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Año 2

N° 13

 



 

DESDE LA TRINCHERA

19 de Abril 2003


El Sitio de Tiro 332 AC

Fabio Herrera España


El invencible


Alejandro Magno vivió apenas 33 años, y mucho antes de esto ya había conquistado Persia, Egipto e India, para convertirse en el gobernador del mundo entero conocido. Pero no todo fue coser y cantar. Tener un frente en el Tigris cuando se viene desde Grecia no es cosa fácil. Un ejército necesita armas, comida, ropa, alojamiento, entretenimiento, sueldos, etc. ¿Cómo logró conseguir todo esto en las secas tierras del Medio Oriente? Creó la ciencia de la logística. Y esto, entre otras cosas, fue uno de los grandes legados de Alejandro.

Pero antes de comenzar, ahondemos en la historia de Tiro, que a pesar de su mala suerte, es sin temor a equivocarme una de las más fascinantes del Medio Oriente.

El Tiro de hoy se encuentra a unos 60 kilómetros de Beirut, es un pueblo pesquero miserable cuya mayor gloria son sus ruinas romanas. Pero no siempre fue así. Tiro fue una próspera ciudad a orillas del Mediterráneo a cuyas tierras se le atribuye el alfabeto fenicio y a una de sus habitantes el nombre de Europa. En la Biblia se le menciona en varias oportunidades y por ella sabemos que uno de sus reyes, Hiram, proporcionó la madera, cedros del Líbano, para construir el templo del rey Salomón. Lamentablemente, de acuerdo a la Biblia, poco después caerían en desgracia con el mismísimo Jehová.

Alrededor de 500 antes de Cristo, Ezequiel profetizó que la ciudad sería sitiada y destruida para siempre. De acuerdo al profeta lo que le esperaba a Tiro era de agarrar palco.

En Ezequiel 26, un Jehová, sin lugar a dudas más que iracundo, le dice al profeta:

"Oh Tiro, y haré subir contra ti muchas naciones...y demolerán los muros... y derribarán sus torres; y barreré de ella hasta su polvo, y la dejaré como una peña lisa... Tendedero de redes será en medio del mar... y sus hijas que están en el campo serán muertas a espada... he aquí que del norte traigo yo contra Tiro a Nabucodonosor rey de Babilonia, rey de reyes, con caballos y carros y jinetes, y tropas y mucho pueblo... matará a espada a tus hijas que están en el campo, y pondrá contra ti torres de sitio, y levantará contra ti baluarte, y escudo afirmará contra ti... y pondrá contra ti arietes, contra tus muros, y tus torres destruirá con hachas... por la multitud de sus caballos te cubrirá el polvo de ellos; con el estruendo de su caballería y de las ruedas y de los carros, temblarán tus muros, cuando entre por tus puertas como por portillos de ciudad destruida... con los cascos de sus caballos hollará todas tus calles; a tu pueblo matará a filo de espada, y tus fuertes columnas caerán a tierra... y robarán tus riquezas y saquearán tus mercaderías; arruinarán tus muros, y tus casas preciosas destruirán; y pondrán tus piedras y tu madera y tu polvo en medio de las aguas... y nunca más serás edificada; porque yo Jehová he hablado."

¿Mencione que Jehová estaba medio arrecho ese día? Definitivamente uno no quiere meterse en problemas con el Todopoderoso.

Babilonia sitió Tiro en 373 A.C. por trece años. Pero los efectos del bloqueo no fueron los que el viejo Nabuco esperaba. En esa época Tiro se extendía desde la costa hasta una isla cercana que llamaban Tiro Insular. Y las defensas marítimas de la ciudad eran excelentes. Entre tierra firme y la isla, unos 500 metros, los tirios habían extendido redes para evitar el paso de embarcaciones y además contaban con una flota a todo dar. Babilonia la grande no pudo con la pequeña Tiro y hasta aquí parecía que el barbudo Ezequiel no era más que un charlatán. Unos 40 años más tarde Alejandro Magno vendría por la revancha.

El macedonio, se había dedicado prácticamente desde su nacimiento a la conquista de Oriente y a la destrucción de sus imperios. En los 33 años que duró su vida se apoderó no sólo de Persia, sino también de Egipto y la India. Y esto lo hizo a punta de reconocer el valor y desarrollar el arte de la logística.

El mayor limitante de los conquistadores de la antigüedad era su éxito. A medida que un ejército se alejaba de su territorio natal, se hacía más difícil mantener equipados a los soldados. Más recientemente, en la Segunda Guerra Mundial, cuando Hitler pretendió invadir Rusia, su error estratégico fue este. Sin una línea fuerte de abastecimiento, un golpe sobre la retaguardia fue mortal para el frente.

Alejandro comprendió esto muy bien y su éxito no fue pura casualidad o profecía. Asegurarse de que los territorios conquistados se sometieran a su autoridad le permitió contar con el trabajo y la lealtad de sus habitantes para servir como soldados, artesanos y hasta cocineros para alimentar a las tropas.

La mayor prueba vino cuando en 332 A.C. tras vencer en Issos y Gránico a la Persia de Darío. Estas batallas le habían procurado el norte del imperio persa, pero sólo mientras estos no se reagruparan y volvieran a la carga como lo hicieron. En esta situación Alejandro estudia la costa mediterránea y se da cuenta de que la misma es fiel a Persia, lo cual significaría su derrota en caso de cortar su línea de aprovisionamiento desde Grecia.

Grecia, a pie, estaba a meses de distancia, y nada útil podía esperarse de ella, pero camino a ella una extensa red pueblos se encargaba de fundir armas, sembrar, criar animales, curar heridos y sobre todas las cosas, almacenar bienes que pudiesen ser utilizados en el futuro.

Buscando eliminar la amenaza de la costa mediterránea, pueblo en que puso el pie, pueblo que le abrió las puertas y lo recibió como un dios. Menos uno, Tiro. Y esto iba a poner a prueba todo su sistema logístico.

Desde la retirada de los babilonios, Tiro no había reconstruido en mucho la ciudad en tierra firme, pero se habían dedicado a reforzar la defensa de la isla frente a ella. A lo largo de toda la costa, una muralla de piedra negaba la entrada a quien quisiera colarse en la ciudad sin permiso. Y las mismas redes que habían detenido a Nabucodonosor, le decían a Alejandro que perdía su tiempo intentando cualquier ataque.

Este no lo creyó así. Mientras su equipo logístico crecía, Alejandro se había hecho con verdaderos genios en las varias artes que le interesaban al hacer la guerra. En sus primeras batallas contra los persas, estos habían hecho desastres a punta de elefantes, el fuerte de su caballería. Respuesta, un equipo de hombres que se encargó de diseñar y colocar defensas contra los elefantes haciéndoles volverse y atacar, sin querer, a su propio ejército. Poco después de esta invención los persas descontinuaron su uso. Una vez en Tiro continental Alejandro llamó a otros miembros de este equipo. Los ingenieros. En bolsas de cuero impermeables, los planos de la más avanzada tecnología poliorcética, el ataque armado a fortificaciones, permitió hacer un plan para acabar con los rebeldes. No sería tan fácil.

Los tirios no estaban de brazos cruzados esperando a que Alejandro atacase y apenas este construía un puerto, se lo quemaban con barcos que remolcaban repletos de materiales inflamables o se lo tumbaban a punta de artillería. Pero todo era cuestión de tiempo. Después de un serio análisis de la situación, Alejandro decidió que la cosa sería más fácil si la isla estuviera pegada a tierra firme. Aquí se le prendió el bombillo.

Utilizando cada hombre en el ejército, ordenó que toda casa, muro o torre fuera hecha añicos. Y sistemáticamente hizo echar las piedras en el mar. En julio, la ciudad que alguna vez dominó el Egeo, había desaparecido y el terraplén que había en su lugar se extendía hasta la isla de Tiro, hoy día, la península de tiro. Para hacer el istmo más sólido, ordenó barrer lo que había sido el Tiro continental y echarla sobre el nuevo construido territorio. Nostradamus era un chiste frente a Ezequiel.

Tiro no duró mucho después de esto. Utilizando la flota de los fenicios y su ejército en un ataque frontal sobre las paredes de la ciudad, Tiro cayó antes del fin del mes y todo aquel que no fue ejecutado fue vendido como esclavo.

Seis meses había tardado Alejandro en hacer lo que los babilonios no pudieron en década y media.

Pero no sólo el ingenio había salido victorioso en este ataque. Los ejércitos de Alejandro estaban bien alimentados, su línea de abastecimiento terminaba en la misma Grecia y para evitar el hambre Alejandro había ordenado crear un complicado sistema de repartición de víveres, que entregaba a cada soldado lo que necesitaba, si no era posible obtenerlo de los territorios conquistados, para que cocinaran su propia comida. Además, en vez de paga, se les permitía que tomasen lo que quisiesen del enemigo derrotado. La motivación era excelente.

Hablar de una conquista es fácil. Otra cosa es hacerla. Según Lawrence de Arabia, quien luchó en las mismas tierras, para mover mil caballos, se requerían de 40.000 litros de agua al día. Cuando Alejandro atacó Tiro tenía 30.000 soldados a pie y 5.000 a caballo.

Pero a pesar de su legado estratégico, la logística no se desarrolló mucho hasta entrado el siguiente milenio y esto le costaría siglos a los imperios por venir. La conquista de la Península Ibérica por parte de los romanos tardó 300 años. En apenas 15, Alejandro conquistó veinte veces ese territorio.

Alejandro murió rey, emperador, faraón y hasta dios. Y no mucho después de su muerte el imperio desapareció tras haberse repartido entre sus generales. Los egipcios lo celebraron con una ciudad, Alejandría, donde por siglos se guardarían los secretos del viejo mundo en millones de rollos de papiro y tablillas de arcilla. Los romanos cristianos la harían arder en 408 D.C.

Ninguno se acordó de que su creación había sido profetizada por ellos mismos.

 

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