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Cuando Era Infeliz e Indocumentado Pt. 3
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Soñando
despierto
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Gustavo Morales

Miami es una ciudad difícil y
caótica. Un gran paradigma. Antes de vivir en ella la visite un par
de veces y siempre me había impresionado la organización y limpieza
a pesar de estar habitada por la misma gente que es desorganizada y
sucia en sus países de origen. Viviendo en ella no tardé mucho en
darme cuenta que las apariencias no estaban ni cerca de la realidad. Tras su imagen antiséptica, duerme un pueblo vacío. Una
cultura en proceso de desarrollo, con influencias de tantas partes
que carece de una propia.
Miami vive de su imagen, es un
pueblo de turistas y para turistas, a pesar de que potencialmente no
es más atractivo que cualquier país en Latinoamérica. Viviendo en
Miami uno se pregunta una y otra vez que demonios venía uno a hacer
aquí en vacaciones.
Ante la escasez de significado,
no es ninguna sorpresa que no haya museos que merezcan ser visitados
o monumentos frente a los cuales tomarse una foto. El sitio más
popular con los turistas cuando vivía allí eran las escaleras de
entrada a la casa de Gianni Versace. Con cara seria, detrás de unos
lentes oscuros recién comprados en alguna tienda de descuento, los
turistas hacían cola para posar en el punto exacto donde poco antes
la sangre del malogrado diseñador había manchado el suelo donde
ahora derramaban helado. Necro-turismo sería el término correcto
para esto. Pero sin muchas otras opciones, que más pueden hacer sino
rodar por las interminables autopistas o los centros comerciales
llenos de mercancías traídos de alguna otra parte del mundo. Ropas
italianas y electrodomésticos japoneses. Nada y todo. De todo un
poco. Bienvenido a Miami.
A mi no me gustó Miami, y Miami
no gustó de mí. Por lo que algunos de los peores días de mi vida los
pase allí, rodando sus autopistas, sin nada mejor que hacer que
desear llegar a alguna parte. La interestatal 95, que cruza Miami de
norte a Sur (o viceversa) llega hasta el Canadá. Si tan solo hubiera
tenido el dinero me hubiera ido sin pensarlo dos veces. A Nueva
York. A Carolina del Norte. A donde fuera. Lejos.
Pero a pesar de que todo iba de
mal en peor algo me hacia sentir que eventualmente las cosas iban a
cambiar. La mayoría de las personas en Miami no hacía mucho corrían a través de la frontera mexicana o remaban
en una
tripa por el Mar Caribe. Y ahí estaban, trabajando, comprando casas,
saliendo los viernes en la noche. ¿Iba yo a ser la excepción? El
único inmigrante sin trabajo, ni casa, ni familia, ni amigos. Cuando
el pesimismo me atacaba estaba seguro de que esto sería así. Y veía
mi pequeña aventura condenada al fracaso. Regresando a Caracas, con
el rabo entre las piernas a hacer quien sabe que. Con la marca
eterna de haber fallado donde no se necesita otra cosa que voluntad
y paciencia para llegar a donde uno quiere.
Y ese era mi error más grande.
Pensar que tener voluntad y la paciencia era cosa fácil.
En ese entonces mi auto-estima
era solo superada por los falsos valores sobre los que se
sustentaban. Yo pensaba que iba a lograr lo que quería solo por que
estaba más preparado que todos los espaldas mojadas de Florida. Y
¿por que no? Hablaba mejor ingles, y conocía la cultura mejor que
cualquiera de ellos. ¿Que podía faltarme? Me faltaba todo. Me
faltaba hambre. Me faltaban ganas y me faltaba llegar al punto en
que un hombre es puesto entre la espada y la pared y el único camino
es hacia adelante.
Ese día llegó para la Navidad
de 1998. Entonces pasaba el mayor tiempo posible fuera de la casa,
saliendo antes que todos se levantaran y llegando después que todos
se habían acostado a dormir.
Nunca me había importado mucho
la navidad. Mi familia siempre se reunía y todos comíamos y bebíamos
hasta el amanecer. Era algo que pasaba, como cualquier otra fiesta.
Nunca algo especial que se extrañaba. Pero esto era solo porque la
posibilidad de que no fuera, no existía.
El día de navidad compré una corbata para
Humberto y unos discos para su esposa. Había pavo e invitados para
la cena, por lo que me vestí con lo mejor que tenía. A las diez todo
se había acabado, y en la sobremesa Humberto trajo a colación el
tema de mi partida. Le dije que trabajaba duro en conseguir un
trabajo para irme. El me respondió que por lo visto no lo
suficiente. El resto de la familia guardó silencio. Alguien en
algún lado hablaba de lo lejos que había llegado Elvis Crespo y de
cómo su último disco era una obra de arte. Que era completamente
diferente, un nuevo comienzo.
Fui a la cocina y empecé a lavar los platos. En
la sala podía escuchar a la esposa de Humberto tratando de calmarlo
y a él diciéndole que no se metiera en lo que no le importaba. Con
un nudo en la garganta me sequé las manos y
decidí salir a caminar cuando repicó el teléfono. Era Hans.
-No me lo vas a creer pero de
repente sentí como que no la estabas pasando bien. Me dijo con su
acento peruano.
-No lo creerías si estuvieras
aquí. Le respondí.
Una pausa.
-Me vas a perdonar, pero ya no
aguanto más ver que esto suceda – me dijo – Esto me lo vas a
agradecer más tarde.
- ¿Que?
- Me toma 45 minutos llegar a
la casa de Humberto. Espérame con tus cosas afuera.
Suspire. Quise fumarme un
cartón de cigarrillos.
- Ok. Le respondí y me trancó el
teléfono antes que pudiese decir algo más.
La discusión seguía en la sala. Parecía como
que Humberto rezaba un rosario. Sin voltear a ver pasé
al lado de la mesa y subí a buscar mis cosas en el segundo piso de
la casa. La oración no se detuvo mientras lo hacia.
Metí todo en mi maleta, apagué la luz y me
senté sobre ella a esperar a que pasaran los 45 minutos. Humberto
entró poco después.
– Entonces, ¿que vas a hacer?
– Me voy, gracias por nada, le
respondí y antes que dijera nada más sonó la corneta del carro de
Hans. Al asomarme a la ventana lo vi esperándome con la maletera del
carro abierta.
Hans no dijo mucho mientras me ayudaba a meter
mis cosas en el carro. Apenas comentó acerca de como nadie salió de
la casa a despedirme. Me sentía como un escarabajo. En la autopista me puso una
mano en el hombro.
-Una vez, cuando estaba recién
llegado, alguien me tendió la mano. Creo que esta es la oportunidad
para devolver el favor.
El techo del auto se tragaba
los postes de la autopista a toda velocidad a pesar de que Hans
nunca iba a más de treinta millas por hora. Pero no era un buen
momento para perder el tiempo con detalles. Quería llegar a algún
lado. Pronto. Y él lo sabía. De pronto todo empezó a ponerse
borroso. Las luces, el auto, Hans. Me pasé la mano por los ojos. Estaba llorando y ni por un segundo se me ocurrió detener el llanto.
Hacia tanto que no lloraba. Y mucho menos delante de alguien. Hans
prendió el radio y Elvis Crespo empezó a fluir desde las cornetas.
Que irónico, pensé, justo ahora, Elvis Crespo. A mi no me gusta
Elvis Crespo, pero definitivamente es algo nuevo. Un nuevo comienzo.
•
Hans es un hombre inmenso con
una barba blanquinegra que me recordaba a Orson Wells. Por esto su
capacidad de hacer ciertas cosas estaba limitada. Alguien sin nada
que hacer y en forma era su combinación perfecta.
Yo había pensando muchísimas
veces en mudarme a su casa. No hubo ninguna necesidad de que las
cosas hubiesen llegado al extremo que llegaron con Humberto. Debí
dejar su casa apenas aparecieron las primeras señales de hostilidad. Pero algo siempre
me detenía. Ese algo era el miedo a verme expuesto al ridículo por
que Hans era gay. Nunca había conocido a alguien que fuese gay y en
realidad nunca había querido hacerlo. En ocasiones había tenido
episodios homofóbicos que ahora me hacían comerme mis palabras
cuando el hombre que se había comprometido a ayudarme era
homosexual.
Pero homosexual o no, Hans
había sido hombre suficiente para responsabilizarse por una
situación que le desagradaba y ofrecer sin límites todo lo que tenía
a mano para corregirla. Si alguna vez en mi vida llego a ser
alguien, será, de alguna manera, gracias a él.
Quebrado como estaba, Hans no
tardó en ponerse manos en el asunto. Sabiendo que necesitaba ir a
entrevistas de trabajo, me ayudó a comprar ropa, y me obligaba a
hablar ingles, corrigiéndome cuando era necesario. Si iba al Home
Depot, inmediatamente me corregía.
- No es Home Depot. Se
dice Jom Depou. Jom Depou. – repitiendo lentamente y haciendo
muecas con los labios como si le estuviera hablando a un sordo.
Pero el verdadero reto a su ayuda era que yo
consiguiera trabajo. Él era un hombre solo, lo que significaba que
una vez que pudiera sostenerme a mi mismo lo dejaría. En realidad no
era una idea que me gustara. A mi me gustaba su compañía, y su
conversación era sumamente agradable. Además el mundo donde el vivía
era algo que yo jamás había visto y muy posiblemente jamás hubiera
sabido que existía de no haber sido por él. Algunas veces hacía fiestas en su casa y sus amigos eran de
todos los tipos y colores. Casi todos gays y mujeres. De entrada
Hans me presentaba como su room-mate. Y añadía la muletilla,
el no es gay.
-¡Ay pero que desperdicio!- era
la respuesta más frecuente y me empezaban a preguntar sobre mi
situación, de por que estaba allí y que era lo que estaba buscando.
A todos les parecía curioso. Para mí era una lección en diversidad
que me decía cuanto me faltaba por aprender de la vida.
Pero para cuando conseguí mi
primer trabajo las cosas se habían enfriado un poco. No tanto por
Hans, como por mí mismo. Estaba cansado de vivir con él. Quería mi
propio espacio. Que acabara la frustración de tener que ser ayudado
en todo y me puse como meta independizarme tan pronto como fuera
posible.
Tras haber ido a la entrevista
que creía haber tirado por la ventana Hans y yo comimos en
un restaurante y después habíamos ido a pasear por un centro
comercial. Estaba seguro que no me habían dado el trabajo por lo que
al llegar a casa y escuchar el mensaje que esperaba en la
contestadora caí sin fuerzas sobre el sofá de la oficina de Hans.
-Hola Gustavo, esta es Julie
Edmunds. ¡Felicitaciones! Hemos decidido contratarte. Si tienes
alguna pregunta por favor llámame de vuelta y nos gustaría verte
mañana en la oficina a las 7.
Inmediatamente corrí donde Hans,
le conté y nos pusimos saltar cómo dos idiotas escuchando el
mensaje al menos tres veces más. Hans fue al closet y empezó a sacar
la ropa que me pondría al día siguiente. Tras ponerlo todo sobre la
silla de su escritorio vio su reloj y recomendó que nos acostáramos
ya que era casi medianoche, pero por más que traté no pude dormir.
Aun así, cuando Hans me levantó
a las seis para llevarme a la oficina tenía más energía y estaba más
despierto que ningún otro día en mi vida. No tenía un centavo en la
cartera, por lo que Hans me ofreció diez dólares que no acepté. Creo
que no los necesitare, le dije, pero igual me los metió en el
bolsillo junto con una caja de cigarrillos. Le di un abrazo y le di
gracias Dios por haberlo puesto en mi camino.
Yo nunca había sido un hombre religioso. Pero
es increíble lo rápido y profundamente que uno se convierte cuando
se está en problemas. No importa el estatus
de tu ateismo, medio, llano u hondo, cuando ves que las cosas pueden
no salir como preferirías, inmediatamente el cuello cae hacia atrás
y los ojos se levantan al cielo en busca de algo más que esperanza o
para solo dar gracias por nada. Uno no quiere que Díos te escuche.
Uno quiere que Díos obedezca. Lamentablemente las cosas no funcionan
así.
Y Díos Proveerá es la frase que con más
frecuencia viene a la mente. En el Génesis, Abraham llama así a la
montaña donde Díos hizo aparecer un carnero
para sacrificar en vez de su hijo. El animal, enredado en un arbusto
por los cuernos, fue víctima fácil. Inmediatamente Abraham lo
sacrificó. Encendió una hoguera y lo dio en holocausto.
Abraham necesitaba un sacrificio. Los únicos presentes eran el y su
hijo. Dios hizo aparecer un carnero. Dios proveyó para todos. Menos
el animal.
Durante mis primeros dos
años en los Estados Unidos esta historia se repitió en mi cabeza una
y otra vez. Nunca involuntariamente. Sin mucho de que sostenerme no
fue muy difícil entender porque cuando la gente se mete en problemas
termina abrazando una religión o cambiando la suya. En estas
situaciones no hay mucho de que apoyarse para seguir adelante, y las
palabras de las sagradas escrituras, cualesquiera que sean, se
convierten en una esperanza que no es importante por lo que ofrecen,
sino por que no hay otras.
Y la desesperación crea un
dilema que te pone al borde la locura. A veces quería maldecir a
Díos y todos sus ángeles y apóstoles, pero inmediatamente, pensaba
en Job, y todas las pruebas que tuvo que soportar para
demostrar su valor. ¿Quizás era una prueba? Quizás no. La duda es la
madre de la fe. Y no teniendo nada que perder soportando la
situación que iba a soportar de todas maneras, muy bien podía
convertirla en eso. Una prueba. Un sacrificio. Un acto de fe.
El primer día de mi primer
trabajo en los Estados Unidos, estas palabras me llegaron a la
cabeza muy temprano en la mañana. Abrazaba a Hans cuando se me
ocurrió compararme con Abraham. Llevaba tres meses en Miami, no
tenía un centavo, ni trabajo, ni era muy simpático, pero sin embargo
ahí estaba yo, siendo alimentado por un hombre que simplemente se
complacía en ayudar.
¿Cuantos como yo había allá
afuera? ¿Cuantos buenos samaritanos como Hans?
En esas condiciones es muy
fácil sentirse iluminado y enfocarse lo suficiente para no
traicionar la racha de suerte o bendición. Por eso las palabras se
repetían una y otra vez, Díos proveerá, cuando pensaba en volver a
Caracas, Díos proveerá, cuando pensaba en vivir en la calle, Díos
proveerá. Aún cuando llegué a estar hambriento y sentía que nada iba
a salir bien, lo único que me venía a la cabeza era que estaba
siendo probado, y me aguantaba las maldiciones. Díos proveerá, me
decía, apretando los puños y siguiendo el consejo de un amigo en
Caracas, haciendo lo mejor que podía para tripearmelo.
Alguna vez antes de emigrar
le había dicho a este amigo en un bar que para pelar bolas pelaba
bolas en Miami. Borracho uno dice las cosas más estúpidas.
Sin un centavo, sin casa,
sin familia ni amigos, uno vive en un estado tan elemental que muy
bien podría ser un animalito del monte. Un pajarito. Hans ponía
arroz viejo en el balcón para que los pajaritos vinieran y comieran.
Cada mañana ponía unas buenas dos tazas. Al día siguiente no había
nada. Dios proveía una vez más. Yo no era sino uno de los pajaritos
de Hans, y como tal me llevó a la oficina en mi primer día de
trabajo. Me dejó allí a las 6:30 de la mañana.
-Lo que sea que te digan di
“Yes Sir” - me dijo como despedida.
-Yes Sir. – Le respondí y me
despedí hasta la tarde.
Ese día trajo consigo varias
sorpresas. La primera de ellas, como ya había sospechado, era que no
había tal galpón, ni iban a ser $50 dólares la hora. Y tampoco iba a
ser mucho una oportunidad.
La compañía se llamaba
Strictly Advertising, y quedaba en un conjunto de oficinas
alineadas una al lado de la otra frente a una vía de tren. Cada 15
minutos pasaba un ferrocarril de carga en vuelo rasante hacia el sur
haciendo que las conversaciones, inclusive en los sitios más
profundos de la oficina, se callaran por los 20 segundos que tardaba
en pasar.
Afuera esperaban unas
treinta personas. Casi todos muchachos negros vestidos en jeans y
camisetas de baloncesto. Encima de estas una camisa arrugada con una
corbata atada al cuello como una horca. Dejando aparte por un
momento la libertad que cada cual tiene de vestirse como quiera, un
ciego y manco hubiese hecho un mejor trabajo al vestirse.
Especialmente para su primer día de trabajo. Por esto no fue ninguna
sorpresa no ver a ninguno de ellos al día siguiente.
Me había puesto lo que Hans había elegido y una corbata amarilla que había comprado en un
viaje anterior a Miami, cuando escupir $35 por ella me pareció una
ganga. Ahora no tenía nada y caminaría sobre fuego por ellos. La
vendería en ese instante por uno.
Al entrar, sentí el mismo
ambiente que la primera vez. Música a todo volumen se colaba a
través de las paredes. Hip Hop. Gritos de todo tipo parecían venir
desde un campo de entrenamiento para cheerleaders. Cada vez
que alguien abría la puerta entre el lobby y las oficinas la música
estallaba con violencia. ¿Cómo alguien podía trabajar así?
En algún momento hacia las 8
de la mañana la música se apagó y sólo alguno que otro grito
interrumpió el silencio hasta que la gente empezó a salir de la
reunión en grupos de a dos, hacia la oficina de Julie, donde me
habían entrevistado el día anterior. Cada vez que una pareja entraba
a la oficina, Julie salía y llamaba a alguien que esperaba como yo.
Tenía cruzados hasta los dedos de los pies.
El último en ser llamado fui
yo. Gustavo, me llamó ella dulcemente sin salir de la oficina.
Adentro me esperaba con un muchacho rubio un poco más pequeño
que yo y con una mirada azul y furtiva que parecía ocultar algo.
- Hola, Gustavo, gracias por
venir. Este es Mark Levin y durante el día de hoy él será tu guía.
Por favor hazle todas las preguntas que desees, y si hay alguna que
él no sepa guárdala para mí cuando regreses en la tarde. - ¿Estas
libre todo el día?
- ¡Yes Sir! Respondí
automáticamente sin darme cuenta del error hasta que rompió un breve
silencio con una sonrisa.
- …Madam – corregí
inmediatamente pero sólo terminé de hacerla reír.
- Sir is Ok. Me dijo
- Ok. – Le respondí
avergonzado.
- ¿Trajiste zapatos cómodos
para caminar todo el día?
- ¡Yes Sir!
- ¿Sabes que si algo no te
parece correcto nos lo puedes indicar cuando regreses?
- ¡Yes Sir!
- Bueno, eso es todo.
Disfruta tu día.
- ¡Yes Sir!
Salí con Mark hacia su carro
por la puerta trasera de la oficina de Julie, donde varios de los
muchachos que habían salido antes se reunían fumando cigarritos
mientras
conversaban entre ellos. Algunos me saludaron, pero Mark me guió
rápidamente hacia su carro, un modelo de Honda que nunca había visto
en mi vida. El techo era de lona y en medio, varias capas de
teipe tapaban un hueco que él había hecho poco antes tras dejar
las llaves adentro tras cerrar el automóvil.
Cuando estábamos listos para
irnos, Julie llamó a Mark desde la oficina. Mark fue donde ella y
regreso con otro muchacho que se sentó en el asiento de atrás. Era
un español llamado David Otamendi que como yo no tenía la menor idea
de lo que estaba pasando. A diferencia de mi, él fue más
inquisitivo.
En pesado acento español
empezó a preguntar en buen inglés todo lo que venía a la cabeza,
pero Mark evadió todas las preguntas diciéndonos que era mejor si
las hacíamos al final del día. Que este era solo un día de
observación y que todo sería explicado en el momento correcto.
Mientras Mark manejaba por
la US-1 rumbo norte, me preguntó que qué hacia para ganarme la vida.
Le dije que todavía nada, que esperaba aprender algo ese día.
-¿Cuanto llevas en Miami?
- Un par de meses. – le
respondí.
Mark me vio de reojo
mientras manejaba. Se encendió un cigarrillo. Note que le faltaban
dos dedos de la mano derecha. Echando humo por la boca se sonrió y
volvió a verme.
- ¿Como te gustaría aprender
a ganarte la vida en una mañana? ¿Ganarte la renta en tres días de
trabajo?
Me quede viéndolo a la cara.
Voltee hacia el retrovisor y vi a David viéndonos con cara de loco.
- Sería suficiente si
aprendiera a ganarme la renta en un mes. – le respondí.
Mark guardó silencio por un
rato. Apretaba la mandíbula como si estuviese probando las palabras
que quería decir.
- Hoy,- dijo cuando nos paramos en un semáforo
–sólo observa y aprende. Sigue de cerca lo
que hago y te prometo que harás lo que te dije.
Se me hizo agua la boca y no
pregunté más nada. No tenía buena espina sobre lo que vendría. Pero
no tenía muchas opciones. Díos proveerá, me dije, empuñando las
manos. Díos proveerá. Apenas eran las nueve de la mañana y ya tenía
el estomago pegado del espinazo. Hambre, pensé.
Recordé mi casa en Caracas
y los desayunos de mi mamá. Quizás eso era lo único que necesitaba.
Quizás no. Mientras Mark manejaba hacia donde no tenía
la menor idea recé en silencio y decidí confiar en el destino.
Que mas me quedaba. Que fuera
lo que Díos quisiera.
Próximo Capítulo:
Cuando Era
Feliz e Indocumentado Pt. 4
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