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New York era la madre todos los exiliados mucho antes que Emma
Lazarus le otorgara esa distinción en la Estatua de la Libertad.
Algunos simplemente buscaban un descanso en la lucha. Giuseppe
Garibaldi, entre el comando de tropas de la revolucionaria República
Romana en 1848 y la unificación de Italia en 1860, se pasó un año
tranquilo y sin nervios en Rosebank, Staten Island. Muchos revolucionarios
latinoamericanos también se pasaron un tiempo en Nueva York,
incluyendo al padre de la independencia cubana José Martí, por
ejemplo, cuyo elegante semblante ahora adorna las propagandas del
ron que lleva su nombre.
Y a finales de la primavera de 1866, uno podía encontrarse otro
exiliado latinoamericano—un político inferior pero más
exitoso—cojeando hacia Broadway desde el ferry de Staten Island
camino a otra reunión con las víboras de sus abogados o sus
partidarios. Once veces presidente de Méjico, Antonio López de
Santa-Ana Pérez de Lebrón—Su Serena Majestad; General en Jefe del
Ejercito Libertador de la Republica Mejicana; Merecedor de su País;
Héroe de Tampico; Héroe de Veracruz; Benefactor de la Patria; el
Napoleón del Oeste (el mismo se había proclamado como todo esto)
—estaba tramando, otra vez, un regreso triunfal.
En los Estados Unidos, Santa Ana es conocido solamente como el
hombre que masacró a Jim Bowie y Davy Crockett. Pero su capacidad
para mostrar su lado cruel era sólo uno de los aspectos de una
personalidad tan complicada que un historiador lo llamó “el enigma
que una vez fue Méjico.” Santa Ana llegó al poder por primera vez en
la década de 1830, en lo que entonces era uno de los países más
extensos del mundo. Y entre 1836 y 1847, gracias a sus defectos como
soldado y estadista (así como al expansionismo norteamericano),
había perdido la mitad del territorio de la nación: casi 2 millones
de kilómetros cuadrados de tierra, que comprendían lo que ahora es
el oeste de los Estados Unidos. A pesar de esto, volvió a servir
como presidente de 1853 a 1854 y sentía que debía servir por lo
menos una vez más.
Entonces Santa Ana todavía era un hombre buen mozo, con ojos
finos y oscuros, labios sensuales y una cabeza cubierta de pelo
negrísimo. Inquieto y energético, usualmente estaba envuelto en una
revolución, una conspiración o un intento de golpe—casi uno por año.
Su gran vigor venía de las calles mejicanas, donde
(incomprensiblemente) sus poses pseudo-aristocráticas tenían un
encanto abrumador para las masas analfabetas.
Había nacido en Jalapa, Veracruz, en Feb. 21, 1794, en una
familia de criollos clase media: blancos españoles nacidos en
Méjico. Sin interés por la escuela o los negocios, el joven Antonio
fue enviado a una academia militar del ejército español en junio de
1810, donde luchó en contra de bandidos, insurgentes e indígenas.
Allí fue reiteradamente condecorado por su valor y apenas logró
escapar de una corte marcial por malversación de fondos asignados al
regimiento.
Mientras la derecha se mantuvo en el poder en Madrid, los
insurgentes en Méjico se mantuvieron a raya. Pero en 1820, los
liberales españoles tomaron el poder, aboliendo sumariamente los
privilegios económicos, legales y sociales de los que gozaba la
iglesia católica y el ejército. Esto causó que súbita, pero
tranquilamente, grandes números de mejicanos cambiaran de bando,
intuyendo que quizás podían preservar su estabilidad económica
gobernando al país por ellos mismos.
El 29 de Marzo de 1821, a las 4 a.m., las tropas al mando de
Santa Ana vencieron a una fuerza insurgente; y los españoles lo
ascendieron a teniente coronel en el sitio. A las 2 p.m., Santa Ana
cambio de equipo; los insurgentes lo ascendieron a Coronel. Su
oportunismo había sido impecable: en semanas, el régimen español en
Méjico se desmoronaría.
El Méjico independiente primero fue un imperio, gobernado por
Agustín Iturbide, otro ex-oficial español. El emperador erró en
promover a Santa Ana a General. Y peor aún, ordenó su remoción del
comando de Veracruz. Entonces el joven brigadier llamó a sus tropas
y empezó a clamar por una república (Santa Ana más tarde admitiría
que entonces no tenía la menor idea de que era una republica). Por
una feliz coincidencia, el emperador, había decepcionado a muchos en
su breve reino y numerosos generales se levantaron en contra de él.
La abdicación no tardó en llegar y otra vez, (y quizás el mismo
percibió esto) el cambio de bando de Santa Ana había provocado un
cambio de mayores dimensiones. Ahora, bajo la nueva república, era
General, su uniforme incrustado de cordones de oro y adornado con
numerosas cruces, medallas y estrellas que había ganado peleando por
y contra la independencia de Méjico y por y en contra del imperio.
La Nueva República no estaba precisamente bendecida con sus
líderes, que a primera vista era una mezcolanza de ideólogos
radicales y aventureros cínicos, y el juicio de la historia es que
Santa Ana era el más efectivo del todo el montón. La república
estaba entonces desgarrándose por interminables pugnas separatistas,
no solo entre grupos y partidos, sino también entre los diferentes
ritos de la Secta Masónica. Santa Ana floreció en esta etapa de
política de entrada y salida: habiendo sido un realista, después un
imperialista y por último un republicano, pronto se convertiría
también en un federalista, un liberal, un centralista, un
conservador y un seguidor de los escoceses y de los yorkistas.
En los 22 años entre 1833 y 1855 Méjico “gozo” de no menos de 36
presidencias, 11 de ellos bajo el mando de Santa Ana. Con los
cambios de poder siendo procesos casi tan sistemáticos como
cualquier elección moderna. Primero un general hacía un llamado a
sus tropas y leía un pronunciamiento: una enfogonada proclamación en
contra del gobierno usualmente llamando por libertad y autonomía.
Después publicaba su programa o “plan”. Y por último los insurgentes
y el gobierno se enfrentaban el uno al otro. En raras ocasiones
peleando. Más frecuentemente, se median mutuamente, hacían una finta
y entonces negociaban. Si las fuerzas del gobierno permanecían
leales, el comandante insurgente se "despronunciaba." Si las fuerzas
del gobierno cambiaban de bando, los insurgentes marchaban hacia
Ciudad de Méjico mientras el presidente reservaba un pasaje hacia el
exterior.
Santa Ana sentía gran pasión por el juego, fuera con cartas o
dados, y la política mejicana era, también, un juego de azar. Y la
recompensa podía ser tremenda. Un teniente comandando unos pocos
soldados andrajosos podía convertirse en General de la noche a la
mañana, un general que cambiaba de partido en el momento oportuno
podía convertirse en ministro de gabinete, y los que no lo hacían,
se encontraban de pronto en el exilio, esperando por el próximo
cambio en sus fortunas. El genio de Santa Ana en este tipo de
política lo llevó a las gobernaturas de Yucatán y Veracruz.
En 1829, los españoles desembarcaron un ejército en Tampico para
reconquistar su colonia perdida. Santa Ana reunió un ejército
confiscando todas las armas en Veracruz y obligando a los
comerciantes locales a que le dieran préstamos. Tomó el mando de
seis barcos y alzó anclas con destino a Tampico. En tres semanas, en
un despliegue de alarde y audacia, le hizo creer a las tropas
españolas que su ejército era más poderoso de lo que en realidad
era, y negocio la rendición, coronándose a si mismo con gloria
escribiendo los edictos oficiales y emergiendo en ellos como el
Héroe de Tampico, siendo condecorado por los diferentes estados
mejicanos con baúles de espadas incrustadas en piedras preciosas.
Santa Ana derrocaría su primer gobierno en forma en 1833,
convirtiéndose en presidente bajo la bandera del liberalismo. En
menos de un año, tras proclamar a Méjico como no listo para la
democracia, gobernó autocráticamente como un centralista.
Uno de los resultados de esta dictadura fue la abolición de la
esclavitud. Texas, entonces un estado mejicano en su mayoría
habitado por inmigrantes estadounidenses dueños de esclavos o
pro-esclavitud, encontró esto intolerable y se rebeló. La respuesta
de Santa Ana fue tan implacable como la de Lincoln en 1861: marchó
al norte para suprimir la rebelión, proclamando que todos los
oponentes hallados apoyando el alzamiento serían pasados por las
armas, afirmando incluso que si los norteamericanos apoyaban la
independencia de Texas, avanzaría hasta ver ondear la bandera
mejicana sobre el capitolio en Washington.
El 26 de Febrero de 1836, Santa ana entró en San Antonio, Tejas,
donde encontró una guarnición rebelde acuartelada en un monasterio
fortificado llamado El Álamo. Santa Ana asedió el fuerte por poco
más de una semana. A las cinco de la tarde del 6 de Marzo de 1836,
las cornetas mejicanas sonaron el degüello, el antiguo llamado
español que significaba muerte a los perdedores. Las tropas
mejicanas se lanzaron por encima de los muros dos veces, y en la
segunda ocasión encontraron a los tejanos encerrados dentro de los
edificios. En cuatro horas el fuerte había sido tomado y todos los
hombres blancos fueron bayoneteados. Santa Ana perdió unos 500
hombres.
Santa Ana peleó como había sido entrenado para hacerlo, como un
oficial colonial luchando brutales guerras coloniales. Desde su
punto de vista, la rebelión en si era un acto de traición. Los
tejanos eran mejicanos rebelándose en contra de la autoridad. Y
además, los tejanos habían peleado de la misma manera. (Por cierto,
el tratamiento que Santa Ana les dio a mujeres, niños y esclavos
tomados como prisioneros en El Álamo fue increíblemente humano, con
la mayoría siendo pasados a través del frente mejicano hacia la zona
controlada por los insurgentes.)
En San Jacinto, comandando un ejército superior, Santa Ana se
encontró con el General Sam Houston y el ejército de 800 hombres de
Tejas. Era una tarde caliente y Santa Ana les ordenó a sus hombres
que tomaran la siesta, esa costumbre sacrosanta de los mejicanos—y
así el Napoleón del Oeste cometió el error de desproteger las
guardias en contra del enemigo.
Houston, que no estaba de ánimos para honrar las costumbres
mejicanas, abrió fuego de artillería en contra de Santa Ana cuando
apenas algunos de sus hombres estaban de pie, gritando “Remember the
Alamo,” “Recuerden El Álamo”, y masacrando cada mejicano sobre los
que pudo poner sus manos. Rápidamente tomando el control de la
situación, el Héroe de Tampico tomó su caballo y cabalgó fuera de
peligro. En menos de una hora los mejicanos habían perdido 400
hombres, tenían 200 heridos, y 730 habían sido hechos prisioneros,
mientras Santa Ana, algunos kilómetros más allá, abandonaba su
caballo, y se cambio el uniforme por unas ropas robadas de una
finca. Una patrulla de Houston lo capturaría más tarde, sin
reconocer su identidad hasta que pasando al lado del lugar donde
tenían arrestados a los soldados mejicanos, estos empezaron a
murmurar el nombre su comandante al reconocer que había sido
capturado.
Santa Ana fue llevado ante Sam Houston donde, según la leyenda,
le dio la señal de urgencia masónica a algunos de los oficiales
tejanos. No esta claro si Houston le dijo, como lo pone la versión
oficial, "Ah, General, tome asiento," o, como dice la versión no
oficial, le dio un más profano y mucho menos amistoso saludo. Sin
embargo, aún en la derrota, Santa Ana podía manejarse muy bien: "El
hombre puede considerarse nacido para el destino excepcional de
haber conquistado al Napoleón del Oeste, y ahora queda en sus manos
ser generoso con los vencidos”.
Houston dictó los términos de la victoria en el sitio, imponiendo
a Santa Ana que ordenara un armisticio, llamara a la retirada de
todas las tropas mejicanas y que todos los prisioneros tejanos
fueron liberados. También lo forzó a firmar el tratado de Velasco,
por el cual Tejas logró su independencia. El tratado aseguraba la
supervivencia del Héroe, pero a cambio del hasta ese día territorio
mejicano.
Dos años más tarde, un ciudadano francés, clamó que su panadería
en Ciudad de Méjico había sido saqueada durante unos disturbios, y
demandó ser compensado por el gobierno mejicano. Los franceses, que
en ese entonces estaban presionando a Méjico por un tratado
comercial, enviaron una flota para cañonear Veracruz. Allí Santa Ana
salió de su desgracia a comandar las defensas de la ciudad con
coraje y elegancia. Los franceses lograron matar varios de los
caballos en los que avanzaba antes que una carga francesa le
destruyera la pierna izquierda de la rodilla para abajo. Pero a
pesar de la perdida del miembro, su honor fue restablecido y en 1839
volvió a la presidencia, derrocando al gobierno otra vez en 1841.
Gobernaría como dictador hasta 1845.
La mayoría de este término de Santa Ana estuvo dedicado a
fomentar el culto a su personalidad y a recuperar sus finazas
personales, su codicia igualando sólo su extravagancia. Para recoger
fondos, aumentó lo impuestos exponencialmente y hasta llegó a vender
bonos a inversionistas extranjeros sobre minas que no existían. En
1842, Santa Ana exhumó los restos de su pierna, los cuales fueron
desfilados por Ciudad de Méjico y colocados en una urna gigante en
una plaza pública. Los buenos tiempos se acabaron cuando había
dilapidado todos los fondos públicos y no pudo pagar el sueldo de
los militares. El nuevo régimen lo sentenciaría al exilio. Pero
Santa Ana regresaría.
Los Estados Unidos se anexaron Tejas en 1845, lo cual los
mejicanos denunciaron como un acto de guerra. Los Estados Unidos
respondieron con un bloqueo a Veracruz (entonces como ahora, también
un acto de guerra) y movilizando tropas al Río Grande. En febrero de
1846, Santa Ana entró en negociaciones con el presidente James Polk,
y le ofreció la paz a cambio de asistencia para volver al poder y
Polk mordió la carnada. El 16 de agosto de 1846, Santa Ana y su
staff desembarcaron en Veracruz, tras serles permitido el paso a
través del bloqueo norteamericano.
Polk entonces aprendería lo que varios políticos mejicanos habían
aprendido antes que él: Santa Ana era un traidor de primera línea.
Al arribar a Veracruz, Santa Ana declaró: “¡Mejicanos! Hubo un día,
y mi corazón se arruga al recordarlo…ustedes me saludaban con el
título de soldado del pueblo. ¡Permítanme tomarlo otra vez, para
nunca abandonarlo, y dedicarme hasta la muerte a la defensa de la
libertad y la independencia de la República!"
Tras la declaración de guerra, Santa Ana tomó el rango de
generalísimo de las Fuerzas Mejicanas. Con informaciones
inteligencia supo que un ejército norteamericano al mando de Zachary
Taylor avanzaría desde el norte y un segundo, comandado por Winfield
Scott, desembarcaría en Veracruz para tomar Ciudad de Méjico. Santa
Ana lidio primero con Taylor en Buena Vista el 22 y 23 de febrero de
1847. Su ataque envolvió la izquierda de Taylor destruyendo tres
regimientos invasores. Taylor se refugiaría en Monterrey, donde se
quedaría por el resto de la guerra.
Habiendo neutralizado a Taylor, Santa Ana se enfocó en Winfield
Scott, que lo destrozó en Cerro Gordo, el 17 y 18 de abril de 1847.
Los mejicanos entonces entraron en negociaciones secretas con Scott,
demandando un millón de dólares para hacer la paz. Scott le dio
$10,000 de inicial y para sorpresa de nadie, Santa Ana lo traicionó,
embolsillándose la plata y creando un nuevo ejército. Enfrentándose
una vez más en Churubusco, Scott empujó a Santa Ana fuera del campo
de batalla y tomó Ciudad de Méjico. Una vez más Santa Ana se fue al
exilio. Cualquier otro hombre, en cualquier otro país, habría estado
feliz de escapar con vida. Pero él regresaría.
Los conservadores tomaron el poder en enero de 1853. Ellos
querían una monarquía gobernada por un príncipe europeo. Pero elegir
tomaría tiempo, y los izquierdistas en el gobierno creían que Santa
Ana podría mantener el orden mientras esto sucedía, y los muy
idiotas lo hicieron presidente el 20 de abril de 1853. ¡Como se debe
haber reído! En meses había dilapidado las arcas públicas,
mayormente en lujos, y vendió el Valle de Mesilla, ahora el Mesilla
Valley—el sur de Arizona y New Mexico—a los Estados Unidos en un
trato que se conoce como el Gadsden Purchase, por $10 millón de
dólares. En 1854, los liberales lo tumbaron y los exiliaron otra
vez.
Por 11 años Santa Ana preparó su regreso. En 1864, cuando los
franceses invadieron Méjico para instalar al Archiduque austriaco
Maximiliano como Emperador, el viejo volvió a casa, proclamándose a
si mismo pro-monarquía. Pero Maximiliano había aprendido de la
experiencia ajena y exilió a Santa Ana casi inmediatamente.
En enero de1865, el secretario de estado norteamericano William
H. Seward, de visita en las indias occidentales, le dio una visita a
Santa Ana en St. Thomas. El envejecido Santa Ana interpretó la
visita como un indicio de apoyo oficial de los Estados Unidos y
buscó la ayuda de algunos consejeros en Washington, de los cuales,
al menos uno, tuvo la certeza de que el veterano podía ser engañado.
Este le envío una carta a Santa Ana, falsificando la firma de
Seward, informándole que la Cámara de Representantes del Congreso
había aprobado un empréstito por $50 millones a Méjico, $30 millones
de los cuales estaban destinados a montar a Santa Ana otra vez en el
poder. Un barco fue alquilado y antes de abandonar la isla, había
pagado $70,000 en efectivo en preparativos. Su nombre, quizás sin
que el mismo se enterara, había sido firmado por más de $250,000 en
pagarés destinados a suministros.
Quizás su primera sospecha de que algo estaba mal la tuvo al
arribar a Nueva York el 12 de mayo de 1866, y encontrar que nadie
del Departamento de Estado estaba allí para recibirlo, y que los
cañones de la bahía no dispararon salvas en su honor, y que la plata
no estaba disponible.
Tras varias demandas y contra demandas en torno al alquiler del
barco, el pago de los pagarés e incluso los términos de la
habitación y mantenimiento del general en Nueva York sus deudas solo
en abogados pronto superaron los $30,000. Por lo que eventualmente,
un sobrino, sospechando que el viejo estaba siendo paseado, le
escribió directamente a Seward y le preguntó si de verdad el
gobierno de los Estados Unidos estaba trabajando en retornar a Santa
Ana al poder. La respuesta de Seward fue un sencillo no. El viejo
bribón había sido superado. El estafador, estafado.
El 22 de marzo de 1867, con la caída de Maximiliano en ciernes,
Santa Ana dejó Nueva York a bordo del barco mercante Virginia y
trató de desembarcar en Veracruz el 7 de junio, pero fue
interceptado por un barco de guerra norteamericano. Cuatro días más
tarde trató por Yucatán, pero fue arrestado, encarcelado, enjuiciado
por un tribunal militar y sentenciado al exilio.
Sin embargo en 1874, lo dejaron volver a casa. No hubo multitudes
cuando puso pies en Veracruz y el tren a Ciudad de Méjico lo llevó
en completo anonimato. Entonces trató de conseguir sueldos caídos
como soldado y que le devolvieran sus propiedades, pero todo le fue
negado. Ese año se celebró el aniversario de la batalla de
Churubusco con desfiles y discursos, pero el hombre que había
comandado las tropas no fue invitado. Con su memoria, su salud y su
vista fallando, murió de diarrea crónica el 21 de junio de 1876.
Una última cosa. Durante su estadía en Staten Island, Santa Ana
contrató a un tal James Adams para que fuera su intérprete y
secretario. Durante las muchas horas que pasaron juntos, Adams notó
el hábito del general de cortar y mascar pequeñas rebanadas de una
planta exótica y desconocida para él—que aunque no precisamente de
buen gusto, era lo suficientemente elástica para agotar las
mandíbulas más persistentes. El general llamaba a la planta chicle y
dejó algunas con Adams antes de su partida. Adams experimentó con
ellas, mezclándola con varios endulzantes y sabores. El resultado
fue salvajemente popular y nunca ha abandonado la boca de los
norteamericanos. El legado innegable del Héroe de Tampico, es la
goma de mascar.
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