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Millares de críticos literarios con ganas de escribir trabajos de
ascenso usaron la imagen del cuento y el círculo para cometer toda
clase de desmanes que ni Cortázar ni Euclides habrían justificado.
Pero yo soy un tipo aplicado hasta en las tareas más inútiles y no
me queda más remedio que seguir el hilo con un descenso después de
la acción. Demasiada acción y tu cuento es una cagada. Así que
prendimos la radio a la espera de las noticias criminis que nos
catapultarían a la fama. Hay momentos en que necesitas un descanso.
Momentos de sentirte a solas con el culito y Tro-pi-cal la única
cerveza hecha a base de granos 100% nacionales creo que decía la
cuña en la radio en un lugar indeterminado de la cola. La fábula de
los cinco elefantes en el escarabajo (linda imagen sólo posible en
español) se revelaba una farsa de exageración en una camioneta mucho
más grande con tipos mucho más pequeños. Miré a mi alrededor la
sucesión de caras de fastidio que presagiaban explicaciones y planes
de evacuación. “La llave del secuestro”, recuerdo que decía el
manual para las fuerzas liberadoras de Cuyagua, “consiste en un
efectivo plan de movilización y despliegue operativo”. Estos son los
momentos en que soy, yo y todo mi equipo, un montón de seres humanos
débiles e indefensos, sometidos por igual a las fuerzas del mercado
y de la liberación. Pero sobre todo de la cola. Las colas tienen un
efecto introvertido en las personas que las sufren. La cola
convierte a tu vehículo, que se supone fue hecho para moverse libre
e indómito, en un complejo habitacional de metal y plástico y
cauchos. No queríamos hablar con ninguno de nosotros, no queríamos
saber nada de Núñez y problemas no había porque lo habíamos
amordazado. Solo queríamos salir hacia un futuro negro de velocidad
sin fin. Así que cambiamos el dial para escuchar interminablemente
la misma cuña en 8 emisoras dispersas. Después de 3 horas nos
habíamos movido 78 metros. En el metro 91 escuchamos con una mezcla
de sorpresa y aturdimiento la voz de Núñez, el escritor.
“¿...y qué planes tienes para tu próximo libro?” preguntaba el super-dj Antóni Marchal con su voz de adolescente perpetuo. “Mi
próximo libro será una biografía en clave de prosa del amante de
Piar” respondió Núñez con su acostumbrado acento de Valle Arriba.
“Ya lo saben, amigos, nunca es tarde para leer tu primer libro, y
más si es con Chupex, el único chupi-chupi con protección anticaries
y freshenol, para que chupes y chupes con tu sonrisa perfecta”. Hace
tiempo que no escuchaba nada sobre el asunto Piar. Todo comenzó con
la súbita aparición de un manuscrito con referencias tangenciales a
las cartas amorosas de Simón Bolívar, publicados por medio de la
Fundación Simón Bolívar para la promoción de la cultura bolivariana
del Concejo Legislativo del Distrito Bolivariano José “Tocayo”
Rodríguez, que era, a decir de muchos expertos, el hecho
literario-histórico-farandulero más importante de la década pasada.
La desorganización de la Biblioteca Nacional había producido un
documento probablemente fantástico pero aun así ciertamente
recreativo sobre posibles relaciones de carácter amoroso entre
varios próceres. Aún cuando no se le señalaba con su nombre todo
hacía creer, para el que lo leyera, que la verdadera razón de la
enemistad y posterior condena a muerte de Piar a manos de un locuaz
y no siempre aguerrido Longanizo, no era sino la peleada existencia
(y compañía) de un esclavo de portentosa fuerza física y exquisitos
masajes en la espalda. El debate nacional alrededor de una liberada
bisexualidad como componente fundamental del proceso independentista
fue el festín de cuanta organización de siquiatras quedara en pie.
La falsificación del documento y su correspondiente robo en las
bóvedas del Banco Central sólo había dejado prendida una mecha más
para todas las mesas de discusión por los siglos de los siglos.
Nunca se sabría la verdad, pero un nuevo tema fecundo estaba allí. Y
Núñez, con su proverbial apertura a las nuevas tendencias no sería
el último en usarlo.
Núñez pareció recibir una descarga de energía radiofónica.
Escuchar su propia voz, grabada desde la semana en el centro de
convenciones internacionales La Esmeralda, no hacía sino recordarle
su lugar en este mundo. Sentía como los premios literarios pasados y
presentes y futuros le daban una fuerza física especial y, además,
un argumento extra para su próximo libro. Así que intentó decir algo.
“Mmmfmmfm”
¿Qué dices Núñez, qué dices? Creo que dijo el más divertido de los
nuestros. Y todos nos reímos con la fuerza del que sabe que no hay
nada mejor que una cola con diversión incorporada. No importa qué
digas Núñez, no importa. Porque ya has hablado en millones de
conferencias y has hecho pasta al curry en el programa de Gino Lambino, el cocinero más fino. Todo lo que queremos de ti es que nos
dejes en paz por un rato. Pienso que creo que voy a decir. Pero no.
Todos nos miramos, hablando el lenguaje del que sabe que no hay nada
que decir. “El prisionero debe sentir la inminencia del castigo
físico como única continuación a un estado de posible rebeldía”
decía en tono educativo el manual (y que viva Cuyagua libre). Con
una sonrisa que tenía algo de operático y mucho de criminal
comenzaría a continuación la operación Arlanda. Tengo que hacer aquí
un paréntesis, y tomar un tonito pedagógico. Supongo que es otra de
las cosas que uno aprende en un curso de Introducción a la Narrativa.
Cualquiera sabe en estos días qué es y de qué se trata el Síndrome
de Estocolmo. Sí por supuesto, la relación filial que se crea entre
el rehén y sus captores. Pero a ese estado deseable no se llega así
como así, se requiere una sucesión de estímulos apropiados y mucho
palo y zanahoria. La manera más rápida y cómoda de llegar a
Estocolmo, desde Frankfurt o París es vía Arlanda. Aeropuerto
pequeño pero elegante y limpio desde donde tomas un tren y en menos
de 30 minutos estas allí. Qué lindo Estocolmo. Siempre y según el
manual, repetimos unas cuantas referencias cruzadas a; desfiguración,
pago de rescate, barranco en llamas, anestesia, chistes de gallegos,
torta de manzana, sulfuro de azufre, chistes de irlandeses,
castración express y sopa de cebolla. Y ya estás en Arlanda. Me
gustaría decir más pero el manual esta allí, búsquelo y vea. Núñez
estaba comenzando a hiperventilar, cosa típica en personas de bajo
riesgo y el “Mmmfm” se había transfigurado en un silencio encantador.
Así sí provoca viajar. “Están repavimentando” dijo el más cobarde de
los nuestros. Siempre supimos que era un pusilánime. Pero tenía
camioneta y eso convertía su condición en la más respetable
convicción del que ya no quiere jugar. De cualquier modo nadie llega
cerro arriba con carro propio, eso trae mala suerte, y la cola
seguiría un buen trecho más. Decidimos bajar y tomar un por puesto.
Atar a Núñez no era ningún problema, convertido como estaba en
cachorro con premios literarios.
Hay algo que me encanta de los buses de mi ciudad, tienen vidrios
ahumados y están decorados: En la parte de atrás una obra de arte
armoniza la ciudad “Por Lilvis y Mis hijas”. Buena pregunta es saber
si son hijas de Lilvis también. En cualquier caso el chofer, que
quizás ni siquiera conoce a Lilvis y mucho menos a sus hijas no
repara mucho en nuestro amigo amarrado como un burro en la puerta,
tal y como decía una canción. Bastantes cosas ha visto un chofer de
autobús, créanme como para dejarse impresionar por cualquier banda
de forajidos posmodernos con ínfulas de rebeldes. Me refiero a la
banda de estudiantes de bachillerato que pistola en mano querían
hacer efectivo su derecho in-alien-able al pasaje estudiantil. Y
cuando un chofer de autobús, que bastante tiene con transitar un
paisaje lunar por los cráteres, venusino por el calor y marciano por
el polvo, le exigen un derecho inalienable, ¿qué demonios le puede
interesar un rehén más un rehén menos? Díganme ustedes. Esto último
lo digo a los efectos de los puristas de la literatura que exigen un
mínimo de credibilidad en la narrativa. Que cómo van a creer que
salimos de la camioneta en medio de una cola infernal por la re-re-repavimentación
“transitoria” de una avenida a las 3:45 de la tarde para tomar un
carrito por puesto con un rehén con una venda mal puesta en los ojos.
A esas personas les diré que primero paguen su pasaje y después se
vayan al fondo, que allá hay espacio.
Decía hace no mucho que una consecuencia de las colas es el
efecto de introversión perceptiva. En principio los automóviles,
carros por puesto, taxis y demás están diseñados con vidrios que
permiten ver el exterior. Los ingenieros responsables de estas
máquinas realmente creen que serán utilizados en los espacios
indómitos de reserva forestal de la propaganda respectiva. Se nota
que nunca han estado en una cola. Esto no importa mucho porque al
fin y al cabo para eso existe la “reingeniería”. La reingeniería de
los autobuses de mi ciudad incluye estampitas al Niño Dios, otra a
la Virgen María, un silla de chofer con una alfombra hecha de
bolitas de madera, un ventilador sonoro, un equipo de sonido,
mensajes como “te deseo el doble de lo que tú me deseas” y sillas
autografiadas con mensajes como “cojo culo”. Recuerdo haber estado
en conferencias donde se habla del kitsch y demás palabras
germánicas al respecto de la decoración de los autobuses. Nada de
esto, el autobús tiene un espacio interno propio que lo aisla del
mundo exterior, es un museo ambulante que nos hace ver lo vano de
las cosas humanas y la necesidad de disfrutar del viaje a motor como
un “viaje interior”. La persona que se monta en el carrito y la
persona que se baja de él no son la misma persona. La persona que se
monta en el autobús quiere llegar a algún lado, la persona del
autobús está en algún lugar. La persona que se baja estuvo en algún
lugar profano y sagrado y por eso no importa la parada. Y si no me
creen lean a Kerouac. Mejor no lo lean que tengo algo que decir al
respecto, pero más adelante, después del jeep. Y una cosa, nunca
pero nunca le digan a un jeepcero que su amortiguación suena mucho.
Yo cometí ese error y me arrepiento, Núñez también lo cometerá si lo
dejáramos a su libre albedrío. Por eso se queda callado y amordazado,
sus gemidos suenan como un eco de la amortiguación. Subir un cerro
es como subir a la Luna, todo silencio y motor. Es paradójico pero
la ciudad se deshace en un murmullo de motor de jeep. No más
semáforos, no más gritos. Es la vuelta a la naturaleza. Págale al
señor y dile en la próxima loma, Voltaire, que aquí estamos los
salvajes buenos. La casa de bahareque sintético estaba cerrada con
candado. El candado crujió al ser abierto desde adentro por las
manos hábiles y cicatrizadas del Ché Espinoza.
El Che Espinoza era y no era argentino, imbuido de un aura
austral que ni los viajes ni los libros podrían erradicar. El Che
Espinoza, revolucionario surrealista sin pedigrí, había conocido a
todos y cada uno de los responsables de la movida literaria
sudamericana. Después de una fallida partida de panajedrez su locura
sagrada se volcó a la busca de la droga perfecta, mientras sus
coetáneos se morían por escribir el cuento perfecto. El cuento nunca
se hizo o se hizo pero se perdió, la droga perfecta sin embargo
estuvo siempre dentro del Che Espinoza, quien logró encontrarse
consigo mismo de una manera zen después de un viaje alucinante
cabalgado por un mate cuyo secreto nunca se sabría correctamente. El
secreto de las propiedades ultraterrestiales de una yerba tan
digerible lo había llevado de pueblo en pueblo, como comerciante de
placeres y relator de historias autocontenidas. En los salares de
Bolivia, donde se supone él había tenido una de sus tantas epifanías
ocultistas, pudo observar el Che Espinoza que las propiedades
simplemente carnales de la bombilla y un matraz con restos de una
sustancia parda y ligeramente nauseabunda no servían para poco más
que desarrollar un compuesto que lo convertiría en otro más de los
caudillos de manos polvorosas que existían en la región. El Che
Espinoza fue perseguido por innumerables agentes de caras serias y
distribuidores al detal de polvillos mágicos que buscaban el secreto
de la inmortalidad temporal. Un día la loma más alta del barrio más
abandonado fue testigo de la construcción de otra casa simple de
suelo de polvo y techo de metal. Todo hacía pensar que había llegado
a nuestras latitudes para predecir el futuro, adorar santos y vender
salvaciones. El Che Espinoza se escudaba, sin embargo, detrás de una
imagen de predicador de religión extinta para poder dedicarse al
estudio de las cosas no sabidas. No era simplemente un brujo, sino
un destacado pensador cuyas teorías y elucubraciones se podrían
resumir como patafísicas liberales. Coleccionador de palabras
vigorizantes, había dado con que el concepto de Narrativa era en el
mejor de los casos una fachada detrás de la que se escondía la falta
de originalidad y el cansancio de las palabras. La Lavativa, era a
decir del Che Espinoza, la única alternativa válida para salvar una
literatura hecha de comienzos melancólicos y desechos de papel. La
Lavativa como la vuelta a la infancia después de una temporada en el
asilo de ancianos. Como tantos antes de mí, yo pensé que la pobreza
del Che Espinoza era una prueba de su fracaso intelectual ya que su
nombre no coronaba ninguna biblioteca pública. Mi opinión cambió
cuando el Che Espinoza señaló a la Teta de la montaña e hizo un
comentario erudito sobre la necesidad de cubrir una desnudez verde y
amarilla con un sostén apropiado. Escuchar semejantes inquietudes me
inspiraron un poco de lástima hasta que los helicópteros de Christo
y los autobuses privados de Jean-Claude trajeron la tela más grande
jamás hecha por el hombre y durante unos días tuvo toda la ciudad el
misterioso encanto de un vendedor de pantaletas cuando hace efectiva
su primera venta. Supe que algo proteico se escondía detrás de ese
mate de olor sulfurante. Abandoné mis prejuicios y mis intentos de
relatos sin sentido y me dediqué con furor a la Lavativa. El Che
Espinoza se convirtió de repente en mi sacerdote de bolsillo. Una
mención críptica a una orgía de "On the Road" me hizo conseguir el
libro en un mercado debajo de algún puente y leí las referencias a
Venezuela. Y supe por qué el Che Espinoza había llegado aquí.
Introducción a la Lavativa: Tercera Parte - en la edición de
Abril.
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