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Y más extraordinario aún cuando proviene de quien, de manera
prejuiciosa, nunca lo hubiésemos esperado... Solía llegar al Club
Italo tarde en la noche, acompañado por una vieja y destartalada
camioneta, siempre llena de utensilios propios de una pesada jornada
de trabajo. El ruido del motor, el bullicio infernal de la
carrocería y el humo incapaz de ser disuelto siquiera por la brisa
marina, anunciaban escandalosamente su llegada. Nunca había visto
vehículo tan parecido a su dueño.
Acostumbraba saludar con una fuerte palmada en la espalda, tan
delicadamente como sus gruesas manos invadidas de callos reclamaban.
A gritos pedía una cerveza, y con cigarro en mano comenzaba a hablar
peste de su equipo favorito del fútbol Italiano, cuando no, repetía
su chiste preferido a algún paisano recién llegado: “!Eres de
Palermo! ¿Sabias que en Palermo no hay cabrones?... ¡Todos se
vinieron pa’ Venezuela! ¡Jajaaa!”
Mientras se balanceaba sobre una silla endeble que apenas lo
sostenía, miraba burlonamente los encuentros de futbolito que tanto
le divertían. Esperaba pacientemente cualquier jugada torpe que le
permitiera dar rienda suelta a sus comentarios sarcásticos y risa
burlona. A veces solía ser simplemente insoportable.
Lo que me hacía sentir cierto afecto hacia él, era la actitud
indiferente que solía asumir ante las miradas de desprecio que le
regalaban sus paisanos. Le rehuían sin el menor disimulo. A pesar de
su irreverencia extrema, no podía evitar sentir esa mezcla de cariño
y admiración hacia el individuo que, sabiéndose despreciado por ser
quien es, continúa siéndolo sin darle importancia a la gala y
costumbres propias de un “club de nosotros mismos”
Sucedió un día mientras descansábamos sentados alrededor de una
mesa. Tomó una silla, y sin pedir permiso interrumpió la
conversación sin la menor consideración...
“Señoritas, ¿así de cansadas terminan después de unas cuantas
patadas? ¿Qué sé yo de cansancio? ¡Jajajaaa!... ¡Yo me escapé de una
cárcel alemana durante la guerra! ¡Sí señor! ¡En la noche, mientras
todos dormían logré saltar una cerca de alambres, y corrí como nunca
lo había hecho en mi vida! ¡Tropezando con cientos de matorrales en
la oscuridad del bosque! Tanto así que después de unos cuantos
metros los brazos me sangraban de tantos rasguños que tenía. Justo
cuando sentía que me iba a desmayar, me eché a llorar sobre la
tierra ¡Pero no podía llorar! ¡No tenía aliento para desahogarme ni
de alegría, tristeza o miedo! ¡Y justo allí, casi desmayado de tanto
correr, oí disparos y ladridos de perros ¡Entonces me paré y comencé
a correr nuevamente, en la oscuridad sin poder ver nada, sólo quería
alejarme lo más que podía! ’’
“¡De repente me di cuenta de que no estaba corriendo! ¡Sólo
balanceaba mis brazos para darme impulso, pero en realidad estaba
caminando! ¡No podía correr por que mis piernas ya no me obedecían!
¡Caminé toda esa noche por el bosque, caminé y caminé durante horas
sin parar, tropezando una y mil veces en la oscuridad! ¡Hasta que de
repente el cielo comenzó a aclarar, y sentí miedo como nunca antes
en mi vida! ¡Le tenía pánico a la luz del día! ¡No la quería pues si
me veían me mataban! ¡Pasé todo el día escondido, como un animal
enterrado bajo unas hojas húmedas y podridas! ¡Temblaba de miedo y
ni siquiera me levanté a orinar! ¡Y me oriné en los pantalones! ’’
“¡Cuando llegó la noche me levanté de nuevo y continué caminando!
¡Caminé entre matorrales, tomé agua de un charco sucio y seguí
caminando! ¡Hasta que ya después de muchas horas vi una pequeña luz
allá muy lejos! ¡Y comencé a caminar en esa dirección, siempre
tropezando! ¡Caminaba y caminaba hacia aquel destello, sin
importarme lo que me esperaba! ¡Caminaba pero parecía no avanzar!
¡Después de mucho tiempo llegué a donde estaba aquella luz! ’’
“Era una casa muy vieja con una lucecita en la entrada ¡Me paré
frente a la puerta y la golpeé con toda la fuerza que me quedaba!
Entonces salió un hombre alto, muy alto y armado, el cual me quedó
mirando fijamente por un largo rato. Yo no saludé, no dije ni hola
ni buenas noches ni nada. Sólo lo miré y le dije: !Déme comida por
que me estoy muriendo de hambre!...”
La fuerte palmada en la mesa me sacó del trance. El rodar de las
botellas vacías parecía indicarme que me había quedado solo oyendo
la historia. Como siempre todos habían huido, pero yo seguía allí,
clavado en mi silla sin poder moverme, sosteniendo la mirada azul y
penetrante de aquel hombre. Entonces se paró, se dio la vuelta y sin
despedirse se alejó como era su costumbre hacerlo: insultando a un
paisano cuyo lujoso automóvil estorbaba la salida de su destartalada
camioneta... |