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No Lleves
tu Cuerpo a la Fiesta
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Todos
están invitados
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Mario Bahamón
Dussán

“¿Te gustaría asistir a una
fiesta sin tener que ir vestido, ni llevar tu cuerpo ni dinero?” Decía la
valla, en la curva, sobre la autopista. No obstante la velocidad de su
automóvil alcanzó a leer la dirección donde daban las indicaciones. Como
la curiosidad pica más que el chili mejicano, algunas personas llegaban
buscando una aventura. Allí les ayudaban a sacar de su cuerpo el espíritu
para poder asistir a la fiesta.
Cuando él terminó las sesiones, que
duraban nueve noches seguidas, y pudo sacar de su cuerpo el espíritu,
partió para la fiesta, dejando el cuerpo guardado en un lugar seguro,
tranquilo y aislado.
Cuando llega, la fiesta ha comenzado. Todos llevan antifaz. El bullicio
impregna el ambiente de alegría y la música alcanza para todos los gustos.
La luz difusa deja reconocer apenas la silueta de los participantes, como
sombras que sin drogas o licor se divierten exageradamente, liberados de
prejuicios, limitaciones, ocupaciones y ataduras. Casi todos están
bailando. Algunos bailan solos; otros, en pareja.
Invita a bailar a una mujer que está sola, como él, recién llegada a la
fiesta.
Bailar siendo un espíritu, sin tocar el piso, cualquiera lo puede
hacer; pero ella además de moverse muy sabroso, colgada del cuello, baila
tiernamente. Y así varias noches se entrelazan bailando hasta el amanecer.
Nadie debe hablar, decir el nombre, dar direcciones. Al desnudar su
identidad se perdería el sortilegio y el espíritu saldría de la fiesta
para nunca más poder volver. Pero las personas tratan de saber quiénes
son, de dónde vienen y su estado civil. Pues a la fiesta asisten casados,
separados, divorciados, hombres y mujeres de los rincones más alejados del
mundo. Tampoco se puede hacer nada más que bailar. Suficiente para que
todos se encuentren muy a gusto.
Pero una noche al mencionar que ella dormía en el número 606, de la
Calle Central, de una ciudad muy fría, capital de un país latinoamericano,
desapareció de la fiesta.
Y como no volvió más a la fiesta, decidió descubrir la identidad de la
mujer que había sido su pareja.
Cuando llega al lugar donde ella había dicho que dormía, la sorpresa
sacudió su alma, llenándolo de tristeza; pues en Santa fe de Bogotá no
existía ninguna Calle Central, sino Cementerio Central, y el número
correspondía a una tumba con flores recientes. Permaneció en silencio,
maldiciendo su suerte ahora que estaba enamorado. Todo terminaba en esa
tumba con flores recientes que no dejaba de mirar asombrado. Permaneció en
silencio meditando que en esa parte de su vida todo había sido muy
extraño, desde el momento mismo en que pudo sacar de su cuerpo el
espíritu.
Depositaba sobre la tumba un beso de despedida, cuando sintió a sus
espaldas una presencia extraña. Al voltearse se encontró ante una mujer
muy bella.
Ambos, sin antifaz, al fin pudieron verse.
¡Eres hermosa! le dijo.
Pero es una lástima que yo esté muerta, ¿verdad?
Moría la tarde. Las primeras sombras de la noche empujaban los restos
del día, mientras un viento frío hacía rodar las hojas en medio de las
tumbas y las últimas personas salían del cementerio caminando lentamente,
cabizbajas, hablando casi nada.
¡Qué coincidencia! –exclamó él. Yo también estoy muerto, pues me maté
en la curva donde está la valla sobre la autopista.
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