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Lo malo de generar expectativas muy altas es que corres serio
peligro de decepcionar. Y me temo que eso es lo que le pasa a La
Mala Educación, que aunque no es una mala película queda bastante
por debajo tanto de sus dos ilustres y oscarizadas predecesoras como
de las expectativas creadas: no tiene apenas nada del prometido
ajuste de cuentas anticlerical con la educación oscurantista
impartida en colegios religiosos. La trama se pierde por otros
intrincados, y menos arriesgados, vericuetos.
Y no es porque el guión sea simple. Al contrario, es realmente
complicado, articulando cuatro historias en una estructura como de
cajas chinas donde se quiere hablar de muchas cosas a la vez (la
transición, la movida, la España Profunda, los colegios de curas, la
pedofilia, el despertar al sexo, la infancia como patria perdida, el
cine dentro del cine, la fuerza incontrolable de la pasión y el
deseo) e inevitablemente se acaba hablando muy poco de cada una.
Almodóvar dice que llevaba cerca de 10 años con este guión a cuestas,
y que en principio era considerablemente más largo, y esto último se
nota, sobre todo por el brusco final, cerrado con uno de los peores
recursos narrativos del cine: los letreros explicativos. Tal parece
que acabaron ahí porque ya llevaban una hora y cuarenta y cinco
minutos de metraje y oye, tío, corta ya que esto se nos está
alargando mucho.
La Mala Educación supone un regreso a ese lugar de colores
chillones, pasiones fuera de cauce, esperpento y
sex’n’drugs’n’bolero que conforman el entorno personal e
intransferible del Planeta Almodóvar, un universo referencial que en
Todo Sobre Mi Madre y Hable Con Ella parecía haber quedado un poco
arrinconado en beneficio de una mayor profundidad e intensidad
dramática. Aunque nunca ha llegado a desaparecer del todo: cuando
menos te lo esperabas volvía de pronto a escena, como en esa
anticlimática entrada en escena de Toni Cantó travestido al final de
Todo Sobre Mi Madre. Ahora ese universo referencial vuelve a primer
plano, pero sin la frescura de antes. Aquí Almodóvar, más que crear,
se copia a sí mismo.
De hecho, La Mala Educación es una nueva versión corregida, pero
no mejorada, de La Ley Del Deseo, en mi opinión uno de sus mejores
trabajos, y esencial para entender ese viaje de la comedia gamberra
al melodrama serio que es la filmografía del manchego. Aquí, como
allí, el protagonista es un joven, moderno y homosexual director de
cine, “alter ego” de Almodóvar (Pero Eusebio Poncela estaba mejor
que el muy limitado Fele Martínez), metido por obra y gracia de un
intrigante admirador en una trama que empieza como un melodrama a lo
Douglas Sirk y se va convirtiendo en una intriga a lo Alfred
Hitchcock. Aquí, como allí, hay un autoindulgente recurso al
erotismo homosexual (mucho menos gratuito allí que aquí) y una
escena que allí era accesoria y aquí es troncal: un transexual
(Carmen Maura allí, Gael García Bernal aquí) entra en una capilla
para pasar cuentas con el capellán que le iniciara en el sexo
durante sus años escolares.
Donde la película brilla sin duda es la realización. Almodóvar
sigue siendo un maestro indiscutible a la hora de decidir dónde
poner la cámara, cómo componer un encuadre, cómo organizar una
escena. También es reconocido su talento como director de actores,
aunque aquí el capítulo interpretativo es bastante irregular: ya he
dicho que considero a Fele Martínez un actor limitado, y hace una
interpretación a la medida de su mediano talento. Mejor es Gael
García Bernal (que hace lo que puede por andar con tacones sin
tropezar, disimulando a la vez su acento mexicano), pero el
complicado papel triple que le tocó en suerte se revela por encima
de sus posibilidades.
Ambos actores tienen que apechugar encima con que sus respectivos
personajes resulten más bien antipáticos, por engreídos y vanos.
Paradójicamente, resulta más simpático el personaje del cura
pedófilo, o cuando menos más humano, en cuanto que víctima trágica
de la pasión y el deseo. Está interpretado, además, por dos actores
excelentes que saben sacarle todos los matices: Daniel Jiménez Cacho
y Lluís Homar. Este último, veterano habitante de los teatros
barceloneses, consigue con aparente facilidad algo tan difícil como
parecer a la vez inquietante y patético. Y no hay que olvidar a
Javier Cámara, secundario de lujo, impagable como Agrado, el
deslenguado travestí que en Todo Sobre Mi Madre interpretara Antonia
San Juan. Y es que en las películas de Almodóvar es muy frecuente
que los secundarios acaben robando la función. Eso sí, el éxito
económico e internacional está asegurado. Ser una vaca sagrada es lo
que tiene. |