Pero Selby Jr. no era un Beat. Al menos en el sentido estricto de la
palabra. Pocas veces asistió a los encuentros de ese grupúsculo y si
bien su búsqueda fue similar, nunca fue la misma. Él siempre fue un
marginado, un outsider, un tipo que nunca debió ser escritor, un
bueno para nada casi iletrado que murió con los pulmones
calcinados.
“Obstrucción pulmonar crónica” dice el obituario, ese texto que
siempre trata de explicar lo inexplicable y que simplemente
significa que Selby Jr. está muerto y no volverá a desafiar al
alfabeto o a los doctores contra los cuales luchó toda su vida.
A los dieciocho años tendría su primer encontronazo con la
realidad médica. Habiendo abandonado su casa a los quince para
convertirse en marino mercante, un decrépito y enfermo adolescente
bajó del barco tres años más tarde en Alemania para ser informado
por los doctores que sólo le quedaban unos pocos meses de vida. De
vuelta a los Estados Unidos fue ingresado a un Hospital Militar,
donde su tuberculosis dilapidó rápidamente el dinero familiar,
costándole a él tres años de cama y diez costillas. La
estreptomicina, que había afectado su visión y audición, lo condenó
a perder el equilibrio en la oscuridad de por vida, y para colmo,
uno de sus pulmones colapsó y le habían tenido que sacar parte del
otro.
Sin embargo, “here I is”, sería lo único que diría Selby Jr., el
sobreviviente.
Seis años más tarde, tras un ataque de asma el doctor que lo
atendió le dijo que simplemente no hiciese nada, que la muerte era
inevitable. Que no tenía suficientes pulmones. Una segunda y tercera
opinión corroboraron el pronóstico macabro dado a un joven ahora
casado, condenado a no ejercer oficio alguno. Sin embargo, en
palabras del mismo Selby Jr., se “rehusó a morir” sólo porque
alguien lo hubiera decidido así, y de allí en adelante se dedicó a
rescribir toda la narrativa americana en un pequeño
puñado de libros.
Ahora bien, como cualquier escritor aficionado sabrá, una cosa es
declararse escritor o tener todas las ganas de convertirse en uno, y
otra muy distinta es hacerlo. Selby Jr. pasó algún tiempo sentado
frente a su maquina Rémington, viéndola y pensando en qué diablos
iba a hacer. Escribió un par de cartas y luego botó la máquina para
sentarse a reflexionar.
Aquí es donde podemos subrayar el nacimiento de un verdadero
artista. Para alguien que afirmó a la ligera, “me sabía el alfabeto,
así que decidí que me convertiría en escritor”, la actitud de Hubert
Selby Jr. de detenerse ante el papel virgen antes de escribir
cualquier barrabasada que se le ocurriera reflejó la
búsqueda de un
motivo.
Historias hay en cada esquina. Detienes al primer
bobo en la
calle y te puede recitar una retahíla de cuentos y anécdotas como
para llenar una enciclopedia. Pero para Selby, el problema literario
no estaba en la historia sino en cómo se contaba sin hablar del
porqué.
En todo caso, y desde cualquier punto de vista, que un marinero
medio enfermo, o enfermo y medio, sin ninguna formación literaria
más allá de los cuatro libros de Melville y Joyce que se leyó en el
hospital, pudiera crear una obra como “Last Exit to Brooklyn” es sin
duda impresionante. En este libro se percibe una necesidad narrativa,
una búsqueda lingüística que no escatima sobre todo en los recursos
auditivos. De hecho, cuando se le preguntó a Selby Jr. cual era su
mayor influencia al escribir, su respuesta, siempre parca, fue “Bethoveen”.
Tal afirmación no sorprende al leer lo esmerado que siempre serán
sus diálogos, que conducen la narrativa, que guían al lector y que
hasta su último libro, el sensacional “Waiting Period” no dejarán de
reflejar la realidad americana, o neoyorquina, de Brooklyn.
Claro que no toda “realidad” es bonita, mucho menos si se pasa
por el calvario que Selby Jr. pasaría prácticamente toda su vida.
Por esto no asombró a nadie que las mentes pacatas no vieran más
allá de los personajes conflictivos y la violencia engendrados en
Last Exit, prohibiéndola durante algunos años tal como antes habían
hecho con los trabajos de Miller, Burroughs y Joyce, por sólo
mencionar a algunos. Pero esto fue de poca importancia, y menores
consecuencias, y finalmente pudimos acceder a lo que Allen
Ginsberg
llamó una bomba que “explotará sobre los Estados Unidos y será leída
ávidamente incluso dentro de cien años”. Selby logró captar la
angustia americana, la decepción, la violencia y todo aquello ligado
a cierta población que siempre parece ser excluida de los relatos
contemporáneos.
Es en este punto cuando aparecen las analogías biográficas,
aunque no narrativas, con los mal llamados Beats. Según él mismo,
Burroughs “despertó de la enfermedad” luego de veinte años de
adicción, sólo para ver “Naked Lunch” censurada por “perversa”.
Ginsberg lo había descrito como “un recorrido en montaña rusa por el
infierno”. Selby Jr., por su parte, despertó luego de su paso por
doctores y medicinas para crear Last Exit y verla descartada en
Inglaterra por el “obscene publications act” (Ley de publicaciones
obscenas) de 1959.
Por otro lado, su espíritu Beatnick paralelo se vislumbra en sus
colaboraciones, que lo hacen ver como una especie de doppelgänger
piche de William Burroughs. Burroughs verá Naked Lunch llevado a la
pantalla por David Cronenberg, Selby Jr. verá Last Exit dirigida por
un desconocido. Burroughs grabará con Kurt Cobain, Selby Jr. con
Henry Rollins, siendo su última aparición en el 2000 en la genial
“Réquiem for a Dream” de Darren Aronofsky. Incluso hoy en día
Steve
Buscemi trabaja en una adaptación de “Queer” de Burroughs, mientras
Selby se pierde en el olvido.
Sin embargo, Selby Jr. siempre sería un marginado, tanto por su
condición física como por su forma de escribir. Demasiado enfermo,
demasiado demacrado y sin la desfachatez de Jack
Kerouac para
abandonar a sus esposas, Selby Jr. trabajaba de día y escribía de
noche, a pesar de la piedra negra que latía en su pecho y que lo
obligó a dejar de fumar –finalmente- un mes antes de su muerte. Este
tren de vida le impidió poder participar de las fiestas y salidas de
los imprevisibles Beats, quienes buscaban siempre la última
experiencia vital.
Entonces, ¿cómo describir a Hubert Selby Jr? No parece haber otra
manera sino la de hacer referencia al Beatnick que no perteneció a
la generación Beat. Al escritor que nunca estudió literatura, que
nunca fue premiado, que nunca fue siquiera leído antes de ser
criticado. En un mundo donde prevalece la literatura pseudo-erótica,
“La vida sexual de Catherine M” es el best-seller du jour, donde los
franceses terminan plebiscitando los esfuerzos mediocres de Fréderic
Beigbeder o Michel Houellebecq, donde es difícil sino imposible
evitar mediatizarse a lo Easton-Ellis para vender libros, en nuestro
mundo, Hubert Selby surge como un llamado a la modestia, a la
sinceridad y a la escritura desde el corazón y la realidad.
Más que eso, su legado se concentra en la herencia de unos
personajes que, como seres humanos, sufren contradicciones y cometen
errores. A diferencia de otros escritores, Selby nunca trata de
rectificarlos sino que mas bien los ve como piezas del humano
presente en cada uno de nosotros, incluyéndose a si mismo, que por
no ser ejemplo de conducta para nadie, se rehúsa humildemente a
enjuiciar moralmente a sus propios personajes. Selby, al contrario
de los escritores moralistas, se limita a exponerlos y descubrir su
sufrimiento, uniéndolos al lector a través de un vínculo de
empatía.
Hubert Selby Jr.
entendió esta relación escritor/personaje mejor que cualquier otro
novelista contemporáneo, dando una lección que serviría a más de uno
en nuestro presente liberal individual de sálvese-quien-pueda.
Hubert Selby Jr.
1928-2004
LAST
EXIT TO BROOKLYN (1964)
THE ROOM (1971)
THE DEMON (1976)
REQUIEM FOR A DREAM
(1978)
SONG OF THE SILENT SNOW
(1986)
THE WILLOW TREE (1998)
WAITING PERIOD (2002)
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