Wikipedia: La enciclopedia libre

Año 2

N° 13

 



 

Buen Escritor, Pésimo Mensajero

Sebastián Robinson Venezuela

"Time Enough and Tides" Frank Hettick - 2002

Por décimo primera vez le saque punta a un lápiz mientras veía con ojos vidriosos el pedazo de papel que tenía frente a mí. No era fácil. Inspirarse, quiero decir. Había pensado en la historia por primera vez mientras me bamboleaba en el tren camino al trabajo, y para recordarla la escribí en la bolsa de papel que contenía mi desayuno. Iba parado, con un maletín en una mano y el desayuno en la otra. Pero como pude saqué mi pluma del bolsillo de la chaqueta y escribí palabras que me guiasen más tarde a la idea que ahora tenía en la cabeza.

Pero cuando la leí en la oficina no pude entender lo que había escrito. Y mientras más leía el papel manchado de café, más extrañas y ajenas me parecían las palabras.

Raúl. Odio. 23. Cuchillo. Donde siempre. Debajo de la luna.

Era como si alguien más lo hubiese escrito y lo estuviese leyendo por primera vez.

Pero sabía que no era de otro. Se me había ocurrido hacía apenas un par de horas. En el tren. Era sobre algo que había soñado minutos antes de despertarme. Un sueño que sólo después de ducharme me di cuenta no era real. Algo desagradable cuyo recuerdo había ahogado en la bañera y que ahora, con una docena de lápices afilados en mano, daría cualquier cosa por recordar.

Mientras esperaba, abrí la autobiografía que guardaba en la computadora. Un documento de 300 páginas que llevaba a ninguna parte, lleno de historias que no eran interesantes ni para mí mismo. Cosas que nunca le había dicho a nadie, y que me hacían sonrojarme cuando las leía después de algún tiempo, por lo que había pensado en destruirla antes que alguien pudiera leerlas.

Como vivía sólo esto era imposible. Pero ¿que pasaría si moría? Si un día (¡inclusive en este mismo momento!) sentía ese pie de elefante que había leído en alguna parte aplastándome el pecho. Cortándome la respiración y apachurrándome el corazón como un tomate. Entonces sería imposible detenerlo. Y desde donde quiera que fuese después de morir, vería gente leyendo mi diario como un periódico. No podía suceder. Por otro lado, quizás mi casero vendería la computadora al primero que le ofreciera dos pesos y todas las largas noches de tipeo serían borradas por su nuevo dueño con sólo apretar una tecla.

Pensando en esto volví a ver los lápices. Ridículo. Siempre había afilado lápices para inspirarme. Lentamente. Pero pocas veces funcionaba. Además, nunca los utilizaba. Una vez traté de escribir algo y antes que de la computadora se encendiera el pánico me hizo tomar un lápiz y escribirlo en papel. El manuscrito había sido de mi satisfacción y más tarde lo pasaría a la computadora. Las ideas habían fluido del corazón, al cerebro y de allí a mi mano en perfecta sincronía, nunca vomitando más de lo que podía escribir sin que me doliera la muñeca por la falta de costumbre.

Pero la experiencia no volvió a repetirse. Estaba adicto al teclado. Y no por nada. Escribir en una computadora es como viajar en tren. A mano, gateando. Pero en momentos como este me daba cuenta de que escribir no tenía nada que ver con el método, y que si no había nada que decir, no importaba si se tenía una secretaria tomando dictado. Era inútil. Los lápices estaban de más. Pero solo en caso de que sucediese lo del otro día, solo por si acaso, los mantenía afilados al lado de una resma de papel.

Entonces recordé algo y empecé a jugar con mi memoria. La historia estaba basada en un sueño. No era el sueño mismo. Sólo estaba basada en él. El sueño era acerca de mi mismo, y así lo anoté inmediatamente en mi computadora. Eso era el 23.

> Soñé acerca de mi mismo…

Siempre utilizaba la edad como referencia en mis notas. Cuando era viejo sólo escribía viejo, pero a veces cuando despertaba y sabía exactamente que edad tenía, entonces escribía el número.

Leyendo la pantalla cerré los ojos con los dedos sobre el teclado, esperando que viniera más. ¿Que había estado haciendo? ¿Dónde estaba? Me interrogué a mi mismo…y de repente una pista. ¡El Mar!

Había estado en el mar. Una playa con la que soñaba abundantemente. Nunca había estado allí, pero el sitio se repetía una y otra vez como un recuerdo. Siempre nocturna llena de cercanas y brillantes estrellitas que hacían de la noche más como un atardecer, reflejándose en un mar cristalino, azul como una piscina, vibrando a la luz de mil lunas colgando del cielo como lamparitas.

Mordí el borrador del lápiz. Le arranqué la goma de borrar y empezó a masticarla como si fuera un chicle. ¿Que más? ¿Que más? Repetí una y otra vez conteniendo la respiración.

Ideas iban y venían, pero ninguna tenía que ver lo que yo buscaba. Teñía que pagar el recibo de la luz. Este mes había sido altísimo por el invierno crudo de hacía un par de meses. ¿Que más? ¿Que más? También tenía que renovar el pasaporte. El viejo se estaba deshaciendo. Estaba inservible. Todavía le quedaban algunas páginas, pero la cubierta estaba arrugada y el sello se estaba pelando. Su foto era tan vieja que en los últimos viajes me habían dejado pasar inmigración de milagro. ¿Que más? ¡Dios! ¿Que más? Traté de bloquear cualquier pensamiento que no tuviera que ver con el sueño, de la misma manera que lo había hecho esa mañana con el sueño mismo cuando tras despertarme bañado en sudor, traté de calmarme para evitar que el corazón se me saliera por la boca.

Pero los pensamientos seguían infiltrándose. La época de impuestos sería pronto, dos semanas de ropa sucia necesitaban su atención (estaba quedándose sin ropa interior), Tony Golden tenía una fiesta el día del SuperBowl y lo había invitado, la guerra en el medio oriente seguía su curso… ¡Dios mío! ¿Qué más? Me puse de pie.

Molesto caminé hasta el fondo de la habitación y pegué la cabeza de la pared. Concéntrate, coño, Concéntrate. OK…estaba en una playa…y…y…y…hablé con un hombre. Corrí a la computadora y escribí sin sentarme.

> Soñé acerca de mi mismo…estaba en la playa. Hablé con un hombre.

Ummm. ¿Qué más? Y él…y él…y él…éllllll, hizo algo. ¿Por qué me había levantado tan exaltado? Cuando abrí los ojos apenas podía mantener el ritmo de la respiración con el del corazón. ¿Una Pesadilla? Me deje caer sobre la butaca.

> Soñé acerca de mi mismo…estaba en la playa. Hablé con un hombre. Era una pesadilla, ¿Por qué?

Entonces golpeé una veta. El hombre me había acuchillado. Me-ha-bía-a-cu-chi-lla-do, repetí lentamente varias veces. Pero eso no era una historia. Washington independizó Norteamérica, pero eso es sólo el resultado de la historia. ¿Cuál era mi historia? Me habían acuchillado: Conclusión. ¿Historia? Mmmmm. Descansé mi cabeza sobre las palmas de mis manos, mis codos sobre el escritorio. Fijé la vista en ninguna parte.

Alguien me había acuchillado y por eso me había levantado más temprano que de costumbre, mucho antes que sonara la alarma. Recordaba la presión de la punta del cuchillo sobre mi vientre, un poco a la derecha del ombligo. Tentando sobre su camisa, y entonces, de un solo empujón el metal, menos frío de lo que esperaba, rompió la tela y se hizo camino dentro de mi. ¿Cómo demonios sabía como se sentía eso? Era tan real. Podía oler la mierda brotándome de la herida mientras la punta del cuchillo iba partiendo mis tejidos, uno por uno, sólo con la parte afilada que en este caso era la de abajo. Dermis, epidermis, músculo, y mientras tanto, esos ojos, viéndome en la penumbra. Sonriendo.

> Soñé acerca de mi mismo…estaba en la playa. Hablé con un hombre. Era una pesadilla. ¿Por qué? Alguien me acuchillo y desperté.
> ¿Habían robado la casa? > ¿Cuál casa? > ¿Descubrí al ladrón y me apuñaló?

No. Esa no era la historia. La herida me dolía como si de verdad me la hubiesen infligido causándome nauseas. Me pasé la mano por el vientre, un poco a la derecha del ombligo. La historia estaba en el porque, y no estaba seguro que el porque era que había sido robado. Pero la razón se negaba a salir. En algún momento la había sabido. Recordaba haber recordado la razón apenas horas en el pasado. Pero el sueño como un pez, me esquivaba con desconfianza. Sentía que a veces el pez mordía, pero se soltaba, huyendo hacia el inmenso océano que tenía en la cabeza. Imposible de recuperarlo, por lo menos no el mismo pez.

Los malditos impuestos y la lavandería volvieron a mi cabeza. Mi mujer siempre había hecho la lavandería, pero desde que se marchó nunca parecía encontrar tiempo para hacerla. Parecía tan fácil. No lo era. ¿Que estará haciendo? Dios mío, ¿Que más?

Enterré la colilla de un cigarrillo en una servilleta y la tiré en la papelera. Un amigo me había dicho que para fumar menos botara todos los ceniceros. No había funcionado. La nausea volvió repentinamente, pero la contuve. ¿No era eso lo que había que hacer con las nauseas? ¿Aguantarlas? Evitar que alguien se diera cuenta de que habían existido. Pero ahora estaba solo. Extraño que aún así sintiera ganas de ocultarlas.

Me tiré en la cama, boca abajo, cabeza enterrada en la almohada. Traté de revivir esa mañana. ¿Qué había soñado? Si recordaba que había soñado entonces recordaría la historia que había pensado basada en este sueño. Pero sólo recordaba como la había olvidado. ¿Porque los sueños tienen que auto-destruirse tan rápidamente? Como tratando de evitar convertirse en memoria. Como si no estuviesen supuestos a ser contados. Como si fuese un error que llegásemos a saber de ellos del todo.  

Tendría que volver a mi vieja costumbre de tener una libretita y una lámpara junto a la cama, donde podía anotar mis sueños apenas me levantaba. Mañana lo haría, pensé. Libretita y pluma en la mesita de noche. Esto no me vuelve a pasar. Entonces recordé la cuenta de la luz y a mi mujer. Se había marchado como a esa hora hacía dos semanas. Ella o mis estúpidos sueños, me había preguntado. No respondí. Un día de estos te llamo, le dije. Nunca sucedió. Agarre un lápiz y un pedazo de papel del escritorio.

> Mañana, teléfono, amor, ropa sucia.

El mensaje era claro y sin ninguna duda me recordaría de hacerlo. Llamarla, digo. Antes me había dejado notas de este tipo pero siempre parecían cambiar de sentido con el tiempo, perdiendo cualquier significado. Pero ahora el mensaje era completamente claro. Tendría que ser estúpido para no entenderlo.

 

Dinos tu opinión escribiendo a colaboradores@elnuevocojo.com

 


© Copyright 2003-2004  El Nuevo Cojo Ilustrado Media Llc. Todos los derechos reservados. Este material no puede ser publicado, transmitido, reescrito o redistribuido sin el consentimiento del autor.

 


¿Y tú que escuchas?
Conéctate YA

www.lobotoradio.com

 

 

Visita la Sección de Poesía

 

Mensaje a los
subscriptores que
se han quejado de
no recibirnos:
Déjen
la lloradera, please, esto
se resuelve facilito.
Si eres tan avaro como
para todavía ser usuario
de
Hotmail, Yahoo o
cualquier otro servicio
grátis de e-mail
recuerda incluirnos en
tu lista de direcciones
para que cada número
del Nuevo Cojo te
llegue a tu Inbox y no
seamos tratados como
Spam. Estos servicios
tratan cualquier cosa
fuera de tu lista como
basura, y aunque no
garantizamos que esto
no sea verdad, si
quieres leernos ház
como decimos, no como
hacemos. El Editor.