|
Miserable Exorcismo
|

El Nazareno
me dijo...
|
Jorge Ovalle

Goyo era un gran tipo. Y cómo pensar lo
contrario si era él quien me rescataba casi a diario de cuanto
problema me ganaba en mi nuevo hogar. Yo era un chiquillo recién
llegado del extremo sur, de ese rincón del planeta en donde el
blanco y crudo invierno no duraba menos de cinco meses, y en donde
el Sol cuando salía parecía hacerlo sólo para burlarse de la gente.
Lo conocí en un peligroso barrio a orillas de una contaminada playa
del oriente venezolano.
Justo cuando un troglodita cuya musculatura había sido tallada
con bagre y salitre se disponía a quitarnos lo poco que llevábamos
encima, apareció quien se convertiría en mi entrañable amigo: Goyito
y su inseparable amiga “esmeralda”. Esmeralda era una sucia y
oxidada navaja cuya inmensa hoja producía pánico de sólo mirarla:
relucía un hermoso verde que advertía una muerte segura por quién
sabe qué al primer rasguño. A partir de ese día nos hicimos
inseparables. Se convirtió no sólo en mi protector sino en mi gran
maestro: “eso de decir maricón es de carajita, se dice ma-ri-co” Y
otras tantas que le agradeceré toda la vida.
A pesar de sus notas siempre demostró ser un chico nada tonto.
Solía decirle a su abuela que a diferencia de su tía “Magna Cum
Laude” el sería un “Summa Cunnilingus”. La vieja lo miraba con mucho
orgullo. Gracias a “Bruno” y “El Harén de la Perdición” logró montar
su propio negocio. Bruno era un inmenso árbol del patio de su casa
cuyas ramas lograban acariciar una bulliciosa residencia de chicas
universitarias, ubicada en un desteñido bloque de apartamentos.
Noche tras noche nos equilibrábamos peligrosamente entre las más
altas y frágiles ramas del viejo árbol, que alcahuetamente nos
sostenía frente a ese maravilloso lugar en donde según los chicos
del barrio se filmaban películas pornos, pero que sólo eran vistas
en Europa. “¡De bolas que si güevón! o acaso las rubias que nosotros
vemos no son estudiantes allá?” A mí me parecía bastante lógico.
Aguantaba cualquier insulto menos el ser llamado “burguesito”,
pues eso de ser “un mariquito de esos que viven en Bulgaria” era
algo que sencillamente lo sacaba de sus cabales. Así era él, franco,
directo, irreverente y simpático como ninguno. Hasta que el cochino
destino le regaló la trampa mortal en forma de dos educados y grises
personajes, cuya vestimenta siempre pulcra venía adornada con sendos
libros bajo el brazo.
Se lo llevaron durante dos meses a un apartado campamento en las
montañas. Regresó totalmente cambiado, ya no quería vernos, nos
evitaba tímidamente y era casi imposible comunicarse con él. Pese a
esto nos dirigíamos casi a diario a su casa, tratando de que al
menos cambiara su extraña y nueva forma de hablar: “Cuéntanos cómo
fue la vez que viste a la puta de Paty mamándoselo al marico de
Peluca...” Pero él, sin la menor emoción, sin malicia y con una
mirada triste y perdida, mirando de una forma vacía y temerosa, como
tratando de escapar de quién sabe qué, sólo atinaba a responder “Sí,
recuerdo que un día vi a la prostituta de Patricia succionándole el
pene al peluquero homosexual...” Era realmente frustrante. Tanto que
un buen día nos convencimos de que aquel viejo amigo jamás
regresaría.
Y efectivamente así fue, pues jamás regresó. Dejamos de buscarlo,
y la necesidad de compartir con aquel amigo alegre y travieso se fue
diluyendo paulatinamente, hasta que su ausencia se convirtió en
costumbre para todos. Una dolorosa costumbre reflejada en el hecho
de recordar sus travesuras siempre con profunda nostalgia.
No se trató de una religión apaciguando un alma inquieta, mucho
menos de una manera práctica de lidiar con un chico descarriado. Se
trató simplemente de un vil crimen que nunca olvidaré: una miserable
manera de triturar una de las personalidades más frescas y vivas que
jamás he vuelto a conocer.
Dinos tu opinión escribiendo a
colaboradores@elnuevocojo.com
|