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Palo de Felicidad
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Ok, I give
a Damn!
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María Eugenia Rodríguez

El palo de la felicidad en un
tronco escamado del que salen unas hojas verde-grama con rayas
manchadas de blanco. Tuve uno en Buenos Aires, que viajó de Entre
Ríos a San Fernando y no pudo sobrevivir a los aguaceros ni a los
vientos huracanados del sur. No es que sepa mucho de matas pero creo
que no es raro en ellas eso de volver a crecer. No fue el caso de
aquel turista que tuve yo en Buenos Aires. Se quedó torcido, flaco,
medio verdoso en el balcón oscuro que daba al sol de la tarde
pintado en el cielo de Tigre (el río que está en la provincia).
Ahora tengo otro palo de la felicidad; también llegó por tierra,
de San Antonio a Caracas. La vida se repite a punta de fabricar
estrellas de oro, con su rueda maravillosa.
Primera Carta
Ni el acorde de todos los tangos
ni el más intenso ejercicio de tu
imaginación
podrán hablarte de la falta que me haces
Francamente ya la matica venía medio piche en el camino, incluso
estaba medio piche en el jardín donde la vi por primera vez. Las
tardes en Argentina tienen algo muy particular. El tiempo parece
estar regido por otros cronómetros, un poco más lento probablemente.
El caminante que ve hacia abajo encuentra aceras de piedras y hojas
secas. El caminante que ve de frente encuentra sombreros, piedras,
botas altas, flores, árboles densos, grúas que levantan raíces,
balón de fútbol, pasto, pastor alemán, galgo. Yo lo vi, con estos
ojos que se han de comer los gusanos. Los autos, las vías, los
semáforos, los ascensores, las plazas. El turista disfruta sus
carnes, su dulce de leche, sus facturitas y baila pegao con el
acento de los porteños: “un vaso de agua ¿puede ser?” en vez de “un
vaso de agua por favor”.
Segunda carta
Listo para ser escuchado. Dio un concierto
hace poco en Caracas.
Y me llamas extranjero porque me trajo un
camino
Porque nací en otro pueblo, porque conocí
otros mares
Y un día salí de otro puerto
Si siempre quedan iguales en el adiós los
pañuelos
y las pupilas borrosas de los que dejamos
lejos
los amigos que nos nombran,
y son iguales los rezos y el amor de la que
sueña con el día del regreso.
No, no me llames extranjero
Traemos el mismo grito, el mismo cansancio
viejo
que viene arrastrando el hombre desde el
fondo tiempos,
cuando no existían fronteras, antes que
vinieran ellos:
los que dividen y matan, los que roban, los
que mienten
los que venden nuestros sueños
Ellos son los que inventaron esta palabra,
extranjero.
Veía una foto en cada esquina: un postigo medio abierto con una
chica blanca, rubia, con cara de rusa sentada en los peldaños. La
imagen de aquella tarde era eso, sentados en el jardín tomando mate.
Habíamos ido al Paraná, donde me enseñaron a cebarlo al mate. Y fue
una pareja de ancianos quien me dio un recuerdo de Entre Río. “Tomá
nena –me dijo ella- llevateló”. Y salí de aquella casa con una
maceta en la mano, así mismo viajó en la parte trasera de un carro,
al lado de un perro mirándola con cara de esta tarde te meo encima.
Así salí de aquella casa y de otras que ya no recuerdo y que hoy
parecen salidas de uno de esos cuentos que se “arquitectan” (palabra
inventada por mí, por supuesto) cuando se abren. Existen algunas
palabras que si fueran consideradas por la Real Academia, mi vida
sería mucho más fácil. He aquí otro ejemplo: igual que se dice “en
primer lugar... en segundo lugar...” (es el momento de imaginarse a
la gorda en Mafalda que está peleando con su esposo en la playa y
que cuenta hasta con los dedos de los pies), por qué no decir “para
empezar... para secundar... para tercerar...”
Tercera carta
Alejandra:
En “Clave del aire”, un poema del uruguayo
Fernán Silva Valdez, grabado como tango por Carlos Gardel, encuentro
la mejor metáfora de cómo los imprevistos hacen viajes y germinan
recuerdos. Cosa grande ésta la de llevarte en los sueños y la de
verte, pese a tu ausencia, en el territorio de las imaginaciones que
le sirven de exorcismo a la tristeza.
En “Clavel del aire” el cantor se asemeja a
un árbol muy argentino y muy triste, el ombú. Se acostumbró a vivir
sin flores, pegado a la tierra sin otro norte que la sobrevivencia.
“Y mi ramazón secándose iba / cuando ella una tarde mi sombra buscó
/ Un ave cantó en mi ramazón / y el árbol entonces tuvo su flor”.
Ojalá que lo puedas escuchar en algún boliche.
Con los ojos no se avizoran bien las
catástrofes del tiempo. No caben en las retinas. Al árbol y al
cantor los une la tragedia. Un viajero se lleva la flor. “El que
cruzó fue el viento / el viento pampero que se la llevó”. Gardel más
que cantarlo, lo llora con esa forma tan heroica en lo viril que
tiene en su voz para eternizar las quejumbres del tamaño del mundo.
Pasan los días y una alegría inédita es la
de esperar tus cartas. Uno vive en habladurías con uno mismo para
encontrar un sentido. Y me invento para estar alegre, una imagen: la
del reencuentro contigo, el otro, el esencial, que está más allá del
correo y la lectura. No sé si vendrás para diciembre. No sé si me
jubile a comienzos del nuevo año, y provocaría celebrarlo yendo a
Buenos Aires. En fin, yo te veo siempre aquí en Caracas.
Un gran abrazo...
Sí, los árboles en Buenos Aires son como el de aquella escena de
Lo que el viento se llevó. “Are you telling me, Scarlet
O’Hara that Tara doesn’t mean anything to you?”. Serpientes
disecadas, de los que necesitarían un psicoanalista, nada que ver
con la pobre matica que había llevado yo al depto de San
Fernando.
Cuarta carta
“No quiero que sigas apareciendo y
desapareciendo tan súbitamente. ¡Si le das a uno vértigo! Y esa vez
desapareció muy lentamente, empezando por la punta de la cola y
terminando por la sonrisa, que se mantuvo ahí durante un tiempo
después de todo lo demás”.
Ahora, diez años después de aquel parpadeo, está allí, chiquito,
asomado, verde grueso, gordo, sano; todavía con la tierra seca
creció un palo de la felicidad frente a mi ventana en Caracas. Me
recibe como Argos a Ulises, me mira, me saca el sucio del ojo,
aguándomelo. Siempre he creído en los buenos augurios y éste ha sido
uno de los más inquietantes.
Última carta
“Aunque consiguió arrancar muy hermosos
junquillos mientras el bote pasaba, había siempre uno más bello que
no conseguía alcanzar. ¡Los más bonitos siempre están lejos! Exclamó
por fin, con un suspiro, ante el empeño de los junquillos por crecer
tan lejos”.
Maria Eugenia Rodríguez es un escritora venezolana cuyo
trabajo ha aparecido en la prensa venezolana.
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