabache
Mi país, noche emboscada.


A Juan Manuel Roca no se le escapa el barullo, las miradas, los silencios, leer su poesía es oler a los amantes de las escalinatas, al dolor de la espera de las madres, a la vida que tiene miles de caminos para expresarse desde la fiesta hasta el luto, pero en todo ese trajinar de los barrios hay una mordaza que Juan Manuel Roca viste de muros:

 

VECINDARIO

Bajo los signos del cielo,

Los que carecen de brazos

Tienen las manos más limpias

 

DYLAN THOMAS

El ángel del barrio con sus alas estropeadas

Recorre los techos de las casas limpiando residuos

De la noche, las oscuras palpitaciones de los ebrios,

Agitando en las terrazas las ropas que se mecen

Como blancas manos, el manco que silba como un pájaro,

Tiene un odio mortal al carnicero, a sus manos

Inmersas en aguas de flores coaguladas.

Las mujeres insomnes tejen palmas en los patios.

Entre el arsenal de sueños del pobre vecindario

Hay que oír ese flujo de brazos remando la noche.

De no ser por los muros, ¿quién evitaría la fiesta?

 

Por que de hecho se extraña lo que dábamos por sentado y hasta por lo que nos quejábamos. El barrio que dejamos ya no es el mismo y es el mismo en nuestra remembranza, el recuerdo como cámara fotográfica no abandona las historias; los rostros en cada anécdota, los olores de las ollas, los peregrinajes para conseguir resolver el día a día, las rumbas y las pérdidas.

 

En las escalinatas nuestros pies se la pasaban encontrándose, agrediéndose, amándose y desencontrándose para luego hallarse en el otro; en contraste Gobiernos repiten la mismas consignas, sus paisajes verbales se repiten y una vez conseguido el poder se embosca a los barrios con represión e indiferencia o incluso con tratos caritativos.

 

Los muros que Juan Manuel Roca refleja son externos e internos, en la primera parte de su poema TRATOS nos dice: "Los tratos con mi cuerpo al que no servía siquiera de guía en las ciudades, porque queriéndolo llevar de paseo por los parques, siempre me arrastraba hacia los bares". Nuestros vaivenes internos recorren arterias viales contradictorias y producen embotellamientos con nuestras decisiones, al final como el poeta nos hace ver, nunca sabremos quien es el gobernante o el gobernado, pues nuestro cuerpo al tener que lidiar con más de uno en nuestro habitad, opta por tomar atajos conocidos o impredecibles.

 

En todo caso, aún sin tener claro quien es el conductor, en nuestras rutas de vida son necesarios espejos que nos adviertan de lo esencial; de las cosas que tallan un sentido por más trasparentes o irrelevantes que luzcan. Quizás en este siguiente poema Juan Manuel este reflejando lo que es parte intrínseca del oficio de los versos:

 

CANCIÓN DEL QUE FABRICA ESPEJOS

Fabrico espejos:
Al horror agrego más horror,
Más belleza a la belleza.
Llevo por la calle la luna de azogue:
El cielo se refleja en el espejo
Y los tejados bailan
Como un cuadro de Chagal
Cuando el espejo entre en otra casa
Borrará los rostros conocidos,
Pues los espejos no narran su pasado,
No delatan antiguos moradores.
Algunos construyen cárceles,
Barrotes para jaulas.
Yo fabrico espejos:
Al horror agrego más horror,
Más belleza a la belleza.

 

En esta faena de fabricar espejos, la palabra se estira, se muele, a veces la palabra no basta para el cazador de imágenes,  y es ese juego de liberación frustración, el que hace de la palabra un ente vivo capaz de redimirnos o condenarnos:

 

APRENDIZ DE CAZADOR

Ella es bruja
Vuela en el aire de la alcoba
Como si su capa barriera mi memoria.
Yo, aprendiz de cazador,
Para atraparla interrogo al fabulista,
Al peregrino de los bosques.
Ella esquiva mis intentos
Vuela en círculos de niebla
Sobre mi cabeza atribulada.
A veces creo  que llega hasta mi mesa
Como arisco animal
Que abreva en un estanque,
Y cuando intento descifrar su silabario
Se desvanece en el aire de la alcoba.
Ella evita mis eternas asechanzas,
Mis trampas y señuelos.
Así, escurridiza y evasiva es la palabra.

 

Los versos de Juan Manuel Roca son espejos con alas, son reflejos curativos aconsejables para mitigar las ausencias:

 

VUELO DE PÁJARO
Hay los bosques de piedra fría.
Los claros valles menudos
donde la luna trisca cuervos,
arrendajos.

Hangares perdidos en la selva,
ocultos por hojas de yarumo.

Sin ton ni son
se escucha el llamado de la especie.

La palabra sin destino
rondado el poema.

Hay quienes dan gracias porque alguien
ha muerto curado.

El mar tañe su flauta,
tiñe de verde su violín.
Y el horizonte reanuda su oficio.

 

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