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El
Cómplice
Si diviso una nube, debo
emprender el vuelo. Si una mujer se acuesta, yo me acuesto con ella.
Oliverio Girondo
Agustín Díaz

Me tenía sin cuidado el veredicto de
los tribunales, para mí estaba todo claro.
| Carlos era de esas personas que
detestan usar el teléfono, por eso me causó extrañeza que él llamara
aquella madrugada. Me preguntó si podía llevar mi camioneta al día
siguiente al aeropuerto, a las cuatro de la tarde, y que nos viéramos en
la zona donde arriban los pasajeros.
Al principio, como estaba medio
dormido, no reconocí su voz y no respondí de inmediato, estaba confundido
entre el sueño y la pregunta, por eso él me gritó: ¡despiértate coño!, ¿me
escuchaste? ¡¿Puedes?! Fue entonces cuando lo reconocí y recuerdo que le
contesté con desinterés que sí iría, que bueno, y cuando le pregunté
todavía dormido, pero qué hora es hermano, colgó el teléfono ahogando un
apresurado: graciasteladebo... |
Cuando faltaba un par de días para que publicaran el expediente y
emitieran el fallo del juicio, me envolvió un extraño temor, porque me di
cuenta que calzar dentro del miedo era absurdo y eso era consistente con
todo el cuento en el que estaba envuelto. Entonces comencé a considerar un
desenlace lógico que siguiera la secuencia de todos los hechos. Así
comprendí que todo acabaría, absurdamente, con un fallo en mi contra. Y
ahora, haciendo el resumen, está claro que todas las horas desde aquella
madrugada hasta hoy han sido rigurosamente absurdas. Si alguien controlara
la consistencia de las historias, ésta soportaría cualquier interpelación,
ya que nada pudo ser más absurdo que la primera escena de aquel día,
cuando Adela se puso la toalla sanitaria y, como se había desvelado por la
llamada de Carlos, se la colocó con el lado engomado hacia ella.
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Carlos me comentó muchas veces que
quería hacer el amor a toda prisa y pausadamente. Yo hace tiempo que me
había resignado a escucharlo sin entender sus acertijos y generalmente le
decía que sí a todo sin escucharlo, con cara de complicidad, o contestaba
con una suspicacia instintiva que complementaba su idea extravagante, pero
a veces no tenía ni idea de lo que hablaba. Sin embargo éramos amigos,
además no entiendo por qué está empeñado en probar que yo tenía razones
para verlo muerto. Supongo que es la primera etapa de su trabajo; y mire,
tampoco creo que no haberlo entendido mucho pueda considerarse una
traición; muchas personas se comunican a medias y hasta se casan...
¿Cómo? ¿No me escucha? Sólo pude
enterarme del asunto al día siguiente, cuando lo encontré en el
aeropuerto. Carlos venía como siempre silbando ese bolerito que no
recuerdo bien, tranquilo, sabe... ¿qué?, usted no entiende... éramos
amigos y ya le dije que no sabía para que me había llamado. Le explico:
apenas nos topamos en el pasillo del aeropuerto, sin decir palabra, él me
tomó del hombro e hizo que me volteara para observar a los pasajeros que
comenzaban a salir. Entonces vi como se aproximaba esa mujer hacia
nosotros, muy risueña, ¿cómo? Pero para qué quiere que se la describa de
nuevo..., está bien, ella era morena, de ojos verdes, como un metro
setenta de altura, la verdad es que era un monumento, y se lo vuelvo a
decir, antes de que me lo pregunte otra vez: no había visto nunca a esa
mujer, NO la-ha-bía-vis-to-nun-ca, está claro. Además la detallé por
encimita porque todo sucedió muy rápido. Camino al carro me enteré que
ella estaba haciendo una escala de poco tiempo y que luego volvería al
avión... Sí, sí, tenía varias referencias de ella por boca de Carlos, pero
le aseguro que nunca me imaginé que aquella mujer estuviera tan buena...
¿Celoso?, mire SEÑOR, mejor borre eso de la declaración, no vaya a ser que
lo tomen a mal...
El favor era que yo manejara, sí, sí, no tenían tiempo para ir a un
hotel, y debían hacerlo mientras yo conducía... ¿cómo que qué?, el amor,
qué más pues, ya le dije que por eso estaban desnudos en la parte de atrás
de la camioneta. ¿Qué por qué iba tan rápido? Quizás no me crea, pero
podemos bajar al carro para que vea en la maleta el caucho desinflado.
Cuando llegamos al estacionamiento me di cuenta que algún ocioso me había
desinflado un caucho. Por eso perdimos tiempo cambiando el caucho y
entonces tuve que recorrer a toda prisa la circunvalación que rodea el
aeropuerto, de lo contrario la mujer perdería su vuelo. En fin, el caucho
primero, el tráfico para salir del estacionamiento, usted comprende, iba
rápido porque el tiempo...
Recuerdo que cuando me puse a cambiar el caucho con tranquilidad,
Carlos se desesperó y me quitó el gato de las manos mientras me decía:
¡Coño, sólo tenemos 20 minutos para tirar mientras das vuelta por la
autopista! Yo pensé que era una broma, pero como me lo dijo tan serio y se
puso a cambiar el caucho el mismo le creí... ¿La mujer?, bueno, ella lo
único que hizo fue reírse todo el tiempo. Así son las extranjeras. Estoy
seguro que en su casa nunca creerán la vaina que venía a hacer...
Cuando subimos al carro, ellos ni siquiera esperaron a que pagara el
estacionamiento y tomara la autopista; sin perder tiempo estaban
tambaleando el carro y devorándose..., ni le pararon al empleado de la
caseta de cobro del estacionamiento...
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Sí, aquel día fue tan absurdo como despertar y tener que correr al baño
para ayudar a Adela a quitarse la toalla sanitaria. Ahora entiendo el
temor dos días antes del fallo del tribunal: si la secuencia se había
desarrollado absurdamente, lo más seguro era que terminaría aquí,
encerrado.
A decir verdad el homicidio culposo fue un broche apropiado para lo que
comenzó con la toalla sanitaria, un fin tan parecido al desenfreno de esa
ceguera fantástica que envolvió a Carlos con la viajera, igual a ese
fatídico deseo que los arrastró a la lucha de una unión desesperada. Estar
aquí me convence una vez más de la naturaleza absurda y sublime de la
vida, porque aunque esté encerrado, el encierro no me impide asomarme a
ese abismo que se abrió para Carlos y la viajera, donde no existió noción
del espacio, ni hubo referencias que alertaran la proximidad de la puerta
trasera de la camioneta y donde tampoco existió cordura para entender que
no debieron apoyarse en ella para convocar un orgasmo que hasta hoy no sé
si pudo alcanzar.
Miro por esa puerta del destino absurdo y sublime y creo que si hubo un
momento de lucidez, seguro lo tuvo Carlos en el último parpadeo, mientras
volaba hacia el asfalto, cuando entendió que caer a la autopista desde una
camioneta a toda velocidad y complaciendo en lentitud y fuerza a una
mujer, era la mejor respuesta que el tiempo le podía ofrecer al acertijo
que esbozaba cuando conversaba conmigo.
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