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Estación de Todos
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Nuevo
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Jorge Ovalle

La cálida brisa de una hermosa noche de
verano me acariciaba suavemente el rostro, haciendo que el cansancio
por los excesos cometidos se multiplicara hasta conducirme casi al
desmayo. Antes que esto ocurriera preparé una improvisada cama en un
incómodo rincón de la estación de trenes. Cargaba unas pocas liras,
un morral lleno de ropa mal oliente y los vestigios de lo que fuera
un valioso cuaderno de apuntes, celosamente cuidado hasta aquella
noche, en la cual la mezcla de tinta con licor derramado finalmente
hicieron de sus hojas un extraño y encantador mosaico, tan
fascinante a mis ojos que me era imposible desecharlo.
Tirado en el suelo el cansancio me venció en pocos minutos.
Comencé a soñar con aquella contaminada playa de mis aventuras de
antaño, en donde la hediondez de las algas solía ser simplemente
insoportable. Desperté de un sobresalto y descubrí que aquella
imagen del subconsciente había sido inducida por un poderoso y real
olor a putrefacción, venido de los canales venecianos, tan
característico de la época y su intenso calor.
La estación se había llenado con extraños personajes: a pocos
metros una bella ragazza ofrecía sus encantos de manera nada
discreta, con ademanes tan bruscos que producían un contraste
insoportable entre estos y su delicada figura. Un inmigrante polaco,
de vestimenta sucia y finos modales, se inclinaba buscando algo en
el suelo con un afán casi frenético. Yo daba por sentado que había
extraviado sino dinero, al menos un valioso documento. Cuando se
llevó a la boca la colilla de cigarro aun humeante, su expresión de
alivio fue tal que su cara de regocijo iluminó la estación entera.
Provocaba sino aplaudirlo, al menos felicitarlo.
Un par de muchachos británicos, ambos con el pelo pintado de
verde fosforescente, intercambiaban algo de dinero más una gruesa
hebilla por droga. Su proveedor era un hombre de mediana edad, ojos
saltones y grandes entradas. Después de cerrar el trato se despidió
besando apasionadamente al más fornido de los jóvenes, mientras
manoseaba impúdicamente las entrepiernas del otro que confiadamente
revisaba la mercancía recién adquirida. Acto seguido salió corriendo
como si hubiese cometido la estafa de su vida.
Un par de carabinieris discutían acaloradamente con un extranjero
mal encarado y de fuerte acento. Este les mostraba lo que parecía
ser un grueso cuaderno de notas. Mientras la discusión subía de tono
esperábamos paciente y morbosamente el obvio desenlace. La fuerte
bofetada que estalló en el rostro de uno de los protagonistas
sorprendió a todos menos a la bella ragazza, cuya sonora carcajada
retumbó burlona y descarada, cobrándole quién sabe qué historia al
aturdido y humillado carabinieri. Ambos uniformados se alejaron
rápida y sumisamente mientras el iracundo personaje paseaba su fiera
mirada por cada rincón de la estación. Todos, a excepción de la
alegre ragazza, le rehuimos la mirada. Decidí permanecer despierto
un rato más...
El tren llegó perturbando escandalosamente la estación. Se podía
notar la típica mezcolanza de turistas cansados y viajeros locales
molestos por la abultada presencia de aquellos. Repentinamente desde
un vagón comenzaron a descender decenas de muchachas negras con
llamativos trajes de vivos colores, adornadas casi todas con una
especie de turbante que envolvía la casi totalidad de sus cabezas.
Sin duda se trataba de muchachas africanas, al menos un centenar de
ellas. Alegres y desenfrenadas se dirigieron a los baños de la
estación para emerger en pocos minutos con grandes tacones,
minifaldas y todo tipo de atractivo que pudiera ayudar en la
actividad que ahora se tornaba obvia.
Todas, a excepción de una, se alejaron esfumándose en la cálida
noche. La que permaneció en la estación aun vestía su llamativo
traje. Se dirigió directamente hacia donde se encontraba aquel
extranjero de fuerte acento y ruda mirada. Después de una suerte de
reverencia, bastante exagerada, comenzó a hablar pausadamente. Quise
acercarme a escuchar lo que decían, pero justo en ese instante la
bella ragazza se marchaba con un cliente rubio, despertando unos
celos tan absurdos como infantiles en mi persona.
Un par de horas mas tarde las muchachas africanas comenzaron a
regresar lentamente. El inmigrante polaco me comentaba la ultima
jornada de il calcio, cuando nos dimos cuenta que era mejor
asegurarse un buen lugar en la ya sobrepoblada estación.
Una hora mas tarde esta ya no daba abasto, tanto así que me
encontraba durmiendo entre al menos tres muchachas africanas, ya
vestidas con ropa más cómoda para soportar la larga noche que apenas
comenzaba. Comencé a hablar con una de ellas, no recuerdo su nombre
pero si de donde era: Ghana. Se veía abatida, cansada y sobre todo
triste como ninguna.
Mientras la miraba pensaba en mi situación: hambriento, sin
dinero, casi extraviado entre la resaca y el olor putrefacto de la
estación, guardando celosamente bajo el brazo lo que fuera mi
valioso cuaderno de apuntes, con la sola finalidad de usarlo cuando
con mente clara me reprochara mi eterna irresponsabilidad. No me
cansaba de mirarla, la veía sola, desvalida, sin familia y en este
extraño entorno a miles de kilómetros de su pueblo. Entonces me
sentí afortunado, y no pude evitar sentir remordimiento por la
suerte que me tocaba.
Antes de caer abatido por el cansancio lancé el cuaderno a la
basura. No sin antes arrancar una hoja, con toda certeza mi
preferida, esa cuyas manchas color vino tinto se habían sobrepuesto
calurosamente al frió azul de las ecuaciones que hasta hace poco la
adornaban. Y entonces descansé como nunca lo había hecho.
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