Ignorados por el público actual, quien ve a Johnny Pacheco o a Izzy
Sanabria diría que son unos abuelos más de esos sin muchas historias
que contar y tiempo de sobra para cuidar nietos. Sin embargo los
hombres son leyendas vivas, que en los años setenta cambiaron la
forma en que el ritmo afro-cubano conocido como Salsa era percibido
por el público. Convirtiéndolo en una influencia musical válida,
interesante y por sobre todas las cosas, mercantilmente viable. Como
todo, nada dura para siempre, pero el legado de su aventura es
imborrable.
Pacheco es uno de los últimos de una
raza en extinción. Miembro de un grupo de pioneros por cuyas filas
desfilaron talentos de la talla de Tito Puente, el Papo Luca,
Mongo Santamaría, Chano Pozo, Yomo Toro, Ismael Miranda, Héctor
Lavoe, Oscar de León, Pete "El Conde" Rodríguez y la recién
fallecida Celia Cruz.
Aunque la Salsa en estado puro ya existía desde mucho antes de
Pacheco, de alguna manera la revolución comenzó cuando él, junto
al estadounidense Jerry Masucci, fundaron Fania Records
en 1963. La idea era promocionar la música latina en el mercado
juvenil de la manera en que lo hacía el Rock n' Roll, con bandas
que él mismo se encargaría de descubrir y producir. Crear una
moda.
Masucci era un abogado que tras pasar una temporada como asesor en
La Habana se había enamorado de la música caribeña. En el negocio,
él se encargaría de los números y contratos, Pacheco del talento.
El trabajo de distribuir discos entre las tiendas de Manhattan, se
lo repartieron entre ambos. Caminando de tienda en tienda con
discos debajo del brazo para dejarlos a consignación, y muchas
veces vendiéndolos desde la maletera del carro cuando veían que en
las tiendas nadie se los llevaba.
Fueron tiempos duros, y ninguno de los dos imaginó que por dos
décadas, según cuenta la leyenda, los equipos de grabación en los
estudios de Fania no se apagarían ni un día.
Lenta pero progresivamente, sus artistas empezaron a llamar la
atención y generar público, sobre todo gracias al increíble nuevo
sonido que Pacheco le imprimía a sus producciones. Había dejado
atrás los violines y la flauta del sonido tradicional cubano para
poner al frente la percusión y los metales. Pacheco y Masucci
tomaron la música cubana y le dieron un giro de noventa grados,
convirtiéndola en algo más agresivo. Con influencia de otros
ritmos como el puertorriqueño, y aunque suene a disparate, el del
Rock n' Roll (del que tomaron la idea de poner la sección
rítmica en primera fila, "el sonido fuerte") y hacer de la Salsa
un espectáculo de multitudes.
Pacheco y Masucci creían que si la Salsa se hacía visible a través
de espectáculos multitudinarios, aumentarían las ventas de discos.
Y para aprender como las grandes bandas daban sus conciertos en
vivo, asistieron a los conciertos de los que sabían cómo hacerlo:
los Rolling Stones y Kiss. Hacia mediados de los
años setenta la influencia era innegable: Papo Luca colgaba del
techo amarrado a un piano que giraba en el aire y Héctor Lavoe
bajaba del cielo en el Madison Square Garden mientras cantaba "Mi
Gente" rodeado de una nube de humo artificial. "La forma en que yo
me sentía es que estos latinos que venían a vernos, venían a ver
un grupo de rock también. Y nunca los defraudé." Confesó
recientemente Pacheco en una entrevista.
Y el dúo Pacheco-Masucci dio el clavo. El objetivo de los ritmos
afro-cubanos hasta entonces, era bailar. Y esto mantenía el género
encerrado entre los confines de los night-clubes y salas de baile
del mundo. Esto no era malo, pero como negocio significaba una
verdadera traba. Mientras Pink Floyd era capaz de llenar
un estadio con 20.000 personas, cualquier promotor de música
latina debía organizar, en el mejor de los casos, veinte
conciertos para igualar esta entrada.
A comienzos de los años setenta, la Salsa como fenómeno empezó a
llenar las páginas en los periódicos de todo el mundo, incluyendo
en Latinoamérica y el Caribe, donde el fenómeno, irónicamente,
había sido ignorado. Y el hombre responsable por conceptualizarla
y promoverla como género y arte fue Izzy Sanabria. Un artista
gráfico puertorriqueño que se convertiría en el embajador, maestro
de ceremonias y promotor oficial de todo lo salsoso.
Aunque él mismo ha dejado en claro que es muy joven como para
atribuírsele la palabra Salsa, él fue el responsable de
popularizarla. Izzy era de la opinión que el término “Latin Music”
era demasiado general como para describir el ritmo, porque así se
llamaba a cualquier cosa que venía de Latinoamérica y el Caribe.
Por lo que tras fundar la revista de farándula salsera, Latin
NY, y convertirse en el experto por excelencia del ritmo,
cada vez que era consultado acerca del fenómeno la respuesta
siempre comenzaba de la misma manera: “La Salsa es…”. En realidad
todo era una cuestión de mercadeo. Sanabria esperaba capitalizar
en el fenómeno, vender más revistas, conseguir más contratos para
diseñar carátulas. Pero como usualmente pasa, las consecuencias
fueron más allá de lo que jamás pudo imaginarse.
Pero no todo fue color de rosas. Los tradicionalistas consideraban
al ritmo, cuando menos, como impuro. Casi siempre, como nada
original. Contradiciendo a Sanabria, el mismísimo Machito declaró
que la Salsa no era nada nuevo y que era lo mismo que habían
estado haciendo en Cuba desde hacía décadas. Tito Puente por su
parte argumento que él era músico y no cocinero. Pero la realidad
era que la Salsa era un género completamente novedoso, nacido, les
gustase o no a los músicos latinos, del crisol cultural que era la
ciudad de Nueva York. Antes de morir, Puente le daría crédito a
Sanabria al decir que tras años de negarse a aceptar el nombre,
por fin había aprendido a aceptarlo “porque donde quiera que
viajo, encuentro mis discos bajo la categoría de Salsa”.
Puente tardó décadas en darse cuenta de algo que el público había
hecho hacía tiempo, ya que para cuando en 1973, Sanabria presentó
el programa “Salsa” en la televisión neoyorquina, ya todo el mundo
sabía de qué se trataba. Le gustase a quien le gustase.
Mientras tanto, Fania seguía su camino histórico. Con las
presentaciones en vivo vinieron los cambios en las imágenes y la
forma en que los músicos se presentaban a la prensa. Los atuendos,
las personalidades, la farándula. Con esto la revista Latin NY
se convirtió en la Biblia de la Salsa. Y al igual que Led
Zeppelin o Pink Floyd las carátulas de los discos se
convirtieron en obras de arte que llamaban la atención de los
compradores.
Izzy Sanabria diseñó muchas de las carátulas más celebres de
Fania, y hasta la imagen peligrosa de Willie Colon. Llegando
incluso a organizar las protestas, gracias a las que la Academia
Nacional de la Música Estadounidense finalmente incluyó la Salsa
dentro de una categoría en los premios Grammy.
Pero los cambios y las influencias no terminaron allí. Cuando
The Who sacó a la venta su opera rock "Tommy", Larry Harlow,
uno de los primeros miembros de Fania, se dio a la tarea
de hacer lo mismo pero con Salsa. La primera opera en Salsa se
llamó "Hommy". Tina Turner en Tommy era la Reina del Ácido. Celia
Cruz se graduó en “Hommy” como la Reina de la Salsa, nombre con el
que se le conocería hasta el día de su muerte.
Anécdotas abundan de esta época. Los jóvenes latinos en los
Estados Unidos, que hasta entonces se identificaban musicalmente
según la edad, empezaron a hacerlo por su origen. Había algo que
les pertenecía y que era tan grande y valioso como lo era el Rock
N’ Roll que hasta entonces escuchaban. Algo que los hacía iguales
en un país de desigualdades, una cultura, un tipo. Algo que decía
lo mismo, pero de otra manera. Un género que no decía Love,
que decía amor, sabor, ritmo. Palabras intraducibles en contexto.
Y lo más importante de todo, algo con poder de expansión, de
mezcla, algo aceptado por todos, incluyendo los no latinos. Algo
que cabía dentro de las corrientes políticas y culturales de la
época. La cultura hippie, los derechos civiles, la oposición a la
guerra y sobre todas las cosas la lucha del hombre contra la vida
dura de las grandes urbes como símil de la lucha contra el sistema
en general.
Así Larry Harlow, quizás el músico que llevó su polinización
musical a los extremos más absurdos y hasta cómicos, cuando Black
Sabbath incluyó en su disco Paranoid el sencillo “Electric
Funeral”, no esperó mucho antes de titular un disco en honor
al equipo de Ozzy Osbourne. Su nombre: Harlow El Eléctrico.
Musicalmente los separaba un universo, pero sus carátulas e
indumentarias hablaban de gente que vivían en el mismo mundo y que
eran iguales aunque diferentes como profesionales.
Harlow era estadounidense, hijo de judíos, pero la influencia de
la música anglosajona en los jóvenes latinos en los Estados Unidos
también era evidente. Ismael Rivera cuenta que “de chamaquito y en
la adolescencia, yo era roquero... Había muchos grupos de armonía,
de cuatro o cinco personas y de otro lado estaban los solistas
como Elvis Presley y Paul Anka”. Rivera formó parte de varios
grupos de Rock con los que se presentó en Nueva York durante su
adolescencia.
Como con Harlow, el sonido de la música latina atrajo la atención
de músicos de todo tipo. En el Rock, Santana había hecho su parte
en promocionarla. Pero fue en realidad el Jazz y el Blues los que
le definirían su sonido. Ya existían varias corrientes
experimentales como el Acid Jazz o el Latin Funk, donde los
miembros de Birdland, el club por excelencia de la música
negra, y los del Palladium, el club de los latinos,
rompían barreras raciales y geográficas a través de un idioma
único y con resultados desde cualquier punto de vista
excepcionales. Los trabajos en conjunto de Tito Puente y Dizzie
Gillispie entre otros, han adquirido con el tiempo dimensiones
legendarias.
Antes de Fania, otro ritmo había intentado alimentarse
del mercado latino y hacer el crossover hacia el mercado
estadounidense, el Boogaloo. Una mezcla de Jazz, Funk, Rock y
ritmos afrocubanos que gozó de un éxito parcial a mediados de los
años sesenta. Pero los veteranos simplemente lo tacharon como de
música latina que no era latina. Como una abominación que
corrompía los principios fundamentales de los ritmos latinos.
Este rechazo provocó una búsqueda retrospectiva de las raíces de
la música caribeña. Fenómeno que por cierto no era único; el Rock,
el Jazz y el Blues hacían lo mismo y durante los años sesenta y
setenta, todos juntos, por diferentes caminos, trazaron sus
orígenes hasta lo más profundo del corazón africano.
Para la música estadounidense lo más cercano a esto quedaba en el
Sur, Louisiana, Carolina del Sur y Virginia. Para los latinos este
origen ya había explotado en una isla no muy lejos de allí: Cuba.
Pero a Virginia se podía ir tranquilamente. Cuba estaba cerrada
por el embargo comercial con los Estados Unidos. Por lo que los
sonidos nacidos en Nueva York, tuvieron que conformarse con lo que
ya existía en suelo estadounidense, y del mezclote de influencias
nacería el sonido original de La Fania, que eventualmente
se llamaría
The New York Sound.
Al igual que en el caso de Sanabria, la búsqueda de Pacheco no era
tan filosófica. Ya él había sido músico por bastante tiempo y lo
que quería hacer con la música latina era lo que Motown había
hecho con la negra, abrir los horizontes del público. Hacer del
ritmo un bien rentable, capaz de retroalimentarse de sangre nueva
influenciada por ellos mismos. Crear un efecto dominó que
eternizara la Salsa como género.
El Boogaloo había sido despreciado por los latinos, y la Salsa
había estaba sufriendo las mismas críticas. Sin embargo muchos
músicos, latinos y estadounidenses lo abrazaron espectacularmente.
Había algo diferente que llamaba la atención a ambas escuelas, y
que terminaría abriendo los sonidos del bongó y los timbales a una
generación de jóvenes que se entregarían a lo afro-caribeño sin
límites. Uno de estos ejemplos era el mismo Masucci. Otro era
Larry Harlow. Y antes que ellos el mismísimo Dizzie Gillezpie.
Desde el principio, Johnny Pacheco supo que las presentaciones en
vivo eran fundamentales para la expansión de su firma, por lo que
no tardó en definir a La Fania como un grupo al no había
que escuchar, sino que era obligatorio ir a ver.
Pacheco mismo había dado un concierto en la Feria Mundial de Nueva
York de 1964, y sabía muy los resultados que esto había traído. La
diferencia entre que te oyeran y te vieran. Así que a medida que
su equipo de artistas fue creciendo, Pacheco creó un vehículo
promocional para todos ellos a los que bautizó la Fania All-Stars,
Todos Estrellas, en 1968.
Virtualmente un súper grupo, los dos primeros discos de los
All Stars fue la grabación en vivo de un jamming en
el bar Red Garter, actualmente el Bottom Line,
llamado "Live at The Red Garter Vols. 1-2" en el que los
artistas invitados fueron Eddie Palmieri y Tito Puente. Masucci,
notando que las ventas no resultaron todo lo que esperaba fuera de
Nueva York, decidió hacer otro concierto, pero esta vez lo
filmaría para distribución a nivel internacional, y el 26 de
agosto de 1971 grabó el segundo disco de Fania All Stars
en el club Cheetah (hoy los S.I.R. Studios). La
película del concierto, un documental al que llamó Our Latin
Thing, tuvo los resultados que esperaba, expandiendo su
trabajo por Latinoamérica y el Caribe casi inmediatamente. Años
más tarde el documental sería reeditado por Columbia Pictures
bajo el nombre "Salsa".
A raíz de estos dos discos y el filme, los miembros de Fania,
cada uno haciendo sus carreras como solistas, entraron en la época
de oro de la Salsa, grabando discos que se convertían en Oro y
Platino de la noche a la mañana. Y llegando a llenar primero
clubes, después teatros y más tarde el sueño dorado de todo
artista, el Yankee Stadium.
Pero como nada dura para siempre, con la llegada de los ochenta,
los efectos de la expansión de Fania tuvieron un efecto
contraproducente. La búsqueda de raíces por parte de los músicos
latinos se extendió a otros ritmos latinoamericanos. Esto sumado
al éxito y el abuso de las drogas y el alcohol por parte de
algunos de sus miembros, empezaron a carcomer las bases de la
generación de relevo que la Salsa soñaba con heredar.
Con el cambio de década, los gustos se expandieron, y hasta
cambiaron por completo. Los muchachos que eran la base del negocio
de Fania crecieron, y con la adultez bajaron las compras
de discos y tickets a sus conciertos. Además de esto, la caída del
Disco y otras corrientes alternas, llevaron a la clausura de
clubes en todo el mundo y para colmo, otras casas disqueras
empezaron a ofrecer sumas sin competencia a los artistas de
Fania, que no tuvo otra opción sino verlos marcharse.
Para finales de los ochenta la Salsa estaba en crisis. Incluso
lsus fanáticos más aguerridos se habían movido a los nuevos
ritmos, el Merengue y la Balada romántica, ritmos que en las
radios también acapararon las audiencias y ahogaron la respiración
de Fania.
Cuando Jerry Masucci murió en 1997 apenas mantenía con vida a
Fania, aunque la misma en realidad sólo servía para sacar el
disco periódico de Celia Cruz o para hacer reediciones de discos
anteriores. Sus intentos por revivirla con el nuevo boom
de la música cubana a finales del siglo XX, fueron un fracaso.
Pacheco y Sanabria, mientras tanto, aún aparecen en el regular
concierto de los Fania All Stars, pero ya no es lo mismo.
Mientras la Salsa ha tratado de mantenerse con vida a pesar de la
pérdida de sus más grandes influencias. No Johnny Pacheco ni Rubén
Blades ni Willie Colon. Sino Led Zeppelin, Kiss,
Iron Maiden. Bandas que enseñaron a la Salsa no cómo hacer
música, sino cómo venderla.
En un reciente concierto en el Madison Square Garden esta pérdida
fue más que obvia. Gilberto Santarosa, un miembro de la nueva
generación de salseros, y Juan Luis Guerra, un producto de la
búsqueda de raíces musicales post-Fania, compartían la cartelera.
La ejecución fue impecable. El sonido mejor o igual que en
cualquier legendario concierto de la Fania. Pero el
espectáculo no existe. Como la mayoría de las salas de concierto
del planeta, el Madison no está hecho para bailar. Las sillas
estorban en todos los frentes por lo que lo visual debe
sobresalir. Si no se puede bailar, debe sustituírsele con algo
más.
Por un momento deseé ver a Lavoe bajando del cielo gritando "Mi
Genteeee...", pero no sucedió nada. Era como escuchar la radio,
pura música, nada que ver, y tras un par de bostezos simplemente
quise volver a casa a escuchar mis viejos y ahora legendarios LP's.
Algunas de cuyas carátulas, sobre todo las diseñadas por Sanabria,
son un mejor espectáculo que todo lo que Guerra y Santarosa
pusieron en el escenario ese día.