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Gustavo Morales

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Ahora dime la buena noticia... |
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En la mañana del 12 de agosto
de 1775, el ballenero groenlandés Herald se las arreglaba para
cruzar el
Atlántico Norte cuando el silencio glacial fue roto por el grito
del vigía. Al frente y al Oeste, por encima de un iceberg podían
verse las puntas de unos mástiles a unos diez kilómetros de
distancia. Lentamente, una
goleta emergió por detrás de la masa de hielo y a través del
telescopio el capitán del Herald pudo constatar que no había señales
de vida. Las velas estaban desechas y todo el barco brillaba
curiosamente bajo el sol, cubierto como estaba de escarcha.
escarcha.
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El capitán ordenó acercarse
y empezó a gritarle a la tripulación de la extraña embarcación,
pero sólo el silencio respondió a su llamado. La goleta siguió
imperturbable su aparente camino sin ruta. "Bajen la lancha,"
ordenó el capitán Warren. "Voy a echar un vistazo."
La tripulación del Herald, como buenos marinos supersticiosos
hasta el tuétano, permanecieron inmóviles. No tenían las más
mínimas intenciones de aventurarse en el barco fantasma, y sólo
cuando el capitán empezó a imprecar madres, los marinos acataron
sus órdenes.
El capitán eligió ocho hombres para que lo
acompañaran, y remando llegaron hasta la proa del barco donde bajo
una capa de hielo podía leerse el nombre de la embarcación,
Octavius. Ninguno había escuchado sobre ella jamás.
Desde el
bote el capitán volvió a llamar a la tripulación, pero entre los
ecos de su propia voz sólo escuchó el crujir de la madera y el
silbar del viento entre las velas deshilachadas. Con cuatro de los
hombres el capitán decidió subir a bordo.
La cubierta estaba tapada por el hielo y no se veía una sola
persona sobre ella. Tras abrirse camino a través del hielo,
decidieron bajar a los camarotes; donde consiguieron a veintiocho
hombres congelados. Cada uno acostado en su litera y cubierto por
capas y capas de cobijas y ropa. El frío había conservado sus
cuerpos en perfecto estado y daba la impresión de que
simplemente dormían la siesta.
En la cabina del capitán, el
espectáculo fue el mismo. Su cuerpo estaba sentado en una silla
frente a su escritorio. Las manos entrelazadas sobre las piernas y
la cabeza tumbada hacia un lado con los labios entreabiertos. En
una cabina detrás de la suya había tres cuerpos más. Una mujer
estaba acostada en una camilla descansando su cabeza sobre el
brazo, los ojos completamente abiertos viendo a un hombre con las
piernas cruzadas sentado en una esquina en el otro lado del
cuarto. En sus manos tenía un
pedernal
y una barra de metal.
Frente a él, un puñado
de aserrín cubierto de escarcha. La muerte lo había vencido
tratando de encender un fuego. Junto a él estaba la chaqueta del
marino. El capitán Warren la levantó y debajo de ella descubrió el
cuerpo de un niño abrazado a un muñeco de trapo.
Los marinos del Herald habían visto más que suficiente y empezaron
a pedirle al capitán que se marcharan. Pero el capitán les
respondió que quería saber más. Bajó al deposito y no encontró ni
un gramo de comida y cuando volvió a cubierta sus hombres estaban
en pánico y le amenazaron con amotinarse. Contra todos sus deseos
Warren tomó la bitácora del Octavius y regresó al
Herald, desde donde pudo ver la goleta perderse sin rumbo en
el horizonte para nunca más volver a saber de ella.
El capitán se retiró a su camarote a leer la bitácora y notó que
faltaban todas las páginas del libro menos la primera y última. El
marinero a quien se lo había encargado había dejado caer el resto
en el mar.
En la primera el capitán del Octavius había
escrito que habían partido de
Inglaterra con rumbo a
China el 10
de septiembre de 1761. Catorce años atrás. La última página tenía
una sola anotación que estaba fechada el 11 de noviembre de 1762.
"Hasta ahora hemos estado atrapados en el hielo por 17 días.
Nuestra posición aproximada es Longitud 160 O, Latitud 75 N. El
fuego finalmente se extinguió ayer y el maestre ha estado tratando
de encenderlo otra vez pero sin mucho éxito. Le ha dado la piedra
a uno de los marinos. El hijo del maestre murió esta mañana y su
esposa dice que ya no siente el frío. El resto de nosotros no
siente lo mismo en esta agonía."
Los ojos del capitán Warren volvieron a las palabras "Longitud 160
O, Latitud 75 N..." El significado era impresionante. En la fecha
de la última nota en la bitácora, el Octavius había
estado atrapado en hielo en el
océano ártico, al norte de
Point Barrow, Alaska. Miles de kilómetros de donde lo habían encontrado
ese día. Un continente de hielo se extiende entre estos dos
puntos.
Lo que el Octavius había hecho era pasar el
legendario Paso del Noroeste. Por cientos de años se había buscado
una ruta más corta entre el Atlántico y el Pacífico para llevar a
cabo el intercambio comercial entre Asia y Europa. El Paso del
Noroeste era un sueño para las potencias europeas de eliminar el
largo viaje alrededor de la punta de Suramérica.
Aparentemente, el capitán del Octavius también había decidido
encontrar el paso en vez de volver a casa alrededor de Suramérica.
Pero como muchos otros antes que él, lo único que encontró fue la
muerte.
Pero el Octavius había logrado el objetivo por si
mismo. Año tras año había permanecido a flote, y sin nadie
atendiendo el timón se había deslizado lentamente hacia el Este,
aguantando la furia de los elementos hasta que finalmente llegó al
Atlántico Norte. No fue sino hasta 1906 -ciento treinta y seis
años más tarde- cuando otro barco, el
Gjoa, comandado por
el explorador noruego
Roald Amundsen, logró cruzar el Paso del
Noroeste.
Pero el Octavius había sido el primero, aunque su capitán
y tripulantes hubiesen estado congelados por más de trece años.
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