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El título de la película nos hace creer que esta basada o
relacionada con la novela de James Fenimore Cooper "El Último
Mohicano". Pero el hecho de que en ella el "último" sea un hombre
blanco no es la única diferencia.
En 1876, el emperador japonés Meiji (Shichinosuke Nakamura) trata
de modernizar su país sin escatimar en gastos. Japón ahora tiene
máquinas de vapor, telégrafos, y sus súbditos se visten a la usanza
de occidente. Por 200 años antes del período de restauración de
Meiji, Japón se había cerrado al resto del mundo y continuaba
viviendo prácticamente en la edad del hierro.
Pero algo se mantiene entre el futuro y el pasado. Ese algo es
nada más y nada menos, según su principal asesor político Omura
(Masato Harada), los samuráis. Una vez sus fieles protectores que
ahora se rebelaban contra la forma en que se maneja el estado.
Para eliminar a los samuráis, Omura decide contratar la ayuda de
militares estadounidenses, a quienes admira por la experiencia que
tuvieron en la lucha contra los indios y en la guerra civil. El
elegido por Omura para entrenar a las tropas japonesas es el capitán
Nathan Algren (Cruise), un héroe de la Batalla de Gettysburgo, quien
desde entonces ha estado borracho dando exhibiciones de tiro para
circos ambulantes. Aunque al principio Algren se rehúsa, el japonés
le ofrece lo suficiente para "meterse en una botella por el resto de
sus días."
El personaje de Cruise, es el clásico estereotipo: el guerrero
durmiente cuya alma se despierta cuando encuentra una causa por la
cual luchar. Pero la lucha contra los samuráis no lo satisface y
solo espera cobrar para regresar a casa. Algren está traumatizado
por las acciones de su superior, el coronel Bagley (Tony Goldwyn),
que le había ordenado atacar indígenas desarmados por el puro placer
de matarlos. Algren detesta a Bagley, que es un tipo cínico y cruel
al que Zwick tiene el buen tino de poner al mismo nivel de Cruise
cuando a través de flashbacks los muestra a ambos disparándole a los
indios.
Algren llega a Japón en medio de un escenario virtual donde
consigue un ejercito de soldados incapaces de pegarse un tiro ellos
mismos si así lo quisieran, y aunque le dice a Omura y a Bagley que
no esta listo, el ejercito es enviado de todas maneras a enfrentar a
los samurai, que en menos de lo que canta un gallo los masacran a
pesar de ser un enemigo tecnológicamente inferior.
Algren es herido en la batalla y tomado prisionero por Katsumoto
(Ken Watanabe), el líder samurai que quiere usarlo para aprender más
de su enemigo. Algren, viviendo con los samuráis aprende de su
cultura y a final de cuentas se convierte en uno de ellos,
consiguiendo paz espiritual y amor en la persona de la hermana de
Katsumoto, Taka (Koyuki).
La conversión de Algren en japonés, o samurai, ocupa todo el
segundo acto de la película, y a pesar de las locaciones orientales,
esta parte de la película se parece menos a la típica película de
samuráis que a, por ejemplo, Danza con Lobos. Otra película épica
donde un desilusionado hombre blanco veterano de la guerra civil
vuelve a la vida tras ponerse en contacto con otra cultura y termina
rebelándose contra su propia raza.
El Último Samurai es una película inteligente, pero como en Far
and Away, Tom Cruise no convence como hombre del siglo XIX. En las
escenas de acción, y en especial las que son a caballo, luce
bastante convincente, pero aunque su personaje esta plagado de
clichés cinematográficos (el héroe traumatizado por atrocidades en
la guerra, el superior amoral y sin conciencia), este no se
desenvuelve en ningún momento de manera predecible.
La amistad entre Cruise y Katsumoto esta bien planteada, sin
sentimentalismo y puesta como nacida de la curiosidad natural por
dos seres provenientes mundos diferentes. Sorpresivamente, no
termina con ambos declarándose "iguales", sino con uno de ellos
convirtiéndose en su sirviente y leal guardián de su memoria. La
relación entre Cruise y Taka también en poco común y parece sacada
de una película de cuando existía el código de moralidad y censura
en Hollywood. Acostumbrados como nos tiene Hollywood a esperar sin
reservas una relación sexual entre los protagonistas de la película,
es refrescante ver la elegancia con que Zwick hace un montaje sin
palabras de Taka vistiendo a Algren con la armadura de su ex-esposo,
el hombre que él mató con sus propias manos.
Con todo esto, entonces por que “El Último Samurai” parece
carecer de corazón. La respuesta está en el currículo de su director
y de la forma en que la guerra es vista en Hollywood en general.
Para Zwick la guerra es ese algo romántico típico de alguien que
jamás ha estado ni cerca de un campo de batalla. Algo que yo llamo
militarismo mitológico.
En “El Último Samurai”, como en las otras películas de Zwick,
existe una ruptura entre el fin y los medios de los procesos
históricos. El fin según Zwick, siempre es la guerra; los medios la
violencia. Zwick pinta la violencia como algo malo, pero al mismo
tiempo la trata como algo moralmente aceptable, como un juego de
béisbol. Como un evento más allá del control de los seres humanos,
como un terremoto o un tornado. Como algo ajeno.
Su visión es retrograda, espartana. Basada en el mito del héroe y
la misma vieja mentira de que la guerra es algo noble. O en el caso
específico de El Último Samurai, que alguna vez la guerra fue algo
más noble de lo que es hoy en día. Algo como una meritocracia,
cuando la guerra era algo personal en un período que terminó en
algún momento al final del siglo XIX, donde el desarrollo de
armamento más sofisticado convirtió cualquier romanticismo en un
agujero en el pecho a 200 metros de distancia.
La cosa es que no hay guerra buena, no importa cuan noble sea el
fin de la misma, y no importa si se esta armado de flechas o cañones.
Los Estados Unidos, por ejemplo, en este momento recibe bastante
criticismo por su uso de armas a distancia, las cuales son capaces
de pulverizar al enemigo sin ni siquiera saber como es.
Katsumoto y Algren sienten algo de esto cuando tienen que
enfrentar al ejército del emperador que viene armado hasta los
dientes con las primeras ametralladoras. Que eran los últimos
guerreros. Que ellos si eran los buenos. Pero este un cuento viejo.
Lo mismo deben haber pensado los primeros griegos aplastados por una
catapulta, o los franceses bombardeados mientras ellos montaban a
caballo. Hasta los cavernícolas deben haber sentido que ellos eran
mejores cuando sus enemigos les tiraron una piedra por primera vez,
recordando la época en que un hombre con sólo sus manos era capaz de
hacer una diferencia.
La guerra puede que sea necesaria. En algunos casos inevitable.
Pero nunca noble o moral. Es simplemente una marea que se traga
hombres enteros y los devuelve o muertos o llenos de tantas
cicatrices psicológicas que a veces es preferible la primera opción.
Edward Zwick, cuyas escenas de batallas en "Glory", fueron
bastante efectivas, no tiene problemas en recrearlas en "Samurai".
Pero cuando se trata de ir a lo íntimo tiene problemas indiscutibles.
Dirigir verdades emociones humanas definitivamente no es su fuerte,
por lo que tiene que apelar al humor para enfrentarlas. En una
escena incluso llega a poner a Tom Cruise a hacer una parodia de
movimientos de karate (completamente fuera de lugar por cierto) con
el fin de provocar la interacción con el hijo de Taka. El humor es
necesario en cualquier película, pero cuando se usa como único medio
de ser efectivo en lo que se está haciendo, no es ninguna gracia.
Como Cruise es un actor de pocas dimensiones, Zwick
inteligentemente le confió a Watanabe la mayoría de la carga actoral
del filme, haciendo al mismo tiempo de guerrero y líder tribal,
balanceando sutilmente su proporción de tiempo en cámara con Cruise.
Watanabe, por cierto, es un actor efectivo, dominante y de una
presencia que grita quelo veremos por bastante tiempo en el cine
norteamericano.
“El Último Samurai” es una historia rica y complicada, llevada a
cabo por Zwick con la arrogancia del que tiene una obra de arte
debajo del brazo. Sin embargo sus fallas son bastantes obvias a
pesar de ser bastante entretenida. Zwick nunca explica como o por
que el samurai que vive separado de la civilización japonesa, ni
hablar de la norteamericana, habla inglés mejor que los miembros del
gobierno japonés.
Esto no tiene ningún sentido, y uno se pregunta y espera una
respuesta a esto cuando sucede, pero la película se mueve tan
ágilmente que pronto se olvida en medio del resto de la trama. Como
la escena en que Algren parece jugar béisbol en pleno
1876.
Pero a pesar de todo este pastiche de contradicciones "El Último
Samurai" se mantiene con vida hasta el final y realmente no
desilusiona como entretenimiento.
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