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La declaración fue aprobada por la mayoría de los
concejales en votación, y tiene un carácter puramente testimonial,
porque no es atribución municipal prohibir o permitir las corridas
de toros, y de hecho éstas se siguen celebrando en la única plaza
aún en activo en la ciudad, ante una cuarentena escasa de fieles y,
de vez en cuando, un puñado de turistas ávidos de Typical Spanish,
de ésos que lo primero que hacen tras poner pie en la península y
emborracharse a modo y a base de sangría, cerveza San Miguel y
brandy Soberano, es entrar en una tienda de souvenirs para
salir con la olla cubierta por el sombrero mexicano más grande y más
charro que hayan encontrado dentro, porque como todo el mundo sabe
no hay nada más típicamente español que un sombrero mexicano hecho
en Taiwán y comercializado en el boliche de un paquistaní. Mas la
declaración del ayuntamiento barcelonés ha hecho sangre, que se ha
transmutado en tinta fluyendo en ríos con un monotema: ¿Significará
esto el principio del fin para el arte de Cúchares, el primer paso
hacia su prohibición definitiva?
Las corridas de toros son legales en México, España,
Colombia, Portugal y el estado de Texas (USA), aunque en estos dos
últimos lugares sobreviven versiones más light: los
portugueses no matan al toro y en Texas, (donde hasta hay toreros
anglos y güeros) además, le prenden las banderillas con velcro, por
respetar la ley federal contra la crueldad hacia los animales.
También se celebraban corridas en el sur de Francia, aunque hoy ya
están prohibidas, lo mismo que en el resto de países americanos.
Hace tiempo que dormita en el Parlamento Europeo un proyecto de
prohibición que la iniciativa barcelonesa podría despertar. Y, por
efecto dominó, la prohibición en España podría dar argumentos a los
antitaurinos mexicanos y colombianos. En fin, panorama muy negro
para los taurinistas.
Uno de sus argumentos de respuesta ha sido, ya queda
dicho, que esto es un ataque a la cultura y la tradición hispanas,
perpetrado por nacionalistas catalanes antiespañoles; otro, que los
toros de lidia no sufren peor suerte que los cerdos, los terneros y
las gallinas criados y sacrificados para nuestro engorde. Otro, que
a pesar de la carnicería eso es un arte. Vamos por el primer
argumento, el del antiespañolismo. Que es, pura y llanamente, una
sandez.
Según éste, la
declaración de Barcelona no sería otra cosa que una escaramuza más
en la antigua rivalidad entre los antiguos reinos de Castilla y de
Aragón, reinos desaparecidos y fusionados hace más de 500 años en un
nuevo reino que se vino en llamar Hispania, pero en esas seguimos,
amigo Sancho. Es cierto que Castilla ejerce un acaparamiento sobre
lo español (peor aún que el que ejerce Inglaterra sobre lo
británico) que te lo pone muy fácil para no sentirte España si no
eres Castilla, pero con los toros no es el caso y en seguida
explicaré por qué.
Es verdad que algunos nacionalistas catalanes
fundamentan su rechazo al toreo por ser costumbre “española” (léase
castellana), importada e impuesta, lo que es otra sandez especular
de la anterior, porque el toreo es tan tradicional de Cataluña como
del resto de territorios de la Península Ibérica, si no más: la
llamada fiesta brava deriva de los espectáculos con animales del
circo romano y de los rituales religioso-festivos en honor al tótem
del toro comunes a casi todos los países mediterráneos,
especialmente los helénicos, y Cataluña es la parte más mediterránea
de Iberia, y tanto los romanos como los griegos entraron en Iberia
por Levante, por lo que los catalanes son (somos) los más
grecolatinos de entre todos los ibéricos. No es de extrañar, pues,
que la plaza de toros más antigua (que es cuadrada, por cierto) se
encuentre en una localidad catalana, ni que Cataluña cuente con sus
propias variantes autóctonas del arte de torturar al astado, los
catalanísimos correbous, con frecuencia aún más grotescos y
degradantes. El toreo es tan catalán como castellano, vasco,
portugués o mexicano, y oponerse a él no es una cuestión de
sensibilidades nacionalistas: es una cuestión de sensibilidades a
secas.
Volvamos a la profunda españolidad del
antitaurinismo: no ha habido movimiento regeneracionista en España
(los afrancesados, los krausistas, la generación del 98, el
republicanismo liberal de 1914) que no haya planteado la supresión
del toreo como paso esencial en la modernización de la sociedad
española. Ya la reina Isabel la Católica, que de progresista y
modernizadora tenía bien poco, pensó en prohibir el toreo. Lo dice
en una carta a su confesor, Fray Hernando de Talavera: “de los toros
sentí lo que vos decís, aunque no alcancé tanto; mas luego allí
propuse con toda determinación de nunca verlos en toda mi vida, ni
ser en que se corran y no digo prohibirlos porque esto no es para mí
a solas”. El Papa San Pío V sí que los prohibió, en 1517, mediante
la bula Salute Gregis, “por ser espectáculos torpes y
cruentos muy contrarios a la caridad cristiana” (luego el Papa
Gregorio XIII le corregiría la plana, pero eso es otra historia). En
1917, el Manifiesto Revolucionario del Partido Socialista
Obrero Español (el partido que hoy nos gobierna) exigía, entre otras
cosas, la prohibición de las corridas de toros y de “todo
espectáculo que pudiera embrutecer al pueblo”. En su amenísimo libro
Antitauromaquia (Ed. Aguilar, Madrid 2001) el escritor Manuel
Vicent dice cosas tan jugosas como “si el toreo es cultura, el
canibalismo es gastronomía”. Que una reina, un Papa, unos
socialistas revolucionarios y un escritor bon vivant
coincidan en algo ya es coincidir.
Del lado protaurino están, es cierto, gente tan
admirable como Orson Welles, Ernest Hemingway, John Huston, Pablo
Picasso, Federico García Lorca, Joaquín Sabina, James Dean (dicen
que iba a México a ver una corrida de toros, con un poemario de
Lorca en la guantera, el día que un accidente de tráfico puso fin a
su vida y principio a su leyenda) o Mario Vargas Llosa, autor de un
estimable artículo en el diario EL PAÍS del 2 de mayo de 2004, con
el mismo título para éste (yo se lo robé, lo reconozco), y al que me
referiré más adelante porque ilustra muy bien, y de manera hasta
cierto punto bastante sensata, las otras líneas de crítica al
antitaurinismo.
De momento quiero fijarme en la cantidad de
anglosajones que salen en esta última lista. Y es que el seguimiento
de los toros entre los nativos, sobre todo de las jóvenes
generaciones, es bastante minoritario, y cada vez va a menos. Si la
llamada fiesta brava sobrevive en nuestros días, se debe buena parte
a su valor como anzuelo para turistas morbosos seducidos por la
leyenda de la España semisalvaje y cruel, la España de los caprichos
de Goya, la Santa Inquisición y... las corridas de toros. Turistas
que cuando oyen hablar de este país piensan como Churchill: Spain?
Blood! Blood!, pero lo mismo vienen a satisfacer sus instintos
de voyeuristas sádicos en las ceremonias cruentas de esos dagos
embrutecidos, ceremonias que en sus países de origen les están
justamente prohibidas precisamente por cruentas. La afición, hoy
día, se nutre en buena parte de los cretinos con borrachera de
sangría y sombrero mexicano made in Taiwán a los que aludía antes.
Y, ahora sí, vamos a por Vargas Llosa. Se queja don
Mario en el artículo antes mencionado de que, si desaparece la
fiesta, desaparecerá la raza de los toros de lidia, “sin cuya
existencia una muy significativa parte de la obra de García Lorca,
Hemingway, Goya y Picasso (entre otros) quedaría bastante
empobrecida”, lo que es, más o menos, como decir que se debería
conservar la explotación infantil para no desvirtuar la obra de
Dickens o los campos de exterminio para que la de Primo Levi no
pierda sentido.
También apunta que “todo debate sobre este tema está
en la obligación, para ser coherente, de desplegarse dentro del
contexto más general de si toda violencia ejercida sobre los
animales debe ser evitada por inmoral, o si sólo la taurina es
condenable y otras, más disimuladas, pero incluso más
multitudinarias y feroces deben ser toleradas como mal menor” y
alude al trato recibido por vacas, corderos, cerdos, pollos y otros
animales destinados al engorde del carnívoro sapiens, a los que se
condena a vivir hacinados y agobiados en estrechos cubículos,
transportados a los mataderos en furgones que recuerdan demasiado
los trenes de Auschtwitz. (la comparación no quiere ser irrespetuosa
ni es nueva. Como el mismo Vargas Llosa apunta, ya la había hecho
J.M. Coetzee) y matados a toda prisa y sin preocuparse mucho de si
el animal sufre o no durante el trance.
Y ahí sí que tiene
usted más razón que un santo, Don Mario. Aunque su destino sean las
morcillas o la pepitoria, un cerdo o una gallina merecen una vida
digna y una muerte tranquila, o a una vida tranquila y una muerte
digna, que tanto monta. El derecho de los animales a no ser
maltratados no se detiene ni se debe detener en los toros de lidia,
y las condiciones de la mayoría de nuestras granjas y mataderos es
vergonzosa por decir poco. De hecho en algunos países ya se están
tomando algunas iniciativas legislativas en ese sentido y, en mi
opinión, más se deberían tomar. Pero, dicho esto, me parece un poco
demagógico poner en el mismo nivel el sacrificio de animales para
satisfacer una necesidad básica como es la alimentación y su
sacrificio para satisfacer las ganas de espectáculo de algunos. No
es lo mismo matar por alimentarse que hacerlo por el simple gusto de
matar. Ni muchísimo menos. Y en eso los tigres y los coyotes se
muestran mucho más sensatos que nosotros.
Por mucho arte le
quieran ver, el toreo es ni más ni menos que el espectáculo de la
muerte por tortura. El martirio del toro empieza
24 horas antes de entrar en la
arena: es el tiempo que ha pasado encerrado a oscuras para que al
soltarlo, la luz le deslumbre y los gritos de los espectadores le
aterren, provocando que trate de huir saltando las barreras, para
que de imagen de fiereza y bravura. Previamente se le han recortado
los cuernos para sensibilizarle las puntas, y para que llegue
adecuadamente débil al ruedo le colgaron sacos de arena al cuello
durante horas, le golpearon en los testículos y en los riñones y le
suministraron sulfatos en el agua para provocarle diarrea. También
se le suele untar grasa en los ojos para dificultar su visión, y
una pasta urticante en las pezuñas para que no pueda quedarse
quieto, para que dé imagen de brío y nervio.
Si el torero percibe que
el toro embiste con mucha energía, ordena al picador que le clave la
pica para debilitarlo desangrándolo, y de paso destrozando los
músculos trapecio,
romboideo, espinoso, semiespinoso, los serratos y los transversos de
cuello. Esta carnicería suele ser por cierto muy del agrado del
público, que llega a pedirla aunque el toro sea manso. Y si el toro
destripa al caballo el placer estético del público puede llegar al
orgasmo.
Las banderillas aseguran
que la hemorragia
siga; se intenta colocarlas en la herida producida por la pica. El
arpón de que van dotadas se mueve dentro de la herida con cada
movimiento del toro. El peso de las banderillas tiene precisamente
esa función. Las
llamadas “de castigo” tienen un arpón de 8 cms., y se usan cuando el
toro ha logrado evadir la lanza del picador. Las banderillas
prolongan y profundizan el
desgarro de las heridas.
Cuando el dolor y la pérdida de sangre impiden al toro levantar la
cabeza de manera normal es cuando el torero, tan valiente él, se
acerca para ejecutar su “arte”.
Y llegamos a la suerte
de matar, cuando el diestro atraviesa la testuz del toro con una
espada de 80 cms. que, según el lugar por donde entre, puede
destrozarle el hígado, los pulmones o la pleura, o seccionar una
arteria importante, en cuyo caso el toro experimentará grandes
vómitos de sangre. Si el animal es afortunado morirá entonces, por
trauma masivo o ahogado en su propia sangre. Pero con frecuencia aún
le quedan fuerzas para intentar huir de tanto acoso por la puerta
por donde le hicieron entrar. Entonces lo apuñalan en la nuca con el
descabello, un puñal de 10 cms. de cuchilla, con la que se intenta
seccionar su médula espinal entre las vértebras Atlas y Axis. Así,
si el toro no muere (es un animal de gran fortaleza física) cuando
menos queda paralizado de cuello para abajo, sin siquiera poder
mover los músculos respiratorios, por lo que asfixiará poco a poco,
aunque, como de cuello para arriba sigue consciente, aún
experimentará el horror de sentirse arrastrado fuera del ruedo.
Previamente, el toro de
lidia ha llevado una plácida existencia en fincas al aire libre con
mucho espacio para retozar, buena comida, libertad (o una ilusión de
libertad), vacas complacientes y un trato exquisito dispensado por
sus cuidadores. Es evidente que este sistema de cría de ganado
desaparecería si desapareciera el toreo. Vargas Llosa dice que se
atreve a suponer “que si les dejaran la elección entre ser un toro
de lidia o no ser, es muy posible que (...) elegirían ser lo que son
ahora en vez de no ser nada”. Y podría ser verdad, Don Mario, quizá
si se les diese a elegir entre llevar una vida de ensueño a cambio
de un cuarto de hora de agonía y muerte o no nacer, o ser una triste
res de engorde en una granja-factoría, algunos toros elegirían lo
primero. O quizá no. Pero este argumento carece totalmente de valor,
porque al toro no tiene posibilidad de elegir. El día que un morlaco
levante la testuz y diga en voz alta “yo elijo esta suerte; vivir
como un príncipe a cambio del castigo final”, ese día me callaré,
por respeto al toro. Pero no me parece que esto vaya a ocurrir en un
futuro próximo o lejano.
Quedan los argumentos del arte y la tradición. A mí
personalmente la violencia sólo me parece artística cuando la
describe Hemingway o la filma Peckinpah. Considero las tauromaquias
de Picasso como de lo más flojo de su obra. En las de Goya intuyo lo
que siempre se intuye en sus obras más crudas: una toma de postura
en favor del sufriente, en este caso el toro. Y en fin, el ballet
del torero con el capote tendrá cierto valor estético, pero todo mi
sentido artístico se esfuma en cuanto veo que la sangre es de
verdad. No estoy dispuesto, y nadie debería estarlo, a permitir el
sufrimiento físico y psicológico de una criatura para satisfacer el
sentido estético de nadie. Además, si de puro sentido estético se
tratara, con los toros con velcro de los texanos bastaría y
sobraría.
Por lo que se refiere a la tradición, también
formaban parte de ella el garrote vil, la quema de herejes en la
plaza pública, las peleas de perros, la ofrenda de corazones
latentes a Quetzalcoatl y tirar la cabra desde el campanario,
tradiciones que hoy día han sido felizmente relegadas a las páginas
de la historia, la antropología y la literatura, que es donde deben
estar. Como debería estarlo ese espectáculo degradante. Porque hemos
evolucionado, y ya no somos dagos embrutecidos sino herederos de una
tradición cultural sofisticada con siglos de evolución a sus
espaldas. Barcelona, con su simbólica declaración de antitaurinismo,
no le está plantando cara a la cultura española: le está enseñando
el camino de la evolución. A España y a los países de la América
Hispana donde esta supervivencia de la crueldad de otros tiempos aún
se practica. |